La obra de arte

Parábola de los obreros de la viña, 1769 por Johann Christian Brand (1722-1795)

Johann Christian Brand siguió la tradición familiar y se dedicó a la pintura, consolidándose como uno de los grandes maestros austriacos del barroco más tardío. De la mano de su padre, Christian Hilfgott Brand, comenzó su aprendizaje, si bien su ambición por perfeccionarse y crear su propio estilo le llevó a matricularse en 1736 en la Academia de Pintura de Viena, su ciudad natal. Allí se especializó en el género dominante en su carrera artística posterior, el paisaje, y años más tarde, en 1766, ya figuraba como profesor de dibujo paisajístico en dicha institución.

La naturaleza se convierte en protagonista de sus pinturas, como se aprecia en la Parábola de los obreros de la viña, donde el relato bíblico parece un pretexto para desarrollar el amplio paisaje en que se insertan las figuras de un modo casi anecdótico. La pintura no ofrece ningún rasgo ni atributo iconográfico que nos ayude a reconocer que se trata de una escena sacra inspirada en el capítulo 20 del evangelio de san Mateo, pues se presenta desde el naturalismo y la cotidianidad de una campiña anacrónica de la época del pintor.

La lectura de la obra podría comenzar por el señor de la viña, personaje destacado por su vestimenta y su tocado, representado en el instante de indicar a un viñador el lugar de trabajo. Es este el gesto más teatral del conjunto y conduce nuestra mirada hacia el grupo de anónimos campesinos que trabajan la tierra desde el amanecer, al tiempo que sirve para trabar la unidad compositiva y argumental de la pintura al concretar el diálogo recogido en el versículo: Id también vosotros a la viña (Mt 20,7). El pintor concentra en la figura del terrateniente una mayor luminosidad a través de las veladuras aplicadas a su ropaje, constituyéndolo en el centro del conjunto.

En torno a este personaje, Brand dispone hombres sencillos que vivifican el paisaje y reflejan un estudio pictórico de las distintas edades del hombre, con lo que el pintor evidencia su naturalismo también al abordar el tratamiento de sus figuras. A los hombres citados en el texto evangélico, Brand suma dos mujeres situadas en el umbral de la granja para incidir en el realismo, una de ellas junto a un cántaro, aludiendo a sus labores, y la otra atendiendo a un niño, siguiendo modelos de grabados que referían tanto la idea de la maternidad como la virtud de la caridad.

Completan el conjunto figuras sin individualizar, sin protagonismo propio, que aluden al duro trabajo del campo junto con los instantes de descanso en el primer término de la composición. Brand introduce personajes de espaldas al espectador, invitándole a contemplar lo que ellos contemplan, conduciendo su mirada hacia los planos sucesivos de la composición. La técnica colorista empleada por el pintor, con pinceladas rápidas y desechas que diluyen contornos, contribuye a crear la captación atmosférica y la sensación de lejanía a medida que profundizamos en el paisaje.

El artista traza una composición equilibrada con dos arquitecturas contrapuestas en sus extremos y un vacío central que acentúa la perspectiva y lleva nuestra mirada a la línea del horizonte, donde las figuras se hacen ya -prácticamente imperceptibles. En consonancia con los -personajes, se trata de arquitecturas pobres, casi en estado de ruina, al modo de las que habitualmente salpican los paisajes de este maestro.

El contraste entre la arquitectura de mayor monumentalidad que concentra a las figuras en primer término y aquella que se vislumbra entre los matojos se subraya también mediante la paleta cromática. El pintor juega en este paisaje con tonalidades terrosas inspiradas en el naturalismo barroco y con matices verdes que preludian los paisajes idílicos de finales del XVIII y todo el siglo XIX.

El dominio técnico adquirido en los círculos académicos de Viena le sirve a Brand para plasmar un estudio de texturas de gran realismo, con una apariencia diferenciada para cada motivo, desde la rugosidad de la tierra, la madera áspera del tonel o el brillo metálico de los aperos de labranza. Este tratamiento pormenorizado se observa también en los animales dispuestos en el plano intermedio de la pintura con un dinamismo que sirve a su vez para subrayar la profundidad.

Sin duda, partiendo de la observación de la naturaleza, Brand llegó a ser también un gran animalista, como revelan sus muchos paisajes. La vivacidad de los personajes se hace extensiva a las figuras animales, como se aprecia, por ejemplo, en el perro que reclama la atención de su amo y cuyos ladridos parecen introducir sonoridad en el lienzo.

Es en este plano principal de la pintura donde se aprecia de forma clara el valor de la luz en la obra de Brand, consciente de que cada motivo proyecta su propia luz y de las gradaciones cromáticas que conlleva el tratamiento perspectivo de la lejanía del paisaje. Esto se advierte de modo particular en el celaje, trabajado con un cromatismo de ricos matices, evitando contrastes bruscos. El pintor parece evocar con sus variantes lumínicas las distintas horas del día citadas en san Mateo (al amanecer, a media mañana, a mediodía, a media tarde y al caer la tarde), así como los diversos turnos en que los jornaleros son enviados a la viña.

Utilizando su propio lenguaje pictórico, podríamos decir que el autor renueva, desde el punto de vista iconográfico, el repertorio de escenas inspiradas en el Nuevo Testamento con la representación de esta parábola (Mt 20,1-16). El pintor se atreve a abordar un episodio que apenas cuenta con precedentes en los siglos anteriores, cuyas compilaciones evidencian que entre las parábolas dominaban la del buen pastor, presente ya en el arte paleocristiano como alegoría del propio Cristo, y aquellas que por su carácter escatológico eran del gusto de los programas iconográficos del medievo, como la de las vírgenes necias y prudentes, y la de Lázaro y el rico Epulón. A estas habría que añadir, ya desde finales del siglo XVI, la parábola del hijo pródigo para destacar las ideas de la misericordia y del perdón.

Pero, lejos de la función de las imágenes paleocristianas y medievales, obras como la que nos ocupa no obedecen ya a encargos eclesiásticos, ni a una finalidad didáctica, sino que se demandan para la decoración de interiores domésticos, lo que implica formatos de menores proporciones y revalorización de temas como el paisaje que no conllevan intención alegórica o simbólica.

Brand utiliza sus grandes dotes de paisajista para reinterpretar el tratamiento de esta parábola llenándola de cotidianidad. La misma sencillez que Cristo pretende en su predicación con el uso de las parábolas parece traducirse en esta interpretación pictórica. A su vez, tanto en esta obra, como en sus grabados y dibujos, el artista, partiendo del naturalismo barroco, parece anticiparse a corrientes posteriores de la historia del arte, sobre todo en lo referente al paisajismo del siglo XIX, por su empleo de la luz y el color como protagonistas de su pintura.

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte,
Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

Parábola de los obreros de la viña, 1769 - Johann Christian Brand (1722-1795) - Academia de Bellas Artes de Viena

© Gemäldegalerie der Akademie der bildenden Künste Wien, avec la collaboration de l’agence La Collection.