Carta a los lectores

Editorial por Pablo Cervera Barranco

Querida familia Magnificat:

Nunca en nuestros quince años de existencia habíamos vivido lo que hemos vivido: la pandemia del coronavirus. Nunca de modo completo (salvo en dos aniversarios) esta rúbrica la había asumido otra persona. Ante la imposibilidad de dar gracias y sacar a la luz todos vuestros escritos, he considerado que este os representa a todos. Además, aunque litúrgicamente la Semana Santa no es trasladable, sí lo van a ser a este mes (D. m.) muchas de las procesiones de Cristo doloroso y su Madre, con ocasión de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y de la de Nuestra Señora de los Dolores. Así, el texto posterior entona con este mes de septiembre.

Por nuestra parte, os damos las gracias por todos esos ecos vivos de agradecimiento que nos habéis hecho llegar y que prueban que la Iglesia es un Cuerpo muy vivo, también durante esta especie de catacumbas que ha sido el tiempo de confinamiento.

Hay que contarlo

Recordaremos la Cuaresma de 2020, y la Semana Santa consiguiente, marcadas por el confinamiento del Covid-19, como una experiencia espiritual de especial intensidad. El silencio ha sido relativo, porque, una vez cerradas las iglesias, desgraciadamente las redes sociales mutaban sus contenidos y amplificaban como nunca lo han hecho la riqueza de una Iglesia aparentemente adormecida, para llenar el espacio familiar y acompañar a millones de fieles. Magnificat ha sido la gran novedad desde la modestia e insignificancia de sus medios materiales, y ha cumplido su misión de una forma excepcional. Había llegado el Magnificat de marzo primero, y después el de abril, siempre a punto con el especial de Semana Santa. No era poco, y eso hubiese sido lo normal dentro de lo extraordinaria que es la revista. Ya sumergidos en la pandemia, vino el acceso gratuito a Magnificat, como un soplo de aire fresco para aquellos más tocados por las consecuencias económicas de la crisis, nota de realismo y generosidad, para conformar una gran familia en la cual nadie quede descartado y ayudar a la gente a rezar desde casa.

Un paso más y al arribar al domingo de Ramos, Magnificat aceleraba el ritmo de difusión en la red para llegar a sus suscriptores, con el primer especial dedicado a la celebración de la Palabra, para el domingo de Ramos, precedido por la carta de Pablo Cervera, invitando a subir con el Señor a Jerusalén, donde libremente el Señor se entrega en manos de los hombres. Cuatro días más tarde, ofrecía Magnificat telemáticamente su segunda entrega para la «Celebración de la Palabra del Jueves Santo», acompañada de una «Vigilia matrimonial de oración», y nueva carta de presentación: «Estos días de pandemia, la distancia respecto del Sacramento se hace muy dura. Quizá Dios lo permita para que crezcamos en hambre verdadera de él…»

En carrera ascendente, perdiendo el aliento, Magnificat nos anticipaba su tercera entrega extraordinaria: «Mirarán al que traspasaron» con los contenidos de la celebración de la pasión del Señor, el «Vía crucis» y «Las Siete Palabras de Cristo en la cruz», y la palabra consoladora introductoria: «La escena de la lanzada es para personas que se adentren, con mirada contemplativa, en la definitiva y total manifestación del don de Dios».

Quedaban las horas de la dispersión, del silencio, del Sábado Santo, del dolor sin paliativos, el día del ocultamiento de Dios, y para esas horas nos estaba reservado el cuarto envío de Magnificat, con la «Celebración de la Palabra», el «Corazón teológico del Exultet» y «El misterio del Sábado Santo», de Benedicto XVI (2010), meditado en la contemplación de la Sábana Santa de Turín, icono o reproducción de una esperanza sin fin y victoria de la vida sobre la muerte.

«Por fin la vida, la vida eterna, la vida de Cristo –nuestra vida en Cristo– sale victoriosa del sepulcro», y nos llegaba con la quinta entrega de Magnificat el gozo incontenible: ¡Feliz Pascua!, ofreciendo los recursos de «La Celebración de la Palabra del domingo de Pascua», «El cirio pascual y la vida del cristiano», y un tesoro de la liturgia, «La secuencia de Pascua: Victimae paschali laudes». Llegamos al final de esta extraordinaria secuencia con la sexta entrega, al final de la semana de Pascua, para entrar en el pórtico del domingo de la Divina Misericordia: «Así es la fidelidad y la misericordia de Dios: obstinada, insistente, inimaginable…», como nos sugiere Pablo Cervera en su meditación sobre el «Domingo de la Divina Misericordia», acompañada por «La celebración de la Palabra», «La Divina Misericordia» y «La comunión espiritual».

Gracias, en primer lugar, a Pablo Cervera, corajinoso en su bendita obstinación, por la cantidad de recursos utilizados para poner a nuestra disposición esa superabundancia de la Palabra que salva, en un mundo que se ha quedado sin palabras. La restitución de esta Palabra, que sana y rehabilita al hombre desde sus cimientos, nos ha acompañado en esos días, como una invitación para alcanzar una esperanza fundada en medio de una sociedad sin esperanza, ciega para percibir la belleza y la invitación del Cruci­ficado, que nos acompaña siempre, también en el vía crucis de nuestra vida, para llegar a tocar sus llagas y su costado abierto, ahora transfigurado.

Hemos vivido el esplendor de la liturgia, en la que la Iglesia toda se ha ataviado como una novia que se adorna para su esposo (Ap 21,1s). La Iglesia nos educa para que el hombre perciba, desde esa Palabra creadora y redentora, el acontecimiento cristiano en que todo consiste: «Quiso Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad» (cf. Ef 1,9). Karol Wojtyla lo expresó bellamente: «Basta abrir los ojos de otro modo,/ abrirlos de otro modo que de costumbre, / y guardar la visión con la que la vista se nutriera».

Gracias igualmente a todo el equipo de Magnificat, firmas valiosas y magníficos colaboradores, que de modo discreto y valioso han contribuido al resultado final, profundamente armonioso en ese proceso de selección, producción y organización de textos, traducción, corrección, maquetación, impresión, distribución, etc. Dios os lo pagará con creces. El sol esplendoroso que se inaugura con Pentecostés conducirá a la Iglesia con María, en medio de este valle de tinieblas, hacia su consumación final; la Misericordia Divina tendrá la última palabra, nuestra misión es recibir el don y multiplicarlo a manos llenas hasta los últimos confines. Todos somos obreros de la viña.

Manuel de los Reyes, esposo, padre, abuelo, jubilado