La obra de arte

Relicario de Santa Fe por Abadía de Santa Fe - Segunda mitad del siglo IX -

En un campus stellae, en el marco de una necrópolis romana, el descubrimiento de los restos del apóstol Santiago por parte del ermitaño Pelayo cambió la historia de Europa e introdujo un nuevo centro de peregrinación, Compostela, que venía a sumarse a Jerusalén y Roma. Una vez que el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, y el papa León III verificaron el hallazgo, el rey Alfonso II impulsó una pequeña construcción para custodiar los restos encontrados, donde, ya desde el siglo X, hay atestiguadas llegadas de fieles desde más allá de los Pirineos para venerar al apóstol.

Desde entonces se revitalizaron las calzadas romanas y en estas crecieron nuevas poblaciones que trataban de sostener física y espiritualmente a los peregrinos, por lo que hospitales y albergues se sumaban a las iglesias, a menudo sostenidas por la orden de Cluny, que multiplicó sus abadías en las vías de peregrinación a Compostela. Desde finales del siglo XI quedaron establecidas cuatro vías principales que, partiendo de tierras francesas, llegaban hasta Finisterre, siendo la abadía de Santa Fe uno de los enclaves fundamentales de la conocida como via Podiensis.

En estos caminos, el intercambio de modelos artísticos, a partir de dibujos y pequeños cuadernos de apuntes (exempla), y la itinerancia de los talleres favorecieron la homogeneidad de un arte al servicio de los peregrinos. Arquitecturas y manifestaciones plásticas de las vías de peregrinación ayudaban a los caminantes a hacer memoria del sentido último de su caminar y además ennoblecían la liturgia que los sostenía en su duro recorrido hasta la tumba del apóstol. El estilo románico generó una unidad cultural en Europa, si bien las vicisitudes históricas de cada país determinaban signos de identidad propios.

Desde el siglo IX, los peregrinos, a lo largo de su travesía, tenían la ocasión de venerar otras reliquias, preparando así su corazón para el encuentro definitivo en Compostela. Uno de los emplazamientos franceses más emblemático para orar ante los restos de una santa fue la abadía de Santa Fe, en Conques, cuya iglesia afianzó el modelo de arquitectura de peregrinación que alcanzó su plenitud en Santiago de Compostela. Todavía hoy podemos constatar que esta pequeña localidad medieval creció irregularmente en una ladera a partir de la abadía que acogió las reliquias de santa Fe, mártir galorromana decapitada en el año 303 por negarse a adorar a los dioses paganos.

Para entender la importancia de este emplazamiento, tenemos que remontarnos al primer cuarto del siglo IX, cuando, bajo la protección de Carlomagno, se fundó en Conques un pequeño monasterio. Habría que esperar hasta el año 866 para que este cenobio recibiera su impulso definitivo, cuando un monje trajo desde la ciudad de Agen la reliquia de santa Fe. Desde entonces la llegada de peregrinos a Conques fue en aumento, por lo que los abades Odolrico (1030-1065) y Begon (1087-1107) impulsaron la creación de una nueva arquitectura, con estructuras que favorecieran tanto la acogida de un mayor número de fieles como la veneración de las reliquias.

Para la configuración de la nueva iglesia se asimiló la planta cruciforme propia de las basílicas paleocristianas, con un notable simbolismo en relación con la cruz de Cristo: las naves serían los caminos de la vida que nos llevan hasta Cristo, focalizado en el ábside o cabecera de la iglesia. Esta lectura, presente en los textos de la época, cobraba mayor relevancia en los siglos del medievo, cuando el hombre se concebía homo viator, hombre en camino hacia la eternidad.

En la planta de cruz latina de Santa Fe de Conques se consolidan a su vez dos estructuras propias de las construcciones de peregrinación y que encontrarán continuidad en las catedrales góticas posteriores. Nos referimos a la tribuna, en el alzado o altura interior de las iglesias, y a la girola, conformando la monumentalidad de las cabeceras. Respecto a la primera, presente en arquitecturas bizantinas y carolingias con finalidad áulica o de poder, se pone ahora al servicio de una mayor acogida de peregrinos, quizá porque, como se señala en el Codex Calixtinus, los grandes centros de peregrinación permanecían abiertos día y noche. A esto se sumaba la girola, pasillo semicircular que recorría la parte posterior del altar mayor para facilitar el acceso directo y continuo a las reliquias custodiadas en la cripta de estas iglesias. Estas estructuras se consolidaron en la abadía de Santa Fe, si bien la sustitución de las cubiertas de madera por las bóvedas de piedra no permitió a los constructores alcanzar las proporciones perfectas, que se lograrían posteriormente en la iglesia compostelana.

En el enclave francés que contemplamos, la arquitectura se preparó para que los peregrinos accedieran al relicario monumental de la santa, cuyo conocimiento se había extendido más si cabe a partir del códice Los milagros de Santa Fe, escrito por un monje de la abadía. El relicario, que custodiaba un fragmento del cráneo de la joven para su veneración, constituía además una de las joyas de la orfebrería de finales del siglo IX. Sus anónimos autores, sin duda, conocían las técnicas de los orfebres prerrománicos, así como el tratamiento de los esmaltes que habían enriquecido las filigranas merovingias en tierras francas.

Además, el relicario de santa Fe anticipaba la tipología de las «majestades» otonianas, relicarios figurados probablemente inspirados en piezas bizantinas que habrían sido fundidas durante la querella iconoclasta. Un testimonio del año 1013 señala la continuidad de estas piezas al apuntar que «las majestades respondían a una vieja costumbre que se había extendido por toda la región de Auvernia, Rovergue, Tolouse y comarcas vecinas. Cualquiera hace erigir a su santo patrón una estatua de oro, plata u otro metal, encerrando en su interior la cabeza del santo u otra parte de su cuerpo».

La descripción parece ceñirse a la obra dedicada a santa Fe, trabajada con un núcleo de madera posteriormente chapado con planchas de oro y plata en las que se incrustarían piedras preciosas. Es evidente que también en esta figura de la santa, entronizada y coronada, hay una asimilación de las imágenes de poder de la iconografía imperial, pues santa Fe se asemeja más a una emperatriz que a la imagen de la joven apresada y decapitada con tan solo doce años en las persecuciones de Maximiano.

La actual contemplación en el Tesoro de la abadía puede eclipsar la función original de esta pieza, que se entronizaba sobre el altar mayor de la iglesia abacial cada 6 de octubre, día de la festividad de santa Fe. Su admiración a lo largo de los siglos se refleja en su progresivo enriquecimiento gracias a las donaciones de los peregrinos: joyas y camafeos fueron donados a la santa desde el siglo IX; en el siglo XIV consta que se renovó el trono actual y, posteriormente, ya en el XVI, se añadieron los brazos y las manos que completan la figura. El estudio de materiales derivado de su restauración permite concretar estos añadidos, fruto de la devoción de los peregrinos que se dirigían a Compostela, iglesia donde la figura del santo quedaría permanentemente entronizada sobre el altar mayor, custodiándose sus reliquias en la cripta inferior.

Al contemplar el relicario de santa Fe, advertimos desde su origen los caracteres propios de manifestaciones artísticas coetáneas, hieratismo y frontalidad, si bien los orfebres trabajaron sus ojos con esmalte para subrayar la vivacidad de su mirada y atraer así en mayor medida la atención de los fieles, pues santa Fe fue venerada como patrona de peregrinos y presos. La riqueza de la orfebrería no se limita únicamente al valor de sus materiales, sino que estos son instrumentos para recordar a los fieles que la peregrinación es un viaje de «servicio al Altísimo», para honrar a Dios y a los santos.

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

Relicario de Santa Fe (segunda mitad del siglo IX) Abadía de Santa Fe, Conques (Francia) © akg-images/Erich Lessing.