La obra de arte

Cristo atado a la columna, Ca. 1625 por Gregorio Fernández (1576-1636)

De origen gallego, Gregorio Fernández es conocido hoy en día como el escultor más relevante de la Escuela castellana del barroco español. Sus obras de carácter devocional obedecen a la exigencia de un arte que conmueva al espectador, respondiendo al decreto De la invocación, veneración y reliquias de los santos y de las sagradas imágenes, fruto de la décimo quinta sesión del Concilio de Trento, donde se recordaba el valor de las imágenes como instrumentos privilegiados para la oración.

En el contexto de la Contrarreforma, las manifestaciones artísticas religiosas, entre las que se hallan las de Gregorio Fernández, tratan de frenar las acusaciones de idolatría realizadas por los protestantes, en la medida que revelan cómo la belleza material nos transporta a la Belleza espiritual. Esta percepción fue apoyada por grandes místicos, como santa Teresa de Jesús, a quien le produjo una honda impresión la contemplación de un Cristo sufriente, tal como cuenta en el Libro de la vida:

«Entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía».

La santa se sumaba a la tradición que la Iglesia había defendido con fuerza desde el siglo VIII, como declara su confesor, el padre Gracián de la Madre de Dios: «Era la santa Madre Teresa de Jesús muy devota de las imágenes bien pintadas y, según el Concilio Niceno II, son grande parte para guiar a las almas a Dios».

Gregorio Fernández se hallaba muy próximo a la espiritualidad teresiana. No en vano trabajó para varias fundaciones castellanas y ordenó que su sepultura se dispusiera en el convento del Carmen Calzado de Valladolid, además de recrear la imagen de la Santa en magníficas tallas a partir de su beatificación en 1614.

Es precisamente en la ciudad de Valladolid donde Gregorio Fernández consolidó su carrera y se acercó a los círculos cortesanos de Felipe III, aprovechando la capitalidad de Valladolid entre 1601 y 1606. Esto supuso la llegada de numerosos artistas que trataban de hacerse hueco en el ámbito cortesano, como Vilamercado, ayudante del famoso escultor italiano Pompeo Leoni, por quien Fernández sintió gran admiración. En la nueva capital abrió un prolífico taller, con numerosos seguidores que le ayudaron a dar respuesta a los innumerables encargos de cofradías, particulares, órdenes religiosas y parroquias. La relación con sus colaboradores fue muy estrecha, pues no solo les proporcionaba modelos de cera y de barro, sino que participaba directamente en sus creaciones, completando la cabeza y las manos de las esculturas y perfeccionando el movimiento de estas.

En este obrador Gregorio Fernández creó tipos iconográficos relacionados con la pasión de Cristo, como el Cristo atado a la columna, cuya primera versión es realizada en Valladolid en 1619 para la Cofradía Penitencial de la Vera Cruz, institución que llegó a pedir a Roma indulgencias y jubileo para los penitentes que se flagelasen. A esta pieza le siguieron varias réplicas, como la conservada en el monasterio de la Encarnación (Madrid), fundación de la reina Margarita de Austria, quien trajo desde Valladolid a su primera priora, sor Mariana de San José, impulsora de la reforma recoleta de la Orden de San Agustín. Tanto la promotora real como la citada religiosa explican la presencia de tallas de Gregorio Fernández y de su taller enriqueciendo el monasterio desde su origen a principios del siglo XVII.

Datado hacia 1625, cuando el escultor ya había alcanzado la plenitud de su lenguaje artístico, el Cristo atado a la columna está trabajado en madera policromada; el autor consigue gran veracidad tanto en el tratamiento de la anatomía como en la diferenciación de texturas. Gregorio Fernández, quien había conocido el oficio de la talla por su padre y completó sus conocimientos técnicos en el taller de Francisco del Rincón, concebía sus esculturas para ser rodeadas, consciente de que su uso procesional, coincidiendo con las celebraciones litúrgicas de Semana Santa, conllevaba la contemplación de la escultura desde todos los puntos de vista.

Sus obras no eran pensadas como piezas estáticas para ser contempladas de manera frontal en los retablos, sino para salir a la calle, contribuyendo a acercar al pueblo la tensión de la pasión de Cristo. La creatividad de Gregorio Fernández se manifiesta en que fue capaz de renovar una temática ya trabajada en el arte religioso para adaptarla a su nueva función procesional. La calidad sus obras ya fue advertida por sus contemporáneos, que definían al escultor como «el mejor maestro que en estos tiempos se conoce».

La tridimensionalidad y volumetría de esta talla nos permiten confrontar la serenidad del rostro con el dramatismo de la espalda de Cristo, donde se hacen patentes las huellas de la flagelación mediante el color y el estudio fiel y realista de la anatomía, donde podemos advertir tintes miguelangelescos. Mediante la sobriedad de la escultura se acentúa un patetismo que conmueve al fiel y le lleva a rememorar la pasión de Cristo, más concretamente el episodio de la flagelación, desde la soledad de su protagonista, eliminando rasgos accesorios o personajes secundarios que pudieran completar el paso procesional.

Frente a la monumentalidad que tendrán otras tallas posteriores de Cristo, Gregorio Fernández acorta en este caso el canon de la figura, quizá buscando mayor unidad compositiva con la columna que sirve de punto de apoyo de la escultura y favorece la torsión del torso. Se ha dicho que la utilización de una columna baja se inspira en grabados que recogían la columna de la flagelación conservada desde el siglo XIII en la iglesia de Santa Práxedes (Roma).

El soporte, trabajado en mármol negro, evidencia la influencia del clasicismo italiano en la obra de Gregorio Fernández, a la vez que nos introduce en la diferenciación de texturas. En este sentido, el brillo del mármol se suma a la rugosidad de la soga, a los pliegues modelados en el perizoma, a la finura del pelo y a la debilidad de la anatomía, de modo que cada parte está trabajada hasta el mínimo detalle y con una apariencia diferenciada que no hace sino exaltar el dolor de Cristo.

La carga dramática de esta escultura y su realismo aúnan la humanidad y la divinidad de Cristo y emanan de la profunda religiosidad de su autor, quien sabemos que se preparaba con ayuno y oración antes de abordar sus obras religiosas. En ellas, partiendo de un lenguaje austero, encarnó con gran fuerza expresiva los dolores de Cristo, hasta entablar un silencioso diálogo con el fiel que encuentra correspondencia en las palabras que santa Teresa de Jesús dirige a sus hermanas en el Camino de perfección: «Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto: qué aflicción tan grande llevaba en su alma… O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama».

 

 María Rodríguez Velasco  

 Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

 

Cristo atado a la columna, Ca. 1625 Gregorio Fernández (1576-1636) Monasterio de la Encarnación, Madrid © akg-images.