La obra de arte

San Benito, san Sixto II y san Próculo, Ca. 1380 por Simone da Filippo (1330-1399)

Tras el primado de Pedro, proseguimos la sucesión apostólica con la imagen de Sixto II, representado en una tabla gótica de escuela boloñesa junto a san Benito y san Próculo. La sucesión de santos de distintas épocas en una misma composición se consolidó como una de las fórmulas de representación más habituales en el siglo XIV, cuando se empezaron a generalizar las tablas para decorar y ennoblecer los altares. En estas piezas la presencia de los santos se completaba con escenas de carácter narrativo, obedeciendo a la espiritualidad de la Baja Edad Media, donde la devoción a la Virgen y a los santos generó nuevos repertorios de imágenes. Desde el siglo XIII, Bolonia se convirtió en uno de los centros más florecientes de la pintura italiana y proliferaron talleres, muchas veces de carácter familiar, que respondían esencialmente a los encargos de las fundaciones religiosas de la ciudad.

En este ámbito trabajó Simone da Filippo, un pintor que desarrolló su obra en su localidad natal de Bolonia, donde está datado a partir de 1354, formándose en el taller de Vitale da Bologna. En esta ciudad está constatada su intervención en los frescos de la basílica de Santa Apolonia, en la basílica de Santo Stefano o, ya al final de sus días, en la de San Petronio. Muchas de sus pinturas hoy no se contemplan en su emplazamiento original, sino que forman parte de distintas colecciones boloñesas, donde se pierde en gran medida la función litúrgica y devocional que tenían en su origen.

De igual forma, varios de sus trípticos y polípticos se desmembraron y actualmente sus tablas se contemplan de forma aislada, no como parte de un conjunto mayor, como sería el caso de San Benito, san Sixto II y san Próculo. En origen los tres santos completaron el programa iconográfico de un retablo que se desmontó en el siglo XIX, durante el proceso de restauración de la basílica de Santo Stefano, que a su vez formó parte de un monasterio benedictino. Durante la rehabilitación del conjunto, el refectorio se convirtió en museo de pinturas y es formando parte de su colección donde observamos esta obra de Simone da Filippo que analizamos.

En ella se anticipa una fórmula iconográfica posteriormente reinterpretada y difundida en la Contrarreforma, la sacra conversazione, que consiste en unir en un mismo espacio a santos de distintas épocas. En el siglo XIV la creación de la Leyenda Dorada, escrita por el dominico Santiago de la Vorágine a finales del siglo XIII como repertorio hagiográfico, se había convertido en fuente fundamental para la inspiración de programas iconográficos que ayudaran a los fieles a conocer mejor a los santos como modelos que seguir. El hecho de que los gremios de las ciudades adoptaran a los santos como sus patrones y protectores y, además, encargaran sus propias obras de arte, favoreció esta multiplicación de imágenes presentativas y narrativas de los santos.

En la tabla que contemplamos el maestro muestra todavía su dependencia de la tradición oriental, en la medida que anula las escenografías para situar a sus figuras sobre un fondo dorado de marcada bidimensionalidad. La utilización del pan de oro destaca la presencia de los protagonistas en primer término de la composición, implica mayor suntuosidad y es signo de lo trascendente. En este caso, san Benito, el papa Sixto II y san Próculo están a su vez enmarcados por arcos apuntados y trilobulados que, por sí mismos, nos remiten al marco temporal del gótico.

Aunque, por lo dicho anteriormente, pudiéramos pensar en un lenguaje pictórico un tanto arcaizante, apegado a los iconos, también advertimos cómo Simone da Filippo no es ajeno a las novedades que había introducido Giotto da Bondone, el gran renovador de la pintura occidental en el gótico tardío. Esto se aprecia en el tratamiento de las figuras que adquieren cierta volumetría a partir de ropajes envolventes modelados con ricas gradaciones cromáticas. Un sutil claroscuro enriquece notablemente la paleta cromática del pintor. Otro aspecto digno de reseñar es el tratamiento de los rostros, con una incipiente expresividad captada en la vivacidad de la mirada y en la comisura de los labios, lejos del hieratismo que había caracterizado las figuras de la tradición anterior.

Los personajes se individualizan por sus vestimentas, así como por las inscripciones de sus nimbos, que aportan una mayor claridad expositiva en la imagen. En el tratamiento de estas aureolas el pintor parece emular piezas de orfebrería, con cierto relieve, para lo que se utiliza la técnica del pastillaje, con ligeras aplicaciones de yeso pintado con pan de oro, acentuándose así la suntuosidad del motivo representado.

En nuestro programa iconográfico nos acercamos inicialmente a san Benito, identificado por el hábito y por el libro referentes a la Orden benedictina, que se convirtió en un punto de partida esencial para el monacato occidental. Su presencia en la tabla nos recuerda, como ya hemos señalado, que esta pintura decoraba inicialmente el interior de una abadía benedictina.

Su figura rompe totalmente la frontalidad para dirigir nuestra mirada hasta el papa Sixto II, caracterizado por la tiara de triple corona propia de los pontífices y la capa pluvial recogida en un riquísimo pectoral inspirado en las joyas de la época. Porta el libro de las Escrituras, con la mano velada, para denotar su carácter sacro, y dirige su gesto de bendición al espectador. En la disposición de la mano se puede observar el anillo o sello papal como otro de los atributos iconográficos propios de su dignidad eclesiástica entre los años 257 y 258, en el contexto de las persecuciones a los cristianos del emperador Valeriano, cuando sucedió en la sede pontificia a Esteban I.

Nacido en Grecia, el papel de Sixto II fue fundamental para restituir la unidad entre la Iglesia de Roma y las comunidades de África y Asia Menor, donde comenzaban a levantarse grupos disidentes contra la autoridad papal. La intervención de san Cipriano, obispo de Cartago, y su obediencia al pontífice llevaron a afianzar al papado y a los obispos de las distintas diócesis. En la tabla, junto a la mano que bendice, se ha perdido un motivo; podría tratarse de la palma del martirio, ya que Sixto II murió decapitado en Roma el 6 de agosto de 258 junto a algunos de sus diáconos. Sus restos se llevaron a la catacumba de San Calixto, donde todavía hoy, en el llamado Cubículo de los Papas, encontramos una inscripción que lo atestigua.

Nuestra lectura de la tabla concluye con san Próculo, santo mártir de Bolonia y uno de los patronos de la ciudad. Su hagiografía revela que este noble militar fue decapitado hacia el año 304, en el ámbito de las persecuciones del emperador Diocleciano, por defender el cristianismo frente a arrianos y paganos en Bolonia. En la Edad Media fue presentado como modelo de virtud cívica en esta ciudad y, no en vano, es representado en la tabla con vestimentas anacrónicas para mayor cercanía a los fieles. La veneración a este santo fue especialmente impulsada por los benedictinos desde el siglo XII, lo que establece una especial vinculación con el emplazamiento original de la obra.

La aparente simplicidad de esta tabla, obra de un pintor de menor relevancia como fue Simone da Filippo, se convierte en exponente de la religiosidad de su época, acercándonos a la vida de importantes santos mediante una técnica cuidada y un conocimiento de las fuentes literarias que recogían sus vidas y sus martirios.

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

San Benito, san Sixto II y san Próculo, Ca. 1380 - Simone da Filippo (1330-1399), Museo di Santo Stefano, Bolonia. © Alamy Stock Photo.