Cuando nuestro Señor se hizo hombre, bien pudo asumir aquel dicho del dramaturgo romano Publio Terencio: «Nihil humanum alienum puto» (nada de lo humano me es ajeno). Y es verdad: asumió la fragilidad, la vulnerabilidad, se emocionó y lloró ante el sepulcro donde yacía muerto su amigo Lázaro, dedicó una especial mirada de amor hacia el joven rico para que le siguiera, saltó de gozo en el Espíritu Santo cuando sus apóstoles le comentaban los avances del reino y cómo la Buena Noticia era acogida por los más pequeños…
Podemos decir así que todas las dimensiones del corazón humano le eran propias y, por eso, pudo ponerse como ejemplo para todos nosotros: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». En el Corazón de Cristo se juega todo el drama de amor de la redención y es ante ese Corazón donde cada uno de nosotros decide el seguimiento de fe a Jesucristo. El cristianismo no es una idea, es la adhesión a una persona viva (resucitada), con un corazón que late de amor, que quiere ser amado y que, al encarnarse, se ha sometido al riesgo de ser ignorado, despreciado, herido. Ante su Corazón, abierto por amor, ¿tú qué decides?