La obra de arte

Portada septentrional de la iglesia de San Miguel de Estella (Navarra) por Andrea Mantegna (1431-1506)

Continuando con nuestro particular camino jacobeo a través de las páginas de Magnificat, llegamos a Estella (Navarra), y contemplamos la portada norte de la iglesia de San Miguel, para introducirnos en un bellísimo programa iconográfico a partir de sus relieves. Todo está minuciosamente tallado para ayudar al peregrino a hacer memoria de Cristo y recordarle el sentido último de su caminar.

Esto se advierte de modo particular en esta pequeña localidad navarra, que emerge a finales del siglo XI impulsada por el crecimiento de las peregrinaciones a Santiago. Su vinculación con este fenómeno se revela también en el análisis de su escultura, en la medida en que reconocemos en el repertorio tipos iconográficos que llevan nuestra mirada a Francia, concretamente a la portada occidental de la catedral de Chartres y a la abadía de San Pedro de Moissac. Y es que las cuatro vías que comunicaban Compostela con Francia eran escenario para el intercambio de modelos y la itinerancia de talleres en busca de nuevos centros de construcción.

En el pórtico de Estella llama la atención la multiplicación de figuras, que sobrepasan el marco habitual del tímpano para desplegarse a su vez sobre los machones laterales, con relieves narrativos trabajados de modo monumental, disposición que encuentra precedentes en la escuela francesa. El análisis de los temas representados no obedece a priori a un argumento unitario, ya que advertimos tipologías propias del juicio final, escenas relativas al santo titular de la iglesia, episodios del Génesis y de la infancia de Cristo, referencias hagiográficas y protagonismo de la resurrección de Cristo.

El gran número de personajes y detalles implica también el trabajo de varias manos, siendo el maestro de mayor calidad técnica quien ejecuta los relieves de los machones laterales. Su forma de abordar las figuras con variedad de gestos, ruptura de frontalidad e incipiente expresividad lo sitúan ya en la transición al gótico y permiten emparentarlo con importantes talleres hispanos de finales del siglo XII, como el que intervino en la fase más tardía del claustro de Santo Domingo de Silos.

El tímpano que centraliza la portada está presidido por la figura de Cristo en majestad, identificado por el nimbo crucífero, el gesto de bendición y el crismón que porta en una de sus manos. Este motivo, constituido por las dos primeras letras del nombre griego de Cristo, se había convertido desde el año 313 en símbolo explícito de su presencia, revistiéndose además en Estella de significado trinitario y enriqueciéndose con las letras alfa y omega, que refieren a Cristo como principio y fin de todo. Su poder se ve subrayado por un marco tetralobulado inspirado en imágenes miniadas. Este detalle adquiere especial protagonismo en el conjunto por su inscripción: «Esta imagen que contemplamos no es Dios ni hombre; pero es Dios y hombre aquel a quien representa esta sagrada imagen».

Estas palabras no solo recordaban la humanidad y divinidad de Cristo en tiempo de herejías, como la albigense, que cuestionaban esta doble naturaleza, sino que además pone de relieve el valor de las imágenes en la Edad Media. En este sentido, se recuerda a quienes contemplan la portada que no se admira la materialidad de sus formas, sino las verdades que transmiten, en la línea de la defensa que san Juan Damasceno había realizado de los iconos durante la crisis iconoclasta de Bizancio en el siglo VIII.

Simétricamente dispuestos, flanqueando a Cristo, los cuatro animales vivientes que personifican los evangelistas a partir de las visiones de Ezequiel y del Apocalipsis. Esta composición del tímpano se cierra en ambos laterales con las figuras de la Virgen y de san Juan evangelista, cuya presencia nos lleva a los precedentes de la iconografía gótica.

El programa iconográfico del pórtico se completa en las arquivoltas con ángeles portadores de incienso, ancianos del Apocalipsis, profetas, escenas de Antiguo y Nuevo Testamento y episodios de los santos, principalmente martirios, como se observa en los casos de san Esteban, san Pedro, san Lorenzo o san Juan Bautista. La presencia de relatos hagiográficos en el programa iconográfico es clave de nuevo para apuntar una transición al gótico, ya que en los repertorios de la Baja Edad Media los santos adquirieron un notable protagonismo como patronos de los distintos gremios. Estos arcos descansan en capiteles historiados que sintetizan un ciclo de la infancia de Cristo, desde la Anunciación hasta la huida a Egipto.

En el conjunto de Estella advertimos la monumentalidad de los dos machones laterales, donde escenas y figuras se ordenan en registros superpuestos que nos hablan de la advocación de la iglesia y de la resurrección. A nuestra izquierda, identificamos una doble representación de san Miguel, en el instante de alancear al maligno y en su disputa de la balanza con el demonio en el juicio final. Se trata de imágenes dominadas por un simbolismo que contrasta con el carácter narrativo del machón contrapuesto, donde se representa la resurrección, como es habitual en los repertorios románicos, a través de la presencia de las mujeres ante el sepulcro vacío.

Una vez más, las inscripciones acentúan la claridad expositiva del relieve, a la vez que inciden en el diálogo entre las figuras y en su identificación. Sobre el sepulcro, tallado de forma anacrónica a modo de sarcófago, no excavado en la roca como recoge la narración bíblica, se graban las palabras Surrexit non est hic. Estas recogen el anuncio del ángel a las mujeres, un mensaje enfatizado por el gesto de su mano, en correspondencia con el segundo ángel, quien señala al sepulcro abierto, poniendo de manifiesto cómo la mímica traba la unión entre los personajes y concreta sus reacciones ante el milagro de la resurrección. El número de los ángeles nos lleva hasta el evangelio de san Lucas, el único en citar «dos hombres con vestidos resplandecientes» (Lc 24,4).

Frente a ellos, las mujeres, identificadas en este caso por la inscripción situada bajo sus pies: Maria Magdalene, Maria Iacobi, Altera Maria. El relato esculpido se completa con los soldados dormidos bajo el sepulcro, en menor tamaño para adaptarse al marco arquitectónico y revestidos de forma anacrónica, con cotas de malla más propias de los cruzados medievales que de la guardia pretoriana, para testificar que el cadáver de Cristo no había sido robado, tal como recogen san Mateo (Mt 28,4) y el apócrifo Actas de Pilatos (XII-1).

La lectura global de la portada nos ofrece un programa iconográfico de gran complejidad, que se abre a distintos ciclos para sintetizar la historia de la salvación, desde la creación de Adán hasta las referencias al juicio final. Este repertorio, que incide en la naturaleza humana y divina de Cristo, habría sido pensado por eclesiásticos que dictaban la selección de escenas y figuras a los escultores.

La multiplicación de personajes y que sobrepasaran el marco impuesto por el tímpano llevó a plantear que pudieran haberse ensamblado figuras procedentes de otros lugares de la propia iglesia de San Miguel, si bien no se puede constatar este extremo. El refinamiento de la talla y su conexión con modelos franceses obedecen, sin duda, al emplazamiento de esta iglesia en las vías de peregrinación a Compostela, donde el lenguaje románico se había definido con gran uniformidad.

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

Portada septentrional de la iglesia de San Miguel de Estella (Navarra) Último cuarto del siglo XII © akg-images/Album/sfgp.