El comentario de la portada

Reina de la Paz por Pierre-Marie Dumont

Bernardino di Betto di Biagio (1454-1513), apodado «Pinturicchio» debido a su corta estatura, fue el principal maestro de Perugia, en Umbría (la tierra de san Francisco de Asís). A partir de 1481, en el momento en que el Renacimiento italiano entraba en su florecimiento más admirable, Pinturicchio descollaba, junto a Perugino, Botticelli y Ghirlandaio, cubriendo la Capilla Sixtina con sus frescos, antes de que Miguel Ángel y Rafael completaran el brillo insuperable de este cofre del tesoro de obras maestras. La Virgen de la Paz fue pintada en 1489-1490. Esta obra se revela de una belleza única, exaltada hasta lo sublime a la vez que conmovedora por un realismo que llega a ser abrumador, donde el pintor logra compartir con nosotros una empatía mística inmediata con la Virgen María y su hijo.

María es una adolescente con un rostro de exquisita belleza idealizada, pero conmovedora por la delicada expresión de la profundidad de su alma y la castidad de su corazón inmaculado. La representación del Niño Jesús retoma, adaptándolas con encantadora ternura, las grandes características de los Cristos Pantocrátor que Pinturicchio pudo admirar durante mucho tiempo en el ábside de las antiguas basílicas romanas. Erguido sobre las rodillas de María, con los pies apoyados en un precioso cojín que subraya su dignidad real, el niño, como un emperador romano, lleva una toga azul grisácea con una orla dorada sobre una dalmática de seda sin blanquear realzada con bordados de oro y púrpura, y el hombro engastado con perlas. Él es el Príncipe de la paz, la figura escatológica de la paz profetizada por Isaías (9,5), el que nos amará tanto que nos dará a cada uno de nosotros el poder de imitarlo, para que, actuando como instrumentos de paz, recibamos la felicidad de ser «llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Porque seremos hijos de Dios en obras y en verdad.

El fino cabello dorado del Príncipe de la paz enmarca el precioso y tierno rostro de un niño. Sus ojos, ventanas de su alma, reflejan su deleitada contemplación del plan benévolo del Padre, un plan que se va a cumplir en él, por nosotros los hombres y por nuestra salvación. El mohín de su boca, cuya gravedad está iluminada por el esbozo contenido de una sonrisa, nos habla no solo de las impensables exigencias del bautismo por las que sabe que debe pasar, sino también de la promesa de la alegría perfecta que compartirá con nosotros cuando, vencedor de los poderes del mal y de la muerte, nos dé a todos la paz, su Paz. En su mano izquierda, sostiene el orbe de la creación que se ha vuelto transparente a la gracia divina, porque está colocado bajo el signo de la cruz. Con su mano derecha, da al universo visible e invisible lo que se conoce como la benedictio latina: los dos dedos cruzados simbolizan sus dos naturalezas, humana y divina, y los otros tres dedos extendidos representan a la Trinidad que actúa en él.

Bajo la luz diáfana que baña y da vida armoniosamente a toda la obra, sin todo está en calma, todo es sereno, todo es paz, todo es gracia. Para darnos la oportunidad de contemplar a la dulce Virgen María cuando presenta al mundo al Príncipe de la paz, el genio de Pinturicchio supo crear ese momento en el que todo está en armonía, en el que el tiempo está suspendido –como un momento de eternidad–, en el que, a una sola voz con el coro de los ángeles, toda la creación canta: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres: ¡tanto los ama que les ha dado a su Hijo!

 

Pierre-Marie Dumont

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

 

La Virgen de la Paz (detalle, h. 1488-1490), Bernardino Pinturicchio (h. 1452-1513), San Severino Marche (Italia), pinacoteca comunale. © akg-images/De Agostini Picture Lib./A. De Gregorio.