Carta a los lectores

Pablo Cervera Barranco

Editorial por Pablo Cervera Barranco

Querida familia Magnificat:

Este año, la Cuaresma se adelanta respecto a otros años y empieza quince días después de la fiesta de la Virgen de Lourdes. Esto me ha hecho pensar en que hay también un modo mariano de vivir la Cuaresma que muchas veces se nos escapa. Parece como que en Cuaresma, tiempo para la conversión del pecado, nada tendría que decir María, como Virgen inmaculada que es. La realidad es muy contraria.

La Cuaresma es un tiempo litúrgico fuerte de prepara­ción para el triduo pascual. Es tiempo de retirarse, como Cristo, al desierto, para vivir de la Palabra de Dios. Escuchar es el primer paso para seguir a Cristo. Por eso, María es la primera discípula del Señor que cada Cuaresma camina delante de nosotros para llevarnos hasta la máxima escucha: la cruz. No es casualidad que las Misas de la Virgen para la Cuaresma sean «Santa María, discípula del Señor»; «la Virgen María junto a la cruz del Señor»; «la Virgen María, confiada como madre a los discípulos» y «la Virgen María, Madre de la reconciliación».

Para nosotros, la escucha de la Palabra debe llevar­nos a la cristificación de nuestra vida, al abandono del pecado, pero no solo. El discípulo, en el evangelio de san Juan, oye y sigue a Jesús (1,35), cree en Jesús (1,11), recuerda las Escrituras (1,17), recuerda lo que Cristo dijo (1,22), ama a los demás (13,35), está al pie de la cruz junto a María (19,26), acoge a la Madre como algo propio (19,27), se llena de alegría al ver al Señor (20,20), reconoce al Señor (21,7). Esto último, ya en la resurrección, será el fruto consecuente del seguimiento de Cristo durante la Cuaresma.

En Jesús y María,