El artículo del mes

La fe de los demonios por Juan Manuel de Prada

Literatura para nuestra fe (22)

La fe de los demonios*


  Hadjadj: «un judío de nombre árabe y confesión cristiana»

 Entre los pocos escritores católicos de mérito surgidos en las últimas décadas merece destacarse por encima de todos al francés Fabrice Hadjadj (1971), «un judío de nombre árabe y confesión cristiana», según él mismo se ha definido. Sus ensayos, amenos paseos por los jardines de la literatura, la filosofía, la teología y el arte, nunca nos defraudan, porque están llenos de ideas intrépidas, de imágenes luminosas, de terribles paradojas, de erudiciones desconcertantes y sabrosísimas.

 Hadjadj es un escritor «moderno» que no vacila en confrontarse con los grandes santones de su mausoleo de la modernidad; pero no al modo cetrino y ramplón de cierto catolicismo de palo y tentetieso, que se regodea en su execración, sino de un modo mucho más fino e inteligente, asomándose con curiosidad a su obra, para entrar en coloquio con ella. Hadjadj entiende que el escritor católico no puede prescindir de Baudelaire, ni siquiera de Nietzsche, porque la misión del verdadero escritor católico no consiste en atrincherarse frente al enemigo, sino incursionar en su terreno. Y el fruto de sus expediciones es siempre fecundo y remunerador.

 En España Hadjadj ha sido conocido gracias, sobre todo, al empeño benemérito de la editorial Nuevo Inicio, adscrita al Arzobispado de Granada, a la que guía el propósito de «superación del dualismo, sea de corte conservador o liberal, que es la causa singular más importante de la disolución de la Iglesia y de la pérdida de la fe en la sociedad contemporánea». En Nuevo Inicio se han publicado las obras más importantes de Hadjadj, entre las que merece la pena citar El paraíso en la puerta, Tenga usted éxito en su muerte o La profundidad de los sexos. Y en Nuevo Inicio se ha publicado también el que, a nuestro modesto juicio, es el más interesante ensayo de teología divulgativa que se ha publicado en las últimas décadas, La fe de los demonios (o el ateísmo superado), en el que a la par que una reflexión brillantísima sobre la lógica del mal se nos ofrece una interpretación dilucidadora de algunos de los grandes asuntos de nuestro tiempo.

 La estrategia del Mal

  La fe de los demonios no es, desde luego, un tratado de demonología; tampoco una obra piadosa en la que se nos alerta sobre las asechanzas más tópicas del Maligno. La fe de los demonios es un libro sobre la estrategia última del Mal, que no es hacernos caer en las trampas a las que tiende nuestra naturaleza carnal, sino espiritualizarnos tanto que lleguemos a olvidarnos de nuestra naturaleza carnal, hasta creernos espíritus puros. Que es, exactamente, lo que es el Demonio: un espíritu puro, tan ensoberbecido de su sabiduría que puede aspirar a ser bueno, irreprochablemente bueno, sin contar con Dios.

 En algún pasaje de la obra, el autor rescata aquella cita del diario íntimo de Charles Baudelaire: «La mejor astucia del demonio es persuadirnos de que no existe». Y tal astucia –nos enseña Hadjadj– nunca había cosechado tanto éxito como en nuestra época: no solo entre los escépticos es habitual negar su existencia; también entre los creyentes es frecuente tropezarse con personas a quienes la existencia del demonio se les antoja una fábula irrisoria, propia de gente inculta y sugestionable, e irreconciliable con la existencia de un Dios de bondad o misericordia.

 Ocurre, sin embargo, que las mismas personas que niegan la existencia del demonio, cuando pretenden localizar la última instancia del mal en las urdimbres secretas que gobiernan el mundo, necesitan recurrir a grotescas teorías conspirativas y complots de ámbito universal, planificados por organizaciones secretas y masónicas. Y, como afirma Hadjadj, olvidan remontarse hasta un complot todavía más secreto y tentacular: un complot angélico.

 Los demonios, nos enseña la teología, son ángeles que no comparten con los humanos las debilidades de la carne; y que, si se sirven de tales debilidades para atraer a los humanos, es precisamente para humillarlos más, para subrayar su superioridad sobre quienes, pese a su debilidad, fueron elegidos por Dios y redimidos por su propia sangre. ¿Y qué es lo que los demonios ofrecen a esa criatura débil para engatusarla? No le ofrecen riquezas o placeres materiales; o, mejor dicho, se los ofrecen, pero solo como prólogo o vía de acceso a su ofrecimiento definitivo, que no es de naturaleza material, sino espiritual: «Seréis como dioses».

 Esta soberbia del hombre que se endiosa y se encarama en el trono divino es la gran tentación diabólica; y para hacerla realidad, el demonio siempre empieza persuadiéndonos de que no existe, para después persuadirnos de que tampoco existe Dios y terminar persuadiéndonos de que nosotros mismos somos el único Dios. Entregarse a Satán es creer que podemos acabar con el Mal con nuestras propias fuerzas, creer que podemos extirparlo de nuestras vidas gracias a nuestros buenos sentimientos y a nuestras potentes máquinas, instaurando un paraíso de progreso en la tierra. Pues, como también afirma Baudelaire, «es más difícil amar a Dios que creer en él. Por el contrario, a los hombres de este siglo les resulta más difícil creer en el Demonio que amarlo. Todo el mundo le sirve y nadie cree en él».  

 Los demonios «creen y tiemblan», no son ateos y están derrotados

 Frente a nuestra incredulidad orgullosa, contrasta la fe de los demonios, que según leemos en la epístola de Santiago, «creen y tiemblan». Creen, es decir, no son ateos, porque han conocido a Dios; y, además, lo han conocido de un modo perfecto, como solo los espíritus puros pueden hacerlo. Y «tiemblan» porque su derrota, allá al final de los tiempos, ha sido decretada. Saben que no prevalecerán; y por ello mismo se revuelven con furia y se afanan por seducir a los hombres. Y, en sus estrategias de seducción, no desdeñan una parodia de la caridad, hoy entronizada como virtud pública de obligado cumplimiento: «El gran engaño en nuestras sociedades descristianizadas –escribe Hadjadj– consiste en recuperar la compasión para volverla contra Cristo. Compasión de tripas sensibles contra la del corazón ardiente: que habría consistido en hacer abortar a María para evitarle el repudio y a la vez ese hijo destinado a un suplicio monstruoso y, si fuera demasiado tarde para tal solicitud, en al menos darle a Jesús no el vinagre en el Gólgota, sino un cóctel lícito en Getsemaní. Los católicos sociales temen pasar por torturadores, aunque acaban cediendo a la amabilidad letal. Pero los católicos tradicionales, frente a ellos, se prestan también a ese juego de la compasión: que todo se reduzca a la lucha contra el aborto y que se olvide anunciar la Gracia que salva al miserable, lo cual regocija infinitamente al infierno».

 Los enemigos del cristiano: los caricaturistas del misterio del amor

 El demonio quiere que el hombre rechace el perdón de Dios; pero no lo hace endureciendo el corazón del hombre, sino más bien vaciándolo de la misericordia divina y llenando ese hueco con una misericordia puramente humana que se complace en una bondad caricaturesca en la que toda forma de pecado es negada compasivamente, edulcorada y despojada de rasgos sombríos, hasta convertir nuestra vida en un infierno plácido, con aire acondicionado y calefacción central.

 Hadjadj nos enseña que los enemigos del cristiano no se hallan entre los libertinos, sino entre los caricaturistas del misterio del amor, entre los modeladores de una fe a la medida de los caprichos y necesidades de nuestra época, capaces de formular una parodia adulterada de las bienaventuranzas (pues no debemos olvidar que el demonio es el «mono de Dios»). Y entre estos caricaturistas y adulteradores se cuentan tanto los promotores de una Iglesia mundanizada, «como si el Eterno tuviera una necesidad de estar en boga», como los partidarios de una Iglesia de los «puros» y «elegidos». Especialmente memorable es la exégesis que Hadjadj nos propone sobre el pasaje del Génesis de la tentación de Eva, presentándola como pionera del puritanismo. 

 Asechanzas inadvertidas del demonio   

 La fe de los demonios señala muchas de las asechanzas del padre de la mentira que suelen pasarnos inadvertidas. Así, por ejemplo, nos alerta sobre las polémicas inútiles que ocasionan división y confusión entre los creyentes (nadie hay mejor biblista ni teólogo que el demonio, como queda demostrado en el pasaje de las tentaciones de Cristo). Y nos recuerda, citando a Bernanos, que el demonio «adopta todos los aspectos, incluso el nuestro. Nunca espera, nunca se está quieto en ningún lugar. Se encuentra en la mirada de quien lo desafía; se encuentra en la boca de quien lo niega. Está en la angustia mística y en la seguridad y en la serenidad del necio». Una obra, en fin, llena de perspicacia, que nos enseña que al demonio no le interesa tanto un mundo sin cristianismo como un cristianismo sin Dios. 

 

 Ju a n Ma n u e l d e Pr a d a

El autor es escritor. Ha recibido el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos. Recientemente ha publicado su última novela, Mirlo blanco, cisne negro, Espasa Calpe. 

Resurreccion - Experiencia de vida en Cristo resucitado  (Hadjadj - BacPopular/Magnificat)

 * Fabrice Hadjadj, La fe de los demonios (Nuevo Inicio, Granada 2009), 280 págs.