El comentario de la portada

O Crux ave, spes unica ! por Pierre-Marie Dumont

En la portada de este mes en Magnificat, encontramos a un artista que ya nos es muy familiar: Jean Bourdichon (1457-1521). Su exquisita miniatura, que celebra el descubrimiento de la cruz de Cristo por parte de santa Elena[1] (Ca. 248-330), fue realizada entre 1503 y 1508 para el Libro de Horas de Ana de Bretaña, reina de Francia. Jean ­Bourdichon siempre ilustra la vida de los santos de tal manera que exalta su encantadora cercanía con cada uno y con todos, en la comunión de los santos. Aquí, santa Elena es un retrato fiel de la reina de Francia, Ana de Bretaña. El óvalo de su hermoso rostro está delimitado por la mandorla que dibujan las trenzas de su cabello dorado. Discretamente, sus ojos nos invitan a dirigir la mirada de nuestro corazón hacia Aquel que nos amó primero. Como la reina Ana en hábito real, santa Elena lleva una corona con la flor de lis, manto brocado forrado de armiño, aderezado con dos broches florales dorados, cada uno decorado con cuatro perlas y un zafiro; sobrepelliz de piel de armiño, terciopelo rojo y botones dorados; falda de tafetán de seda azul estampada. El color azul es el de la monarquía francesa, el armiño representa las armas de Bretaña, de la cual Ana es duquesa.

Acercar a los santos a la vida de cada uno

Para invitar a sus contemporáneos a vivir la santidad aquí y ahora, Bourdichon no duda en representar la escena del hallazgo de la cruz por santa Elena como si ocurriera «hoy» (a principios del siglo XVI) en Touraine. A la derecha, aparece representada la residencia donde vivió la reina Ana con sus hijas; en el centro del paisaje, la ciudad de Tours[2]; finalmente, al fondo, aparecen los meandros del Loira con sus orillas ondulantes dominadas por los famosos castillos. Así, en la obra de Bourdichon, los santos se hacen cercanos a nosotros, como uno de nosotros en su propio papel y vocación, y esto con un encanto infinito al que, incluso hoy, las profundidades de nuestra alma siguen siendo sensibles.

La Iglesia nos invita a celebrar la cruz como nuestra única esperanza en la gloria de su triunfo, como tan bien canta el himno Vexilla Regis[3]:

¡Oh árbol hermoso y resplandeciente de gloria,
adornado con la púrpura del Rey,
escogido de un tronco bendito,
que has sido digno de tocar tan sacrosantos miembros!

Dichoso árbol de cuyos brazos pendió
el rescate del mundo; balanza en la cual
el peso de un Cuerpo divino
levanta a la presa hundida en el abismo.

En la gloria de tu triunfo,
¡salve, oh Cruz, nuestra única esperanza!
Acrecienta la gracia en los justos
y borra las culpas de los pecadores.

¡Oh Trinidad, manantial de salud!
Que todos los espíritus te alaben.
Por la Cruz, nos concedes la victoria;
otórganos, además, su galardón.
Amén.

Pierre-Marie DUMONT

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

 

• Santa Elena y el hallazgo de la Santa Cruz, miniatura tomada de las Grandes Horas de Ana de Bretaña, Latin 9474, fol. 207v, Jean Bourdichon (c. 1457-1521), Biblioteca Nacional de Francia, París. © BnF, Dist. RMN-GP/imagen BnF.

 


[1] En el año 326 (o 327), la expedición de búsqueda liderada por santa Elena, madre del emperador Constantino el Grande, en su calidad de Augusta, descubrió la Vera Cruz de Cristo bajo la explanada y el Templo de Venus, erigido en el lugar de la crucifixión por el emperador Adriano (76-138). La reliquia del cuerpo de santa Elena aún puede venerarse en la cripta de la iglesia de Saint-Leu-Saint-Gilles en París.

[2] Hacia 1505, en Tours, se completó la construcción de la torre norte de la catedral de Saint-Gatien, mientras que la de la torre sur no se terminaría hasta 40 años después.

[3] En 552, Radegunda, reina de los francos y esposa de Clotario I, hijo de ­Clodoveo, que no deseaba seguir viviendo bajo el yugo del rey que había asesinado a su hermano, fundó el monasterio de Notre-Dame en Poitiers y se retiró allí como una simple monja. En 569, el emperador de Constantinopla, Justino II, le envió un fragmento de la Vera Cruz descubierto por santa Elena. Para la solemne recepción de esta preciosa reliquia, Radegunda encargó un himno a Venancio Fortunato, un renombrado poeta que más tarde se convertiría en obispo de Poitiers: este himno se conoció como Vexilla Regis. Aún hoy, este himno se canta desde el Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo, así como el 14 de septiembre, durante las vísperas de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Radegunda y Venancio Fortunato fueron canonizados posteriormente. Existen varias versiones de este himno, que han sido revisadas a lo largo de los 1546 años transcurridos desde su composición.