Carta a los lectores

Pablo Cervera Barranco

Editorial por Pablo Cervera Barranco

Querida familia Magnificat:

San Ignacio de Loyola, cuya fiesta acabamos de celebrar, decía en su Diario espiritual que María es «parte y puerta de toda gracia». Es una de las expresiones más bellas refe­ridas a la Virgen que he leído en mi vida.

Alguna vez hemos dicho que María abre el año civil, el 1 de enero (Maternidad divina de María), y atraviesa todos nuestros días con diversas celebraciones litúrgicas. Casi en el corazón del año está el mayor signo de esperanza para el pueblo de Dios: la asunción de la Virgen a los cie­los. Efectivamente, una de nuestra raza ya ha alcanzado la meta definitiva hacia la que todos nos encaminamos y su corazón humano resucitado (eso es la asunción, la glo­rificación de María en cuerpo y alma) late al unísono con el Corazón de su Hijo, Jesucristo. Late como madre, late de amor por sus hijos todavía peregrinos en la tierra. Y sus hijos, todos nosotros, en ella encontramos el consuelo, el asidero, la esperanza, el socorro que nuestra vida necesita.

Mucho antes de la proclamación del dogma por Pío XII en el año 1950, el pueblo de Dios ya vivía esta verdad como algo connatural: donde está el Hijo tiene que estar la Madre. Cuántos cientos de iglesias en nuestra geografía, medievales, renacentistas, modernas, están dedicadas a la Asunción…

Invoquémosla como faro de luz, como estrella en la noche, como consuelo en la adversidad, como esperanza en la dificultad.

¡Nuestra Señora de la Asunción, ruega por nosotros!

En Jesús y María,