La obra de arte

El buen Pastor por segunda mitad del siglo III

Tras dos siglos de aniconismo, a lo largo del siglo III comienzan a configurarse en Roma las primeras imágenes del cristianismo en relación con los conjuntos funerarios de las catacumbas. Allí, en las lápidas que cerraban los enterramientos más sencillos superpuestos en altura en laberínticos pasillos, se presentaban incisiones con las primeras imágenes-signo: barcas, aves, anclas… Tras estos motivos cotidianos se esconden las verdades fundamentales del cristianismo.

Es a finales del siglo III, y especialmente a partir de la proclamación del Edicto de Milán (313), cuando a estas primeras representaciones de carácter simbólico se suman escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento, enriquecidas con policromía en los enterramientos de mayor relevancia. Estos episodios, muy reiterativos, coincidían esencialmente con aquellos que enumeraban las comendatio animae, plegarias fúnebres donde se pedía que la salvación experimentada por el pueblo de Israel se hiciera extensiva al fiel enterrado en las catacumbas, quien participa de la misma historia que patriarcas, profetas, reyes, apóstoles y mártires, todos citados en dichas oraciones.

Se podría decir que los frescos constituyen una lectura plástica de estas súplicas, recopiladas ya por san Cipriano de Antioquía en el siglo II, y las hacen presentes de modo continuo en los muros del recinto funerario:

Libra, Señor, su alma, como has librado a Enoc y Elías de la muerte común, a Noé del diluvio, a -Abrahán de la ciudad de Ur de los caldeos, a Job de sus males, a Isaac de la inmolación y de la mano de su padre, a Moisés de la mano del faraón, rey de Egipto, a Daniel de la fosa de los leones, a los tres jóvenes del fuego del horno y de la mano del rey perverso, a Susana del crimen inventado, a David de la mano de Goliat, a Pedro y a Pablo de la prisión. Y, al igual que has librado a la bienaventurada Tecla, tu virgen y mártir, de atroces tormentos, dígnate recibir el alma de tu fiel servidor y haz que goce contigo de los bienes celestiales.

Además, con frecuencia las exégesis patrísticas habían realizado una interpretación prefigurativa de los episodios representados, leyéndolos como anticipo del Nuevo Testamento, con una orientación cristológica. Esto implica la creación de repertorios iconográficos unitarios y de gran uniformidad en las escenas y tipologías representadas, con la combinación en un mismo conjunto de episodios de ambos Testamentos. De hecho, uno de los ejemplos más repetidos de las catacumbas, representado junto al buen Pastor que contemplamos, es el de Jonás, que anticipa la muerte y resurrección de Cristo.

El recurso prefigurativo, inspirado en las epístolas paulinas, se consolida en el siglo III, en la escuela de Alejandría, con los escritos de Orígenes, y es generalizado por las manifestaciones artísticas desde el siglo IV, convirtiendo las escenas y personajes del Antiguo Testamento en símbolos de Cristo, especialmente de su muerte y resurrección, reforzando así la continuidad de la historia de la salvación. San Agustín, en La Ciudad de Dios, sintetiza el sentido prefigurativo con la pregunta: «¿Qué es el Antiguo Testamento sino la ocultación del Nuevo, y qué es el Nuevo sino la ocultación del Antiguo?»

En el siglo IV se generaliza ya el primer símbolo propio de Cristo, el crismón, y su representación figurativa a partir del buen Pastor, quizá la figura más repetida en el arte paleocristiano. Su imagen las encontramos en pintura, pero también en los relieves de los sarcófagos, en esculturas de bulto redondo y en objetos cotidianos, como revela Tertuliano al describir en algunos vasos cristianos la figura del buen Pastor. También los anillos y los lucernarios acogieron su imagen como emblema de identificación de los primeros cristianos y como expresión de su pertenencia a la comunidad.

El punto de partida para la composición de esta figura está en el versículo del evangelio de san Juan donde el propio Cristo se presenta afirmando: Yo soy el buen -Pastor. El buen Pastor da la vida por sus ovejas (Jn 10,11). Pero los artesanos que trazaron las sencillas pinturas, o los relieves, de las catacumbas también partían de una fuente gráfica de la cultura griega anterior que les sirvió de modelo, la imagen del Moscóforo, representación de un joven llevando sobre sus hombros el animal para el sacrificio. Se trata de reinterpretar la misma forma, pero con un significado absolutamente nuevo acorde con el cristianismo.

Los hombres que realizan las primeras pinturas cristianas estaban formados en la tradición grecolatina, acostumbrada a recoger en imágenes sus creencias, lo que también llevó a romper el aniconismo que los cristianos habían seguido durante doscientos años. También los bucólicos relieves de los jardines de las villas romanas contaban en su repertorio con figuras de pastores. Pero ahora el pastor se convierte en alegoría de Cristo y el animal en alegoría del alma salvada.

En la catacumba de Santa Priscila, uno de los cementerios más antiguos de Roma, se encuentran numerosos frescos representativos de los orígenes de la iconografía cristiana, entre ellos la representación del buen Pastor, en la bóveda de uno de los cubicula o pequeñas capillas que integraban estos espacios. Este gran cementerio, estructurado en un doble registro, probablemente recibiría su nombre de la noble Priscila, citada en una inscripción en el cubículo de los Acilios, familia senatorial romana cuyo patriarca fue condenado a muerte tras su conversión al cristianismo.

Está constatado que en este cementerio fueron enterrados varios papas desde finales del siglo III hasta mediados del VI, como Marcelino, Marcelo I, Silvestre, Liberio, Siricio, Celestino I y Virgilio. También son numerosos los santos sepultados en este conjunto, entre los que destacan Pudenciana, Práxedes, Áquila y Prisca, si bien sus reliquias serían llevadas a las basílicas romanas cuando comenzó el saqueo y posterior abandono de las catacumbas.

 El buen Pastor de Santa Priscila, al compararlo con otros ejemplos coetáneos de mayor simplificación formal y compositiva, es enriquecido con rasgos que refieren conceptualmente un paisaje y con otras figuras animales. Estos detalles, trazados con rápidas pinceladas de tosca factura, obedecen también al carácter conceptual propio del arte paleocristiano y responden al carácter funerario de las catacumbas.

Los trazos que flanquean al pastor sugiriendo los árboles son alegoría del Paraíso, mientras que las aves posadas en sus ramas se convierten en expresión de la inmortalidad del alma. Todo el conjunto se rodea por un fino clípeo, marco circular que ya en la tradición romana era signo de la especial dignidad del personaje -representado, pues el círculo, sin principio ni fin, representa lo eterno y lo divino.

Como se observa en esta pintura de la catacumba de Santa Priscila, el arte paleocristiano no buscaba la ostentación formal en sus primeras representaciones. En estos frescos no se pretende la perfección de proporciones o la minuciosidad de detalles. No se trata de buscar la belleza aparente, sino la esencia de la belleza, ya que las imágenes son un medio para recordar al fiel las verdades de su fe y el sentido último de su vida.

Si bien no hay unanimidad al respecto, parece que ya a finales del siglo III las jerarquías eclesiásticas acabaron reconociendo el valor de la imagen para llegar de forma más directa al pueblo. En cualquier caso, el hecho de que todavía hoy la tipología del buen Pastor se siga utilizando en las imágenes para representar a Cristo pone de manifiesto que, aunque los aspectos formales puedan cambiar en las distintas épocas, los significados introducidos por las imágenes del siglo III permanecen en la actualidad como manifestación de las verdades de fe.


El buen Pastor, segunda mitad del siglo III - Catacumba de Priscila (Roma)

María Rodríguez Velasco

Profesora de Historia del arte,  Universidad CEU San Pablo, Madrid

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