El artículo del mes

El samurái por Juan Manuel de Prada

El samurái

Silencio, la hermosa y desgarradora película de Martin Scorsese, sirvió para que se volviera a hablar del gran escritor japonés Shusaku Endo (1923-1996), en cuya novela homónima se basaba. Nosotros ya habíamos acon­sejado a nuestros seguidores la lectura de Silencio (1966) en una de las primeras entregas de esta serie; hoy quere­mos recomendarles otra extraordinaria novela del mismo autor. Se trata de El samurái (1980), en la que Endo vuelve a tratar la terrible persecución a los cristianos en el Japón, que alcanza su primer hito con la expulsión de los misioneros en 1614. Pero la perspectiva desde la que se contempla en El samurái tan sangrienta época es por completo distinta a la que se nos ofrecía en Silencio, pues, en esta ocasión, Endo elige como asunto medular de la trama una expedición marítima que acaba convirtiéndose en un sobrecogedor viaje espiritual.

El cañamazo histórico

El samurái está inspirada en hechos históricos no com­pletamente dilucidados. En 1613, poco antes de que se iniciara la fase más cruenta de la persecución religiosa, un fraile franciscano llamado Luis Sotelo (1574-1624) logró convencer a varios señores feudales japoneses para que construyesen –con ayuda de marineros españoles y por­tugueses– un galeón y organizaran una expedición a Nueva España y Europa. Nunca se ha sabido a ciencia cierta cómo logró Sotelo convencer a los japoneses, que probablemente ansiaban beneficiarse de nuevas relacio­nes comerciales.

El caso es que a la expedición se sumaron, además de marineros portugueses y españoles, varias decenas de mercaderes japoneses y un pequeño grupo de samuráis, entre ellos Hasekura Rokuemon Tsunenaga (1571-1622), quien llegaría a alcanzar cierta celebridad, después de que fuera bautizado en Madrid por el capellán del Rey.

La expedición, que también tenía algo de embajada, atracó en Acapulco y más tarde partió desde Veracruz en junio de 1614 rumbo a Sevilla, después de que en México se celebrase un bautismo masivo de mercade­res japoneses que desde allí volvieron al Japón. Sotelo prosiguió la navegación, en compañía de los samuráis, hasta España, donde para entonces ya habían llegado noti­cias sobre la persecución religiosa en el Japón. Felipe III se negó a establecer, pues, tratados comerciales con los emisarios, que, acompañados por Sotelo, extendieron su periplo hasta Roma, donde fueron recibidos en audiencia (también escasamente provechosa) por Pío V. Allí, Sotelo conoció a un archivista italiano llamado Scipione Amatio que llegaría a escribir una crónica de este viaje llena de elementos fabulosos.

¿Evangelizar Japón?

Este es el cañamazo con el que Shusaku Endo urde su novela, fabulando libremente a partir de los escasos hechos conocidos y componiendo de forma libérrima unos personajes que poco o nada tienen que ver con los histó­ricos. Así, por ejemplo, Sotelo se convierte en la novela en Velasco, un franciscano que anhela ser nombrado obispo del Japón; y que se sirve de la avaricia de los señores feu­dales para organizar una expedición con la que pretende desmentir a los jesuitas, que para entonces aconsejan abandonar el país, considerando que la hostilidad contra los cristianos se había vuelto intolerable.

En cuanto al Hasekura de Endo (que mantiene el nom­bre del personaje histórico), se trata de un hombre apo­cado y un tanto obtuso, que acepta las calamidades del viaje porque su señor le promete que, si la embajada resulta exitosa, devolverá a su familia unas tierras; por ello mismo accede a bautizarse a regañadientes, venciendo la repugnancia que le provoca Cristo crucificado. Pero en el Hasekura de Endo, antes que al personaje histórico, debe­mos esforzarnos por ver al propio autor, que no vaciló en calificar El samurái como «novela autobiográfica».

Y es que Endo, en efecto, fue el primer japonés que estudió en Europa después de la guerra, adonde llegó en barco. Pero sobre todo, Endo compartió ese sentimiento de repulsión que experimenta Hasekura cuando mira los crucifijos, ya que –al parecer– no recibió el bautismo por propia voluntad, sino que su madre se lo impuso a los once años; y durante mucho tiempo vivió alejado de la religión… hasta que, por acción de la gracia, recibió la fe y se reconcilió con Cristo. Exactamente como le ocurre al samurái Hasekura en la novela.

Y también, por cierto, al padre Velasco, que al principio de la narración se nos muestra como un cínico ambicioso. Reconoce que los japoneses son los seres más desinte­resados por las cosas eternas que jamás haya conocido, que su supuesta religión solo busca beneficios materiales y que, «aunque fingen atender las enseñanzas de nues­tro Señor, lo hacen únicamente porque desean aumen­tar su riqueza». Sin embargo, acepta actuar de intérprete en la expedición para usarla en beneficio propio: aun­que sospecha que el Shogun está a punto de lanzar una persecución contra los cristianos, quiere que la llegada de japoneses a Europa haga pensar lo contrario al Rey de España y al Papa, para lograr de este modo su nom­bramiento episcopal.

En su afán por justificar su ambición, Velasco se ve como un nuevo Pablo, enfrentado a los apóstoles en Jeru­salén por llevar el evangelio a los gentiles. Y, para vencer la oposición de los jesuitas, que desaconsejan proseguir la evangelización del Japón, no tiene empacho en forzar el bautismo de los samuráis: «Si lo consigo –reflexiona, taima­damente–, los obispos creerán en mis palabras, así como el virrey accedió a mis peticiones en Ciudad de México».

Conseguirá, en efecto, que Hasekura y los otros japo­neses se bauticen; y así vencerá ante un consejo de obis­pos las reticencias del jesuita Valente, quien afirma que «los japoneses carecen por completo de sensibilidad a lo absoluto, a lo que trasciende del nivel humano, a la exis­tencia de cualquier cosa situada más allá del reino de la naturaleza».

Velasco se esfuerza en desmentir las aseveraciones del jesuita, exhibiendo al recién bautizado Hasekura como prueba inequívoca de que el Japón puede ser evangeli­zado; pero justo cuando está a punto de salir victorioso en la controversia, llegan noticias que confirman que todos los misioneros han sido martirizados o expulsados del país. El chasco de Velasco será monumental.

Anhelo dequealguien nos acompañe siempre

¿Y qué decir del engañado Hasekura? El cristianismo siempre le había parecido una herejía grotesca; y se le antojaba una aberración repugnante que los cristianos adorasen a un «hombre desprovisto de majestad» y col­gado de un madero. Se ha bautizado a regañadientes, avergonzado de traicionar a sus antepasados, para que la embajada llegue a buen término y a su regreso su señor feudal le entregue las tierras que le había prometido. Pero, al fracasar la embajada, Hasekura se siente abochornado, pues sufre su bautismo como una auténtica humillación.

Sin embargo, de regreso al Japón, mientras atraviesa las tierras de Nueva España, tiene la oportunidad de cono­cer en Tecali a un japonés converso, al que le pregunta rabioso cómo puede amar a un ser tan miserable como el Jesús que cuelga de un madero. «Antes –le responde su compatriota–, yo pensaba lo mismo. Pero ahora puedo creer en él porque su vida en este mundo fue más des­venturada que la de ningún otro hombre. Como era feo y desventurado, sabía todo lo que se puede saber acerca de las penas del mundo. No podía cerrar los ojos al dolor y a la agonía de la humanidad. Eso era lo que lo afeaba y enflaquecía. Si hubiera vivido una vida de poder y exal­tación, yo jamás habría pensado así de él».

Hasekura medita estas palabras y, sin pretenderlo, empieza a obrarse una conversión en su interior, mien­tras el Crucificado empieza a ser su compañía más que­rida; hasta que finalmente reconocerá: «Supongo que en alguna parte del corazón de los hombres está el anhelo de que alguien nos acompañe durante toda nuestra vida, aunque solo sea un perro sarnoso. Ese hombre se convirtió en un perro por el bien de la humanidad. Sí. Ese hombre se convirtió en un perro que nos acompaña».

Alguien espera tras la ejecución

Algo parecido le ocurrirá a Velasco, quien, tras asimilar que nunca será obispo, descubre que siente hacia los japo­neses «una afinidad nueva, como si se hubiese creado un firme lazo de solidaridad que jamás había sentido antes». Hasekura y Velasco se separan en Manila, ignorando que les aguarda un destino común. Velasco, al saber que la persecución se ha desatado en el Japón, viajará hasta la isla, a sabiendas de que allí encontrará la muerte, como Cristo hizo cuando viajó a Jerusalén.

En Nagasaki tendrá ocasión de compartir las desven­turas de otros sacerdotes y de confesar su triste pecado de ambición, alcanzando una muerte gloriosa: «Tras mi muerte, todo volverá a comenzar, así como todo se puso en movimiento después de la muerte del Señor en la cruz –dice, antes de morir–. Seré una sólida roca en la ciénaga que es el Japón. Pronto algún otro misionero pisará esa roca que soy y se convertirá en la roca que permitirá el paso siguiente».

Hasekura, por su parte, será invitado por su señor feu­dal a abjurar del cristianismo; como se niega, será ejecu­tado. Cuando le sea comunicada la sentencia de muerte, descubrirá que el Crucificado despreciado y rechazado por los hombres le acompaña en su aflicción… y le espera al otro lado de la muerte.

A través de los personajes de Velasco y Hasekura, Endo vuelve a exaltar –como ya había hecho en Silencio– a esos hombres débiles que hallan en Cristo, varón de dolores, el consuelo a sus sufrimientos. Velasco y Hasekura son, cada uno a su manera, hombres débiles y mezquinos que niegan a Jesús, o lo acogen por conveniencia; pero Jesús no entiende de conveniencias y los acompaña siempre, como un perro que no falla nunca, como un perro que lame sus heridas, como un perro que les brinda calor en la noche del alma… y los espera al otro lado.

A ese Señor que no falla nunca –a diferencia de sho­gunes y reyes, tan veleidosos y tornadizos– entregan su vida el franciscano Velasco y el samurái Hasekura, después de haberse despojado de todas las mentiras, de todas las componendas, de todas las ambiciones. 

 

  

Juan Manuel de Prada

El autor es escritor. Ha recibido el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos. Recientemente ha publicado su última novela, Mirlo blanco, cisne negro, Espasa Calpe.

 

1. Shusaku Endo, El samurái (EDHASA, Barcelona 2004), 304 págs