El comentario de la portada

El peregrino descalzo por Pierre-Marie Dumont

La producción artística en Roma .a finales del siglo XVII estaba dividida entre los partidarios del clasicismo y de lo que los críticos de arte denominarían incorrectamente el «barroco». Los primeros, siguiendo a Rafael y luego a Annibale Carracci –entre los franceses, Nicolas Poussin y luego Charles Le Brun–, tenían una concepción universal e inmanente de la belleza. El artista, obligado a la humildad, tiene que recibir y devolver de alguna manera este don de Dios.

En este espíritu, la naturaleza, creación de Dios, los modelos de la antigüedad clásica y del Renacimiento se consideran como ejemplos de la «belleza ideal» que el artista está llamado a contemplar desde la objetividad y la serenidad. Los segundos, liberándose de los modelos establecidos y de cualquier dependencia a una belleza inmanente, no ponen límites a la inventiva y a la grandilocuencia. Su paleta es deslumbrante hasta el exceso, sus formas innovadoras hasta el enrevesamiento. Los sentimientos expresados se exacerban, estamos en el registro de la emoción e incluso de la pasión. Esto no impidió que estos artistas fueran profundamente religiosos –o más precisamente católicos romanos–, ya que su arte fuera de los límites alcanzó una dimensión paradisíaca. El Greco, Velázquez, Pietro da Cortona, Caravaggio, Rubens, ­Rembrandt fueron algunos de los protagonistas de este movimiento. En Francia, el clasicismo siguió siendo la referencia del buen gusto aunque, como Simon Vouet y Hyacinthe Rigaud, algunos artistas lo mitigaron con expresiones llamadas «barrocas».

Fue en este contexto donde Carlo Maratta (1625-1713) – considerado por muchos el más grande pintor italiano entre los siglos XVII y XVIII– surgió como el mediador que reconcilió las dos corrientes, empleando los recursos de ambas con una libertad, e incluso con un oportunismo que sería ampliamente seguido. Fue, pues, un clásico que supo confirmar las reglas con numerosas excepciones, y un «barroco» que prefirió el encanto de los sentimientos a la exageración de las pasiones.

Los cánones de la belleza ideal

Este Santiago el Mayor (hijo de Zebedeo, hermano de san Juan) fue pintado hacia 1660. Sosteniendo su bastón de peregrino, invita al espectador a seguirlo en el camino de peregrinación a Compostela. El paisaje ideal en el que se sumerge el camino es de un estilo muy clásico. Se podría decir que se inspiró en el genio francés del Grand Siècle. El rostro del Apóstol también emerge del clasicismo, retomando los cánones de la «belleza ideal» a la manera de Rafael o Guido Reni. Sin embargo, lejos de ser impasible, habla como lo haría un rostro «barroco». Habla con autoridad e incluso con una pizca de impaciencia ante la vacilación de sus seguidores a la hora de comprometerse.

Salvajemente «barroco» esta vez, devorando el centro del cuadro, he aquí la magnitud y el genial desorden del manto cuyos paños van en todas direcciones, sin la menor preocupación por el realismo, en una explosión que se asemeja a un manifiesto. ¿Era necesario tanto exceso para que entendamos que el personaje que nos invita a seguirlo a Compostela no es uno cualquiera? Sin duda. ¿No es Santiago, junto con Pedro y Juan, uno de los tres parientes de Jesús que fueron testigos de la resurrección de la hija de Jairo, que contemplaron la transfiguración y soportaron la prueba en Getsemaní?

¡Pero este personaje, tan espléndidamente realzado por su vestidura, ahora camina descalzo! No hay mejor manera de expresar todo lo que hay que abandonar, todo a lo que hay que renunciar, para hacer una peregrinación que sea una auténtica experiencia cristiana.

Hoy, para expresar las mismas exigencias, un pintor inspirado quizás debería haber representado, abandonado al borde de la carretera, un utensilio moderno equipado con una pantalla, un teléfono inteligente, una tableta, una computadora…

Pierre-Marie Dumont

Traducido por Pablo Cervera Barranco

• Santiago el Mayor, Carlo Maratta (1625-1713), Museos y galerías de Leeds, Reino Unido. © Museos y galerías de Leeds, Reino Unido / Bridgeman Images.