La obra de arte

Parábola del hijo pródigo, 1600-1620 por Frans Francken el Joven (1581-1642)

Nacido en una familia de pintores, en 1605 consta ya la pertenencia de Frans Francken al gremio de pintores de San Lucas de Amberes, ciudad de la que era oriundo y en la que se consagró como uno de los más destacados maestros barrocos de la Escuela flamenca. Aunque trabajó diversos géneros, se dedicó especialmente a las llamadas pinturas de gabinete. Estas son obras que recrean salones de coleccionistas con numerosas antigüedades y piezas exóticas, cuyo tratamiento técnico exige una gran minuciosidad. Como fondo de estas pinturas se introducen pequeños lienzos que reflejan el recurso del «cuadro dentro del cuadro», planteamiento que se advierte en su forma de abordar la Parábola del hijo pródigo, donde cada uno de los tiempos del relato bíblico se representa a modo de pequeño compartimento, lo que ayuda al pintor a subrayar el carácter narrativo de la pintura.

Aunque contó con la ayuda paterna en los comienzos de su carrera pictórica, sin duda en la obra de Frans Francken el Joven se advierte la influencia de Teniers, quien se convirtió en su mayor referente. A la influencia de este maestro se sumó la de Rafael, Veronés, Zuccaro y Durero, de quien utilizó estampas para inspirar la disposición y movimiento de muchas de sus figuras. También la huella de Rubens se advierte en el uso del color para definir el marco espacial y las figuras.

La monocromía de las pequeñas escenas, que se suceden a modo de marco en la Parábola del hijo pródigo, contrasta con la riqueza de la paleta cromática utilizada por Frans Francken en el centro de este lienzo, colores que utiliza para exaltar el instante final de la parábola, el de mayor fuerza expresiva: el abrazo del padre a su hijo menor. Este gesto sintetiza el abatimiento del segundo y la misericordia del patriarca, para quien la salvación última de su hijo está por encima de la dilapidación de su fortuna. Esto es precisamente lo que destaca san Juan Pablo II al comentar esta parábola en su encíclica Dives in misericordia: «El hijo había malgastado su patrimonio, pero había salvado su humanidad».

De hecho, este encuentro es resaltado por todos los pintores a la hora de tratar este tema, especialmente trabajado en el arte de la Contrarreforma para aludir a las ideas de arrepentimiento y de perdón, y exaltar así el sacramento de la penitencia negado por los protestantes. Además, en el contexto del siglo XVII, la representación de esta parábola también fue pretexto para referir las obras de misericordia, concretamente la de vestir al desnudo, en relación a las palabras que el padre dirige a sus sirvientes: Traed la túnica más rica y ponédsela (Lc 15,22).

En la pintura que contemplamos, la lectura plástica de la parábola comienza en el ángulo superior izquierda, cuando, ante una mesa, el patriarca concede a su hijo la parte de los bienes familiares que le corresponden en respuesta a su petición: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde (Lc 15,12). A continuación, un banquete V concreta la idea de la vida libertina, con gran suntuosidad en los pormenores de la mesa y de la estancia, engalanada con cortinajes. El hijo es individualizado por sus vestimentas, con un rico tocado y flanqueado por dos mujeres que sugieren los placeres vividos tras abandonar la casa paterna: Despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino (Lc 15,13). En contraste, en los márgenes encontramos también la decadencia del tiempo posterior, cuando, tras haber despilfarrado los bienes, el hijo ya no tenía ni siquiera para alimentarse: Después de haberlo gastado todo, sobrevino una fuerte hambre en aquella tierra y comenzó a sentir necesidad (Lc 15,14).

La narración de san Lucas señala cómo pasó de ser servido a trabajar al servicio de un señor, apacentando cerdos, tal como se representa en la escena del margen derecho del conjunto. En esta última imagen, la pobreza se refleja también en las vestimentas y la actitud distendida anterior se convierte en súplica. También en el paisaje de fondo se advierten cambios, pues los fondos urbanos y los interiores palaciegos dejan paso a cobertizos.

Frans Francken reserva el centro del lienzo para representar el final de la parábola, con la figura anciana del padre acogiendo a su hijo, quien se postra ante él en señal de respeto y arrepentimiento. La intensidad expresiva del momento encuentra su correspondencia en el gesto conmovido de las mujeres, que salen al umbral de la casa convirtiéndose en testigos del encuentro. Entre ellas, asoma un perro, animal que desde el medievo simbolizaba la fidelidad, en este caso, al linaje paterno. A la derecha, subrayando el dinamismo general de la obra, se disponen los criados mientras recogen los caballos, en el instante inmediatamente anterior al banquete, sugerido en el espacio interior de la casa paterna.

Entre las figuras secundarias, tras los dos protagonistas y con gesto desairado, encontramos al hermano mayor, quien reprocha a su padre la acogida al hermano que ha dilapidado la fortuna, introduciendo el contrapunto a la alegría reinante. En el friso inferior, cuando Francken repite de forma monocroma este instante, se acentúa el gesto exclamativo del hermano mayor al descubrir el regreso de su hermano. Las figuras se presentan con gran realismo y humanidad, alejadas de cualquier idealización, lo que acrecienta la ternura del gesto protagonista.

De forma contenida, huyendo de la teatralidad, se encuentran el sincero arrepentimiento del joven (Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo, Lc 15,18-19) y el perdón del padre (su padre lo vio, y, profundamente conmovido, lo abrazó, Lc 15,20). Bastarían estas dos figuras para recoger la fuerza expresiva del episodio, pues en ellos se funden la miseria del hijo y la misericordia del padre. De hecho, este gesto de súplica y perdón es clave para la lectura e identificación del episodio bíblico y para desentrañar su profundo significado. En este sentido, san Juan Pablo II, en el texto anteriormente referido, señala que «el padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que siempre sentía por su hijo», insistiendo en que «la figura del progenitor nos revela a Dios como Padre».

El mismo realismo de los personajes se advierte en el tratamiento de los animales y en detalles como la hornacina con flores que, a modo de pequeño bodegón, nos recuerda la técnica minuciosa y detallista que Francken desarrollaba en sus pinturas de gabinete. La posición descentralizada de los protagonistas abre un vacío que favorece el tratamiento en profundidad del paisaje, con una luz homogénea que integra todos los instantes y pormenores de la pintura. Asimismo, la paleta cromática, sobria, pero con riquísimos matices, sirve a esta unidad general del lienzo y al carácter narrativo del conjunto, sin olvidar que todos los recursos están en función del significado último de la pintura. 

María Rodríguez Velasco

Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid 

 

Parábola del hijo pródigo, 1600-1620, Frans Francken el Joven (1581-1642), Museo del Louvre, París

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