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Estuve enfermo y me visitasteis
Pierre-Marie Dumont
Cristo de San Damián, Ca. 1100
Basílica de Santa Clara, Asís
El nombre de esta pieza anónima nos remite a su emplazamiento original, la iglesia de San Damián, en Asís; el Cristo se suspendía sobre el ábside del altar mayor, recordándonos que la Eucaristía es renovación del sacrificio de Cristo. Su disposición revela la participación de la pintura en la propia liturgia, convirtiéndose a su vez en instrumento para la oración contemplativa de los fieles.
La concepción de esta tabla obedece a las consideraciones del II Concilio de Nicea (787), donde, en el contexto de la querella iconoclasta, se advirtió que las imágenes sacras eran medio para ascender de la belleza material a la belleza espiritual. Así lo recogió san Juan Damasceno en su Discurso sobre las imágenes, apuntando a que también el hombre se compone de materia y espíritu, trazando una analogía con los iconos. El Cristo de San Damián, realizado por un pintor anónimo del siglo XII, deriva de la tradición de los iconos bizantinos realizados por monjes que se preparaban con ayuno y oración antes de abordar la belleza visible que nos conduce a la invisible. Por ello, la imagen que contemplamos obedece a caracteres propios de la estética oriental, dominada por el hieratismo de las figuras, la bidimensionalidad y el simbolismo de los colores y detalles que completan las composiciones.
Además, en los repertorios bizantinos, asimilados por la pintura románica del siglo XII, se consolidan tipos iconográficos para representar a Cristo y a la Virgen, entre los que destaca la representación del Crucificado. Siguiendo estos modelos, en la Basílica de Santa Clara contemplamos un Cristo vivo y triunfal, jerarquizado en sus proporciones, con una anatomía esquemática, parcialmente cubierta con un perizoma o paño de pureza ampliamente desarrollado. Su rostro sereno encuentra correspondencia con la disposición paralela de las piernas, evitando la tensión como reflejo del sufrimiento, subrayando el triunfo de Cristo sobre la muerte. Apenas apreciamos la llaga del costado, de la que manaron agua y sangre, símbolos del bautismo y la Eucaristía, signo del nacimiento de la Iglesia. Tampoco se acentúa la presencia de los cuatro clavos, de los que brota la sangre que cae sobre los personajes secundarios, denotando el valor redentor del sacrificio.
Al tratarse de una cruz de carácter triunfal, se omite la corona de espinas, desarrollando en mayor medida el nimbo crucífero sobre el que descansan las palabras que podemos leer en el evangelio de san Juan: Iesus Nazarenus Rex Iudeorum (Jesús Nazareno, Rey de los judíos). Los colores tampoco han sido escogidos al azar, sino que encierran un profundo simbolismo en relación con el Crucificado: el rojo, color de la sangre, propio de la pasión, revela su naturaleza humana; el azul, que tiñe la bóveda celeste, es expresión de su naturaleza divina; el negro hace referencia a la oscuridad y al pecado, y el dorado es símbolo de lo trascendente. Se trata de colores puros que, sin buscar matices ni tonalidades, enmarcan a Cristo como fuente de luz de la composición y eco de sus propias palabras: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12).
Los travesaños de la cruz se completan con episodios y figuras que enriquecen el significado último de la imagen y que mueven al fiel a una mayor profundización en el misterio de la cruz. Comenzando por el remate superior, un medallón que denota la dignidad de su protagonista nos muestra de nuevo a Cristo, esta vez portando una fina cruz a modo de estandarte triunfal. Es una representación sintética y conceptual de su ascensión a los cielos, donde es recibido por un cortejo de ángeles, en simétrica disposición, repetitivos en el tratamiento de rasgos; estos conducen nuestra mirada a la representación de Dios Padre que preside todo el conjunto a modo de Dextra Dei, mano que emerge del cielo para bendecir a su Hijo, en una fórmula de representación que arrancaba de repertorios paleocristianos para consolidarse posteriormente en los iconos bizantinos.
Los ángeles se hacen extensivos al travesaño horizontal, dirigiéndonos con sus gestos a los personajes que permanecen a los pies de la cruz: la Virgen, acompañada del apóstol san Juan, a la derecha de la cruz, y las santas mujeres, a la izquierda; este conjunto pictórico traduce en la pintura el versículo: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás y María Magdalena» (Jn 19,25). Junto a ellas, el centurión que reconoció que «verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 14,39). La inexpresividad de sus rostros hace que la retórica de las manos cobre especial relevancia para representar de modo arquetípico el dolor, con la mano en el mentón, o el asombro, en el caso del soldado.
Ante ellos, apenas perceptibles, dos figuras propias de las imágenes románicas de la crucifixión: Longinos, que atravesó con su lanza el costado de Cristo, y Stephaton, el portador de la esponja empapada en vinagre, identificados por sus respectivas inscripciones. Rompiendo con la realidad histórica de la crucifixión, a los pies de Cristo reconocemos a san Pedro, portando las llaves, y a san Pablo. Ambos simbolizan la universalidad de la Iglesia purificada por la sangre de Cristo derramada sobre sus cabezas. Todos estos pormenores revelan cómo en la Cruz de San Damián se hace explícito el sacrificio y a la vez está implícita la resurrección y la fundación de la Iglesia, trabándose una estrecha relación con la misión de la Orden franciscana, que ha hecho de este icono uno de sus emblemas más significativos.
A la riqueza iconográfica anteriormente señalada, se suma en este Crucifijo de San Damián una especial vinculación con la Orden franciscana, ya que la tradición sostiene que ante él se postró a orar san Francisco antes de la fundación de la Orden de los Frailes Menores. Así lo narra san Buenaventura en la biografía encargada por el capítulo general de la Orden celebrado en Narbona en 1260: «Sucedió, en efecto, que salió cierto día al campo para consagrarse a la contemplación y al pasar cerca de la iglesia de San Damián, cuyos vetustos muros parecían amenazar inminente ruina, movido, sin duda, por inspiración divina, entró en ella para hacer oración, cuando he aquí que, postrado ante la imagen de un devoto crucifijo, sintió inundado su espíritu de una consolación toda celestial». El texto prosigue recogiendo la invitación del Señor al Santo para que reparara su casa, idea que no se ha interpretado únicamente en relación con San Damián, sino como inicio de la misión de san Francisco en la renovación de la Iglesia del siglo XIII. Fue precisamente en dicha centuria cuando la cruz se trasladó desde su emplazamiento original a la iglesia de las clarisas de Asís, donde actualmente se conserva.
Es precisamente este episodio el que explica que este crucifico se multiplique en las fundaciones franciscanas, repitiéndose ante él la oración proclamada por el Santo: «Sumo glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para cumplir tu santo y verdadero mandamiento.
María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte,
Universidad CEU San Pablo, Madrid
Cristo de San Damián, Ca. 1100, Basílica de Santa Clara, Asís © akg-images/Gerhard Ruf.

Esta obra de Murillo (1617-1682) fue pintada entre 1667 y 1670. Forma parte de una serie de seis grandes pinturas realizadas para la iglesia de la Caridad de Sevilla[1]. La Caridad era una poderosa hermandad laica, dedicada a ayudar a los pobres y cuidar a los enfermos. Murillo fue uno de sus miembros más activos. Con escenas de la vida de Jesús, las seis pinturas ilustran las seis obras de misericordia exaltadas por el Señor como criterios para el Juicio final (cf. Mt 25,31-46), porque atestiguan que nuestro amor a Dios no es falso (cf. 1 Jn 4,20). Nos invitan a meditar sobre el hecho de que, para esperar ser contados entre los bienaventurados a los que se dirigirán las palabras: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (Mt 25,34), debemos amarnos unos a otros como Jesús nos amó.
La escena tiene lugar en Jerusalén, cerca de la Puerta de las Ovejas, al borde de una piscina rodeada de cinco pórticos, llamada en hebreo «Betesda»[2]. Estas galerías estaban pobladas por enfermos, cojos e imposibilitados (cf. Jn 5,1-9). Cuando un ángel –representado aquí en un halo de luz dorada sobre los dos primeros pórticos– visitaba la piscina, el agua burbujeaba y el primero en bañarse en ella era curado. En primer plano, Jesús, vestido con una toga púrpura –es «el Señor»– y acompañado por Pedro, Santiago y Juan, se dirige a un paralítico que lleva treinta y ocho años tirado en el suelo. Admiremos cómo, a través del juego de manos, las actitudes, las expresiones faciales y la intensidad de la mirada que intercambian, Murillo logra hacernos escuchar el diálogo que se establece: «–¿Quieres quedar sano? –Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua. –Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Observemos sobre el terreno la calidad del bodegón constituido por la representación del cántaro de agua astillado, el cuenco vacío y la muleta que no era más que un último recurso y que pronto no servirá de nada: este bodegón simboliza la ley de Moisés, incapaz de salvar, frente a la fe en Jesucristo. Habiendo cumplido su papel de maestro, ha tenido su tiempo y es reemplazada por la ley del amor encarnado por la venida del Hijo de Dios (cf. san Pablo, especialmente Gál 2,15—3,14).
Volvamos ahora al rostro de Jesús. Murillo logró que expresara una cualidad de empatía que, en lugar de manifestar el poder milagroso de Jesús, nos invitara a imitar su amor manso y humilde, tierno y activo. Y así, el mensaje de esta obra es que, hasta que Jesús regrese para juzgar a los vivos y a los muertos, los roles se invierten: el paralítico que extiende sus brazos es Jesús, y el rostro de Jesús es el nuestro: «Fue a mí a quien lo hicisteis…»
Pierre-Marie Dumont
[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]
• Cristo cura al paralítico en la piscina de Betesda (1667-1670, detalle), Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), National Gallery, Londres. © National Gallery Global Limited/akg-images
[1] Desgraciadamente, esta serie ya no se puede ver en la iglesia del hospital de la Caridad: mientras Sevilla estaba ocupada por el ejército francés, las obras fueron robadas en 1812 por José Bonaparte, hermano de Napoleón. Ahora están dispersas en museos de todo el mundo. Sin embargo, estas seis obras se pueden ver juntas nuevamente en www.magnificat.net/inicio/portada.
[2] La investigación arqueológica ha identificado con certeza el sitio donde se encontraba esta piscina, confirmando la veracidad histórica de los escenarios donde el evangelio según san Juan sitúa los hechos del Señor.