La obra de arte

La creación del mundo y el pecado original por Biblia de Souvigny

La Biblia a lo largo de la Edad Media se convirtió en el libro por excelencia, sirviendo muchos de sus textos para explicar el origen y el fin del mundo, como demuestra el dominico Vicente de Beauvais (Ca. 1184-1264) en su Espejo de la naturaleza, al comenzar estructurando el saber sobre el universo con la creación, o en su Espejo de la historia, al explicar la historia a través de personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento.

La Biblia llegó a ser un libro esencial en las escuelas monásticas y catedralicias, pues con su conocimiento se profundizaba en la historia sagrada y en las exégesis patrísticas, y además permitía el estudio de la lengua hebrea. Ya antes de los escritos enciclopédicos del siglo XII, la Biblia también era utilizada en las escuelas monásticas para la enseñanza de las letras, la introducción en la lectura o para ejercitar la memoria, especialmente a partir del recitado de los salmos. Asimismo, orientaba la vida comunitaria de los monjes.

Todo esto explica que en los scriptoria la Biblia fuera uno de los manuscritos más copiados y que a la labor de los escribas pronto se sumara la de los miniaturistas, quienes embellecían los códices con iniciales ornamentales para señalar el comienzo de los distintos libros bíblicos, reforzando la estructura de Antiguo y Nuevo -Testamento y guiando su lectura comunitaria a lo largo del Año litúrgico.

Siguiendo el modelo de los códices bíblicos carolingios del siglo IX, particularmente de los desarrollados en la escuela de Tours, desde finales del siglo XI, coincidiendo con la reforma impulsada por el papa Gregorio VII, se multiplican los manuscritos bíblicos decorados. Estos se realizaban inicialmente para uso propio de las comunidades monásticas, pero también para intercambio o donación a otros centros, lo que propiciaba la difusión de modelos a partir de miniaturas que además de su función ornamental adquirían en algunos casos carácter narrativo en paralelo a los textos. Así se observa en la Biblia de Souvigny, uno de los manuscritos franceses más significativos del último cuarto del siglo XII, que conserva en sus 400 folios más de cien iniciales ornamentales e historiadas y cinco folios con escenas de carácter narrativo.

En el folio 4v, en paralelo a la caja de texto que recoge el comienzo del libro del Génesis, el argumento escrito se refuerza con una miniatura que sintetiza el ciclo de la creación y el pecado original. El pintor divide su composición en ocho registros superpuestos que facilitan la claridad expositiva con la sucesión de las siguientes escenas: separación de la luz y la tiniebla (Gén 1,4); creación del firmamento y separación de las aguas (Gén 1,6); creación de la vegetación (Gén 1,11-12); creación de las dos grandes lumbreras (Gén 1,14); creación de los animales de aire y mar (Gén 1,20); creación de los animales terrestres (Gén 1,24).

A la obra creadora de los «seis días» le suceden dos instantes claves, la creación de Eva y el pecado original, inspirados en este caso en el capítulo segundo del -Génesis. El miniaturista, como es habitual hasta el siglo XIV, representa al Creador con los rasgos de Cristo, incluso con nimbo crucífero, pues Dios crea por la Palabra y la Palabra es el Hijo. Su dignidad se destaca por la orla que lo enmarca en las seis primeras viñetas, trabajada con una rica policromía que recuerda el arcoíris, símbolo de la alianza entre Dios y el hombre. Este motivo se completa con otros detalles que afirman el carácter conceptual de la imagen, como la personificación de la luz y las tinieblas, los medallones del sol y la luna o la paloma nimbada que en el primer instante introduce la huella trinitaria, evocando la reflexión de san Ireneo de que el Padre actúa por medio de sus dos manos, el Hijo y el Espíritu Santo. Las exégesis patrísticas están también en el trasfondo de la selección de la creación de Eva, escena repetida con frecuencia en los programas iconográficos románicos como prefiguración del nacimiento de la Iglesia del costado de Cristo crucificado.

El miniaturista, probablemente un monje llamado -Bernard, nos muestra el sueño de Adán durante la creación de Eva a partir de su costilla, tal como se lee en la narración del Génesis (2,21-22). El gesto orante de Eva, reconociendo todavía su dependencia del Creador, responde al doble gesto del Padre, cuya retórica se llena de significado a la luz de la tradición patrística, pues mientras el gesto creador de la bendición lo observamos anteriormente en la creación de los animales, con su mano derecha toma a la mujer.

Esta gestualidad está en consonancia con las palabras de san Teófilo de Antioquía: «Solo la creación del hombre la tuvo por obra digna de sus propias manos. Las manos indican la cercanía del hombre a Dios», o de san Ireneo: «Creó el universo de Palabra, pero al hombre lo plasmó con sus propias manos». De esta forma, la miniatura se hace eco de una tradición que arranca del siglo II y que se transmite al medioevo gracias a los scriptoria y escuelas monásticas. Por eso se repite prácticamente el mismo esquema compositivo y la misma elocuencia de las manos en otras representaciones coetáneas de este tema.

El mismo lenguaje gestual se observa en el pecado original, donde la actitud de los personajes sintetiza los distintos tiempos referidos en el relato del Génesis: duda, tentación y, finalmente, vergüenza y arrepentimiento. El desnudo, que en la imagen de la creación es símbolo de la inocencia, es ahora consecuencia del pecado. El dolor de Adán y Eva se advierte ligeramente en sus rostros, como anticipo, todavía muy incipiente, de lo que será el naturalismo gótico. Este queda alejado, sin embargo, del tratamiento general de la miniatura en lo que se refiere a las anatomías lineales, trabajadas de forma esquemática, o al espacio, más ornamental que real, anulado en su tridimensionalidad por el fondo dorado que nos habla de la suntuosidad de la Biblia de Souvigny como el manuscrito más preciado de la abadía de San Pedro y San Pablo en el siglo XII.

Las referencias espaciales representadas obedecen estrictamente a los argumentos tratados, como se observa en el árbol de la ciencia, en la serpiente o en la manzana que Eva le entrega a Adán, apenas perceptible, pero necesaria para referir la desobediencia, la tentación y el pecado. La policromía empleada para recrear el paraíso, con las ondas azules en las dos últimas viñetas, podrían sugerir los cuatro ríos del Edén (Pisón, Guihón, Tigris y Éufrates), con mucha frecuencia presentes en las imágenes de la Alta Edad Media para referir el paraíso.

La copia y decoración de la Biblia de Souvigny en una abadía cluniacense convierte cada pincelada en reflejo de una tradición que se remonta al origen mismo del cristianismo. Ni los textos ni las miniaturas presentan el pecado como la última palabra, sino que en estas biblias miniadas el programa iconográfico apunta desde la creación y el pecado original a Cristo como nuevo Adán, a María como nueva Eva y al árbol del paraíso como prefiguración del árbol triunfal de la cruz que trae la salvación sobre el pecado.

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

Biblia de Souvigny - Bibliotheque Municipale, Moulins - © akg-images/De Agostini/G. Dagli Orti.