El artículo del mes

El invitado del Papa por Juan Manuel de Prada

 Literatura para nuestra fe (20)

           

Entre el enjambre de «fantasías papales» que se han escrito, a menudo burdas y molestas como abejorros, merece distinguirse por su inteligencia y amor a la Iglesia L’Hôte du Pape, que en este centenario de las apariciones de Fátima bien merece una lectura. Publicada originaria­mente en 2004, El invitado del Papa es una de las últi­mas obras del profuso escritor francés Vladimir Volkoff (1932-2005).

Hijo de rusos blancos que habían huido del bolche­vismo, Volkoff es conocido sobre todo por un puñado de novelas de espionaje, ambientadas durante la llamada Guerra Fría, en las que denuncia las estrategias de mani­pulación y desinformación de la Unión Soviética, a la vez que traza personajes de gran complejidad moral que se enfrentan al problema del mal y obtienen los beneficios del perdón. Monárquico convencido y fiel ortodoxo, Volkoff publicó también biografías (como la de su tío abuelo Chai­kovsky), así como ensayos de asunto histórico, religioso y político (entre los que merece destacarse su soberbio Le complexe de Procuste, sobre la obsesión igualitarista); y tuvo el desenfado de publicar una larga serie de novelas de quiosco, bajo el seudónimo de «Teniente X».

Una muerte misteriosa en brazos de Juan Pablo

En El invitado del Papa, Volkoff se propone novelar un trágico acontecimiento histórico, la misteriosa muerte del arzobispo Nikodim, metropolitano de Leningrado, el 5 de septiembre de 1978, en brazos del papa Juan Pablo I, a quien había solicitado audiencia con carácter de urgencia. Tras su fallecimiento, el propio Juan Pablo I diría, visible­mente emocionado:

«Os aseguro que jamás en mi vida había escuchado palabras tan bellas sobre la Iglesia católica como las que él pronun­ció. Sé que ha sufrido mucho por la Iglesia y ha trabajado muchísimo por la unidad de los cristianos. Su muerte es una señal profética de nuestro pontificado. Nikodim me dijo: “La historia de nuestro pueblo está siempre escrita con sangre”. Le respondí: “Pero ahora hay una solemne promesa de María, la Virgen de Fátima, que ha dicho: Al fin, Rusia se convertirá y habrá paz. Me lo dijo también a mí sor Lucía en Coimbra. No sabemos cuándo llegará la paz, pero la esperanza es fuerte en todos nosotros. Será Dios, solo Dios, quien libere a los pueblos de Rusia y de los países del Este. Es imposible que tanta sangre, tanto dolor y tantos sufrimientos y oraciones no sean escucha­dos. Lo sabe Dios y lo sabe también la Virgen santísima que ha anunciado hace sesenta años a los niños de Fátima que Rusia volverá a ser un pueblo libre”. Nikodim me pidió finalmente que bendijera y rezara por el pueblo ruso. Cosa que he hecho de todo corazón y que seguiré haciendo».

Enseguida comenzaron a circular los rumores de que Nikodim pudiese haber sido envenenado por el KGB; y, tras su muerte, se produjo en la Iglesia ortodoxa rusa una virulenta reacción anticatólica, que era sin duda lo que los sectores soviéticos más inmovilistas pretendían provocar.

El novelista imagina lo probable

En el prólogo de la novela, Volkoff declara sus intencio­nes: el cometido del novelista «consiste más en imaginar lo probable que en descubrir lo desconocido». Para ello, crea un personaje imaginario, el arzobispo Ilia Galkine, cuya biografía, temperamento y edad no se correspon­den con los de Nikodim; en cambio, opta por presentar a Juan Pablo I sin máscaras ni disfraces, tal cual fue, en un retrato lleno de admiración y delicadeza.

Volkoff pinta a Luciani como un hombre radiante de amor hacia los pobres; en su época como patriarca de Venecia acoge a mendigos, prostitutas y vagabundos, ali­mentándolos con el dinero obtenido por la venta de la cruz de piedras preciosas y la cadena de oro (pertene­cientes a Pío XII) que le había reglado Juan XXIII cuando lo ascendió al episcopado. Receloso de los manejos de la banca y de su influencia en esferas vaticanas, Luciani no tiene empacho en lamentar, citando a Dante: «¡Qué pena, Constantino! ¡De cuántos males fue origen no tu conversión, pero sí la dote que recibió de ti el primer papa opulento!»

Aunque considera que no está hecho de «la pasta de los papas», Luciani acepta la elección porque cree firme­mente que, si el Señor le ha impuesto la carga del papado, también le proporcionará las fuerzas suficientes para sobre­llevarla. Y, aunque su carácter bonancible y candoroso en nada se parece al del revolucionario, quiere ante todo alejar a la Iglesia de los negocios, para que «si Jesucristo vuelve a la tierra, pueda reconocerla».

La consagración de Rusia al Corazón de María

Frente al humilde Luciani, se alza la figura del arzo­bispo Ilia Galkine, un hombre recio y con gran capacidad de liderazgo, criado en la más férrea disciplina comunista (aunque bautizado en secreto por su abuela), que combate heroicamente la invasión alemana y no tarda en conver­tirse en el más joven general del Ejército Rojo. Pero los horrores que ha contemplado durante la guerra (y tam­bién algún horror que él mismo ha perpetrado, atrapado en el torbellino de la sangre), lo empujan a buscar arre­pentido la paz en un monasterio, en el que ingresa como monje lego, antes de acceder al sacerdocio.

Pronto empezará a destacar por sus dotes y por sus sacrificados servicios, hasta el extremo de que el patriarca ruso Alexis I le propone que se ofrezca al KGB como infil­trado, asumiendo un papel de «agente doble» en bene­ficio de la Iglesia ortodoxa. A Ilia la petición lo angustia; pero finalmente accede, entendiendo que de este modo podrá parar muchos golpes del enemigo, aunque sea a costa de su inmolación personal. Y, en efecto, Ilia logra el respeto de Yuri Andropov, director del KGB y máximo representante del sector «liberal» del Partido Comunista, cuya evolución contemplan con desconfianza los «aurochs» (toros), que es como jocosamente se denomina a los nos­tálgicos del estalinismo.

Elevado al arzobispado de Leningrado, Galkine tendrá acceso a un informe del KGB sobre un joven católico que ha sido detenido por divulgar entre la población las apa­riciones de la Virgen en Fátima. Galkine intercede por el joven y se interesa por las apariciones, cuyos pormeno­res analiza exhaustivamente: así descubre que han tenido lugar entre los meses de mayo y octubre de 1917 (justo cuando Rusia está afrontando el momento más trágico de su historia); que los niños pastores fueron invitados a comulgar por el ángel de las visiones bajo las dos especies (como siempre se ha hecho en el rito oriental) y a rezar por la comunión de los santos; y que, en fin, la Virgen reclama la participación de «todos los obispos» en la con­sagración de Rusia a su Corazón.

Galkine sabe bien que ni la Iglesia católica ni la orto­doxa han puesto jamás en duda la validez de sus respec­tivos episcopados; y entiende que en esa petición de la Virgen a sus hijos subyace un amoroso anhelo de unidad, el mismo que había expresado su Hijo: «Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos tam­bién sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,20).

La alianza entre dos hombres insobornables

Por supuesto, tal unidad está erizada de dificultades. Entre el clero ortodoxo, la lista de agravios contra la Igle­sia católica se ha convertido en una cantinela mil veces repetida. Pero a Galkine lo anima aquel mandato agusti­niano: In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas. Cree que el papa Luciani es hombre accesible que sabrá escucharlo y pide permiso a Andropov para viajar a Roma, por supuesto ocultándole su verdadera intención.

De inmediato, el sector inmovilista se organizará para impedir ese encuentro; o al menos para asegurarse de que nada fecundo surja de él. Para ello, los cabecillas «aurochs» se ponen en contacto con una sociedad secreta italiana, llamada «Alveolo 1», formada por altos funciona­rios, generales, banqueros y empresarios. En su cúspide se halla el depravado magnate de la prensa Innocento Inno­centi, príncipe apócrifo y pervertido confeso, apodado el «Marionetista», porque sabe cómo manejar los hilos de la opinión pública.

 Frívolo y sediento de placeres aberrantes, Innocenti es sobre todo un monstruo de avaricia; y cuando sabe que Luciani ha resultado elegido en el cónclave, exclama: «¿Por qué esos imbéciles de cardenales han votado a un hombre que no se prestará a ningún chanchullo? Es una ligereza imperdonable». «Alveolo» tiene ramificaciones en la mafia y aspira al control de las finanzas vaticanas, con la ayuda de algunos elementos eclesiásticos corrom­pidos; y el magnate Innocenti entiende enseguida que la alianza entre dos hombres insobornables como Luciani y Galkine puede tener consecuencias funestas. Por lo que pacta con los soviéticos el asesinato del arzobispo ruso.

La «Mujer», reparadora de la división de los cristianos

El invitado del Papa desarrolla, a partir de estos ele­mentos, una sabrosa intriga llena de elementos perturba­dores; y nos brinda un suculento retrato del imaginario Galkine, quien no vacila en afrontar las mayores angustias y en adentrarse hasta las mismísimas puertas del infierno (o siquiera de la Lubianka) con tal de llevar a cabo su misión.

Pero, además de una inquietante novela de espionaje, El invitado del Papa resulta también una obra interpe­ladora y profética para cualquier cristiano con inquietu­des. Cuando Youry, un agente del KGB al que Galkine ha incorporado a su causa, reproche las benevolencias del protagonista hacia la Iglesia católica y le recuerde la lista de los agravios consentidos por Roma, el protago­nista reflexionará:

«¿Hemos de seguir poniendo los puntos sobre las íes hasta el fin de los tiempos? ¿No deberíamos perdonar, siendo hermanos? Pero el auténtico secreto del mundo, Youry, no es perdonar, sino pedir perdón. Y si nosotros hemos sido perseguidos más que ellos, e incluso algunas veces por ellos, es necesario pedirles perdón por esta tentación a la que los hemos inducido».

Cuando la novela alcance su clímax, en el encuentro entre Galkine y Juan Pablo I, Volkoff abandonará las estra­tegias del suspense para mostrarnos a dos hombres lle­nos de coraje y nobleza, dispuestos a renegar de recelos y animadversiones históricas, que exponen sus diferen­cias sin ambages y se esfuerzan por restañar las heridas. Ambos saben que católicos y ortodoxos han traicionado a Jesús, que pidió a sus seguidores que fuesen reconoci­dos por el amor que se profesaban los unos a los otros. Y saben que nada puede reparar mejor esa traición que la Mujer que se convirtió en Madre de su propio Creador:

«Dios no es un mero revisor que vuelve a su residencia una vez que ha concluido su inspección en la tierra –afirma Galkine, con finísima teología–. Si Dios es el padre del hom­bre, a través de María el hombre se convierte en madre de Dios. La pequeña judía María de Nazaret ha criado verda­deramente al buen Dios. María es la gota más pura salida del lagar de la humanidad; y la destilación de esa gota en el alambique de la historia humana ha dado a… Dios. La humanidad está criando realmente a Dios cada día. (…) Yo soy la madre de Dios, Santo Padre, y usted también. Somos unos ínfimos fragmentos de la madre de Dios.

A esto, Luciani responde con dulzura: «Nosotros tam­bién creemos eso, aunque lo expresemos de otra manera».

No desvelaremos el hermoso diálogo último que Luciani y Galkine mantienen, cuando ya el arzobispo ruso, después de suplicar la consagración de Rusia, entiende que ha sido envenenado y agoniza entre los brazos de Juan Pablo I. Es un pasaje en el que la interpretación del tercer secreto de Fátima adquiere una fuerza conmove­dora y ecuménica. Sí desvelaremos, en cambio, las últimas palabras de Galkine, pronunciadas en un estertor, después de que Juan Pablo I le imparta la absolución: «IE-DI-NA» («Ella es una»). Que así sea. 

 

Juan Manuel de Prada

El autor es escritor. Ha recibido el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos. Recientemente ha publicado su última novela, Mirlo blanco, cisne negro, Espasa Calpe.


El invitado del Papa - Vladimir Volkoff, El invitado del Papa (Ciudadela, Madrid 2011), 408 págs.