El artículo del mes

Juan Manuel de Prada

Literatura para nuestra fe por Juan Manuel de Prada

Fisonomías de santos* 

Unidad en la diversidad

Ya en el prefacio de sus Fisonomías de santos (1875), Ernest Hello nos advierte del error típicamente moderno de concebir la unidad como uniformidad e igualitarismo. Así, en efecto, es la unidad que predica nuestra época, la unidad totalitaria que anhela la globalización (como antes la había añorado el comunismo), la unidad de hor­miguero que anhela el demonio (cuyo nombre, no en vano, es Legión).

La unidad querida por Dios es exactamente la con­traria: es la unidad que respeta y propicia las diferencias de los hombres y los convoca a una misma fe, sin des­truir su diversidad. Y como ejemplo de esa unidad en la diversidad que Dios quiere para su Iglesia nos propone el ejemplo de los santos, que no son figuras de cera vacia­das en el mismo molde, sino personas muy diferentes en su naturaleza, en quienes Dios actúa de los modos más variopintos (¡y hasta peregrinos!), como el viento sopla sobre los campos, a veces como una caricia, a veces como un azote. Y es que –como el propio Hello nos explica– las gracias que reciben los santos, aun siendo del mismo género, cambian de forma, de carácter, de aspecto y de lenguaje según la naturaleza humana de quien las recibe.

Entre los santos que Hello reúne en esta obra encon­tramos algunos célebres y muy conmemorados, otros casi ignotos y perdidos entre los repliegues del calenda­rio; algunos sabios, otros tan sencillos como los lirios del campo; algunos de existencias estudiadas hasta en sus más nimios detalles, otros de vidas apenas discernibles, borroneadas por un cementerio de siglos. Al narrar la vida y milagros de san Antonio de Padua, Hello recurre a un estilo que nos recuerda las hagiografías medievales. Al bosquejar la figura de san José de Cupertino (y quizá la de este santo sea una de las semblanzas más memorables del libro), adopta un tono cándido y matinal.

Y es que Hello se esfuerza por adecuar su escritura a la personalidad y a las vicisitudes del santo que trata de «resucitar» ante nuestros ojos (a veces resucitando tam­bién, de paso, la época que le tocó en suerte vivir, como ocurre en la soberbia semblanza dedicada a san Juan Crisóstomo); y, puesto que los santos que congrega en este libro son muy diversos entre sí, su escritura debe adoptar tonos y estrategias narrativas también diferen­tes, para dilucidar mejor sus figuras. Así hasta completar un libro que –digamos, parafraseando los piropos que Hello dedica a san Francisco de Sales– se parece mucho a un paseo, en el que el lector puede mirar a un lado y a otro, para descubrir siempre alguna meditación incitante y cautivadora, sin sentirse nunca abrumado por el autor, que sabe esconderse detrás de sus personajes, alumbrán­dolos muy discretamente.

 Entre la locura y la vacilación

Pero, ¿es posible rastrear en los santos que Hello elige, más allá de la diversidad de naturalezas y de gracias que en él se describen, unos rasgos distintivos comunes? No es tarea sencilla; pero Hello, al fin, es hombre (y escritor) de carácter que, inevitablemente, se proyecta sobre sus cria­turas. A propósito de la conversión de san Pablo escribe: 

    «Dios rechaza a los tibios; y san Pablo no era tibio. Aque­lla naturaleza ardiente e impetuosa era riquísima presa para quien se apoderara de ella. […] Las naturalezas gran­des poseen recursos grandes, y cambian según son: son enteras, y cambian enteramente. La gracia que se injerta en ellas se apodera de sus cualidades nativas, y la acción sobrenatural, como he dicho antes, toma siempre la seme­janza de la naturaleza a que se aplica».

En otro pasaje del libro, Hello se atreverá a apuntar que una cierta «locura» es una de las características de la santidad: el santo no se conforma con la virtud razo­nable, sino que necesita penetrar «en la región del mis­terio», exponiéndose a las burlas de los hombres, ya que «provocar la burla es la condición de todo lo que rebasa la medida común».

Otro rasgo de santidad que Hello destaca en varias de las semblanzas contenidas es la vacilación, el titubeo, cierta pudorosa renuencia a aceptar la encomienda divina: «A primera vista –escribe Hello, a propósito de san Felipe Neri–, parece que los hombres llamados por Dios a rea­lizar una obra determinada han de ser llevados como de la mano a esta realización, y que la voluntad divina ha de señalarles inmediatamente el camino más corto. Y, sin embargo, no es así: tales hombres vacilan, tantean, a veces yerran un momento en el camino, otras veces se desalientan, y otras ven sus resoluciones y designios rodeados de tinieblas».

Y estas vacilaciones se agravan todavía más en los contemplativos, que avanzan, retroceden, cambian de camino y hasta dan pasos en falso. «¿Por qué? –se pre­gunta Hello– ¡Ah!, ¿por qué? Es esta una pregunta que no tiene contestación. Pero si para consuelo del espíritu hubiese que imaginar una, podría decirse que aquellos errores comunican a los santos, por virtud de la expe­riencia y del arrepentimiento, profundas claridades que no tendrían si su vida fuese constantemente llana y su camino constantemente recto».

 Afirmaciones osadas sobre la santidad

Todos los santos de Hello son, en efecto, mujeres y hombres recios, sin respetos humanos, sin miedo a enfren­tarse con el mundo, curtidos por las dudas (pero no dudas de fe, sino dudas sobre sus capacidades) que a la pos­tre los hacen más resueltos y audaces, más extremada­mente libres, despojados de aquel orgullo mundano que gangrena los corazones perfectamente descrito por san Bernardo (y glosado por Hello en uno de los pasajes más memorables de este libro).

Pero nuestro autor, que es un gran apologeta, es tam­bién un polemista infatigable, penetrado de un ramalazo de clarividente locura y entusiástica santidad, que no tiene rebozo en lanzar afirmaciones muy osadas, constantes en otras obras suyas (sobre todo en El hombre) y aquí mucho más esporádicas. Así ocurre, por ejemplo, cuando Hello lanza una filípica contra el recurso retórico de la ironía, que describe como «el placer de la indignación, que no encuentra palabra directa bastante expresiva de la fuerza de su cólera, y se refugia silenciosa bajo la palabra indi­recta, y allí estalla». O cuando nos recuerda que el sacrificio humano es la pasión del infierno: «A los pueblos groseros –afirma– les pide el sacrificio humano en la forma más grosera, y a los pueblos refinados en forma refinada; pero siempre quiere el sacrificio humano. Quiere la sangre, o quiere las lágrimas, que san Agustín llama la sangre del alma; quiere que la vida humana sea inmolada en una u otra forma ante su altar». O cuando hace esta afirmación tajante, que nuestra época enferma no sabrá si calificar de denostadora o exaltadora de la mujer (porque no es ni una cosa ni la contraria, sino sabiduría muy profunda en la que se compendia la historia de la salvación): «La mujer es quien arrastra al hombre: ella da la vida o la muerte».

Conseguir la gloria: sentido de la vida terrena 

 Perlas semejantes de sabiduría, sembradas aquí y allá, encontrará el lector en este libro, que es para leer a peque­ños sorbos, para meditar al hilo del calendario litúrgico. No encontrará aquí el lector al Hello fustigador que se revuelve contra la modernidad, como ocurría en El hombre; pero alguno de sus santones se lleva más de un pescozón, como le ocurre a Rousseau, a quien Hello señala como antípoda de san Agustín, pues escribiendo un libro con el mismo título que el santo de Hipona lo hizo sin embargo para envanecerse de sus pecados.

Pero Hello, en general, abandona en este libro el campo de batalla; y, como hace también san Bernardo en sus escritos, deja que la ternura suceda a la polémica. Y así, descifrando la fisonomía amorosa de los santos, llega Hello hasta el manantial originario de ese Amor, el Sagrado Cora­zón de Jesús (y así, no es de extrañar que entre las santas predilectas de Hello se cuenten santa Catalina de Génova, santa Gertrudis y santa Margarita María Alacoque).

Claro que, para anegarse en ese Amor, hace falta rehuir primeramente las pompas mundanas, escapar al ruido que es la pasión dominante de nuestra época, como lo hizo el propio Hello, que casi toda su eremítica vida la pasó en su finca familiar de Keroman, en la Bretaña fran­cesa, sin otra compañía que la de su abnegada esposa, Zoé Berthier, también escritora, que dedicó sus mayores desvelos a cuidar con tesón de su marido, enfermo desde niño de los huesos.

Tal vez esta convivencia doliente y callada con la enfer­medad lo aproximó todavía más a los santos; y lo ayudó a entender que la razón de ser de nuestra vida terrena no es otra sino la consecución de la gloria, que no la dan los hombres. Y describiendo la fisonomía de sus santos más queridos logró adentrarse en los misterios de esa gloria de la que hoy estará disfrutando plenamente. l

 

* Ernest Hello, Fisonomías de santos [Ed. de Pablo Cervera] (BAC, Madrid 2017).

 

 El autor es escritor. Ha recibido el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos. Recientemente ha publicado su última novela, Mirlo blanco, cisne negro –Espasa Calpe.

www.juanmanueldeprada.com/