El artículo del mes

Orar la vida (al final de la vida) por César Cid Gil

 Jornada Mundial del Enfermo (11 de febrero)

Acompaño a personas en el último tramo de su vida desde hace diez años, en el entorno de los Cuidados Paliativos. He querido comenzar este espacio que Magnificat me brinda con una observación: resulta curioso comprobar cómo en el entorno clínico de la muerte se manifiesta la vida con toda intensidad. Y no se trata de una contradicción, no. Ni de una excusa semántica para evitar cierta incorrección social. La atención personalizada a los enfermos incurables nació bajo los principios de la caridad cristiana en los primeros momentos de nuestra era, desde una visión completa de la vida, en la que la muerte se integra como parte fundamental de la existencia.

Las comunidades cristianas se han distinguido siempre por la atención a los que sufren, desde las primeras insti­tuciones hospitalarias hasta las múltiples obras de caridad llevadas a cabo a lo largo de la historia. Dicha atención contempla los cuidados físicos, psicológicos y especial­mente los espirituales. Jesús se identificó indirectamente como médico (Mc 2,17), aunque lejos de la concepción técnico-asistencial que conocemos. Sin embargo, su doc­trina ha proyectado una concepción única, que ha propor­cionado una evolución fundamental en la praxis clínica con la aplicación de valores.

La visita al enfermo, y en general a la persona que sufre, es una oportunidad pastoral y un compromiso eclesial. Es necesario acogerle en su espíritu quebrantado, en su corazón humillado (Sal 50,19). La muerte, sin perder su carácter trágico, ha cambiado de signo para el creyente. La muerte ya no es el final. El cristiano muere para resu­citar. La muerte no tiene la última palabra. El cristiano afronta la muerte y la asume libremente como un acon­tecimiento que puede ser vivido en comunión con Cristo muerto y resucitado y en la misma actitud que él adoptó.

¿Una labor solidaria

Decididamente no se trata de una labor solidaria. Vivi­mos momentos de grandes gestos solidarios, que expre­san claramente una actitud bondadosa hacia personas necesitadas. No se trata de bondad, sino de comunión. La gran diferencia está en la fe y la experiencia transfor­madora que conlleva. El cristiano que acompaña el final de la vida debe hacerse pequeño, invirtiendo sus certe­zas y abandonando todo deseo personal. Acercándose al enfermo, debe ponerse en presencia de Dios para entrar en comunión con él. Atisbar a Dios y descubrir su cora­zón nos permite amar a quien no conocemos (hermano por Cristo) e incluso a quien no nos ama. Ello es posible gracias a la oración.

 De la confianza al descanso 

Orar con el enfermo al final de la vida es un regalo espiritual. Dios se derrama en su palabra expresada, en los sacramentos y mediante nuestra pobre presencia, gracias a la fe. En su presencia, el enfermo suele expresar paz con pequeños gestos y en ocasiones con respuestas imposi­bles para la razón, dado su estado. Su cuerpo ora porque ha amado, tocado ahora por el Amor sin condiciones ni límites, en su propia apariencia quebrantada y rota. En ocasiones he sentido las palabras de Pablo en el acom­pañamiento: «Cristo será magnificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte» (Flp 1,20).

Concibo la habitación de un moribundo como un espa­cio sagrado. Generalmente preparo el encuentro con su familia y allegados. Compartimos la Palabra mediante el Magnificat, la publicación que ahora tiene en sus manos, tan conveniente para la praxis cristiana. Unos minutos des­pués, encomendamos juntos su alma y abrimos el corazón en un momento único y sublime. Desde mi pobreza y en silencio, hablo a Dios del hermano que viaja, para que salga a su encuentro y alivie el peso que su alma arrastra. Final­mente, les invito a que den gracias por la vida que tran­sita hacia el encuentro. Imaginamos el abrazo que Cristo le da, justo antes de descender despacio con él de la cruz.

La muerte solo existe desde este lado. El tránsito rea­lizado es a la Esperanza y la Vida, no a la desaparición. Que, por Cristo, la muerte no es el enemigo inexorable del hombre. Isaías lo reveló anunciando que Dios elimi­naría la muerte para siempre, enjugando «las lágrimas de todos los rostros» (Is 25,8). El encuentro con Jesús es garantía de vida eterna, de vida en Dios. La muerte del creyente, miembro del cuerpo místico, abre el camino al Padre, que nos demostró su amor en la muerte de Cristo, «víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10).

¿Rechazar el sufrimiento

Jesús no explicó el sufrimiento ni lo justificó. Nos mos­tró que cualquier herida puede ser ofrenda, ser fuente de vida y ser fecunda. Nos horroriza sufrir y no podemos explicarlo ni justificarlo. No se trata de desearlo, sino de asumirlo. Es un misterio transformador que edifica la vida, aunque el final esté cerca. En el mundo de Dios, todo es comienzo y presente. Por esto, no debemos mirar a otro lado ante el sufrimiento. Es necesario acogerlo y acompa­ñarlo con naturalidad, desde la confianza en Dios. La opción es mirar el dolor y escucharnos. Él y nosotros, nosotros y él. Escucharle y mirarnos hasta hacernos uno y aceptar los cambios para transformarlos en oportunidades.

En el principio de la relación hablamos lenguajes dis­tintos. Con el tiempo podemos reconocer las circunstan­cias que provocaron nuestro sufrimiento. No importa si duele el cuerpo o el alma; conviene descifrar los códigos y averiguar los designios ocultos, revelados solo ante la fe. 

 

César Cid Gil 

Padre de familia, diácono permanente. Counsellor en Duelo y Atención al Final de la Vida. Experto en Cuidados Paliativos. Responsable de Atención Espiritual en la Clínica Sear de Madrid.