La obra de arte

Bautismo de Cristo por Mosaico del Katholicon de Hosios Loukas, siglo XI

 

El bautismo de Cristo es una de las escenas más repetidas del ciclo de la vida pública, ya que su estrecha vinculación con la liturgia favoreció su presencia en el repertorio decorativo de los baptisterios desde la tradición paleocristiana del siglo V. Este origen se vio enriquecido con las imágenes de tradición oriental, ya que iconos, mosaicos y marfiles con frecuencia recreaban este episodio por tratarse de una de las solemnidades del Dodekaorton, las doce festividades principales del calendario litúrgico bizantino. Su contemplación como parte de los misterios luminosos es un factor más para su continuidad en representaciones del arte actual, como demuestran los mosaicos del Centro Aletti en el santuario de Lourdes.

 Las fuentes primarias para la inspiración de los artistas son los cuatro evangelios (Mt 3,13-17; Lc 3,22; Mc 1,9-11; Jn 1,34), siendo el de Mateo el que desarrolla el episodio de forma más  exhaustiva. Estos textos nos ayudan a identificar a los protagonistas de la escena, Jesús y san Juan Bautista, así como el marco espacial del río Jordán, recreado conceptualmente en las imágenes del medievo y pretexto para amplios paisajes a partir de las artes figurativas del Renacimiento.

 Los relatos evangélicos dejan constancia de que se trata de una teofanía, manifestación de Dios a los hombres, por lo que en la liturgia medieval se conmemoraba el mismo día que la adoración de los magos y las bodas de Caná. A este respecto, san Juan Crisóstomo afirma que «Cristo, que antes era desconocido para el pueblo, por el bautismo se revela a todos». Las imágenes tratan de concretar este aspecto mediante rompimientos de gloria y fórmulas iconográficas que remiten a la presencia del Espíritu Santo y a la voz del Padre al exclamar: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco (Mt 3,17).

A partir de estas características, las representaciones se enriquecen a lo largo de los siglos mediante la asimilación de nuevas fuentes literarias, fundamentalmente exégesis patrísticas y catequesis bautismales, así como por la influencia de la propia liturgia bautismal. Entre las referencias literarias de los primeros siglos destaca De baptismo, escrito por Tertuliano, donde encontramos numerosas alegorías tipológicas y donde se insiste en el nexo simbólico entre el agua y el Espíritu Santo.

Exponente de las variantes iconográficas que podemos hallar en las imágenes del bautismo de Cristo es el mosaico que encontramos en Hosios Loukas, monasterio griego fundado en el siglo X que integra dos iglesias, una dedicada a la Virgen y otra de mayores dimensiones conocida como el Katholikon, consagrada en el año 1011. Es en una de las pechinas de esta última donde se ubica el Bautismo de Cristo, trabajado en mosaico de pequeñas teselas y sobre un fondo dorado que acentúa su carácter trascendente, a la vez que favorece un juego de brillos y reflejos en la arquitectura. Antes de adentrarnos en los detalles de esta imagen, es preciso señalar la dificultad a la que se debieron enfrentar los artistas para adaptar su composición al marco arquitectónico preexistente y a la forma triangular de la pechina.

La imagen está dominada por la representación de Cristo en el río Jordán, bautizado por el rito de la inmersión. Sobre él, en el mismo eje central de la composición, desciende la paloma, símbolo del Espíritu Santo, con la pequeña rama de olivo que nos recuerda a los escritos patrísticos. En ellos se establecen lecturas prefigurativas que relacionan el diluvio universal con la escena del bautismo, haciendo un paralelismo entre las figuras de Noé, «hombre justo», y Cristo. Tertuliano presenta, por ejemplo, el bautismo como el «diluvio del mundo» en el que este queda purificado, y san Ambrosio afirma que «hubo en el diluvio una figura anticipada del bautismo».

Las analogías se hacen extensivas a la paloma del Espíritu Santo, como recoge Máximo de Turín (380-465): «La paloma que volvió presurosa al arca de Noé es la misma que ahora viene a la Iglesia de Cristo por el bautismo». En el mosaico de Hosios Loukas, la paloma es enviada a su vez por la dextera Dei, es decir, por la mano de Dios Padre que emerge de la bóveda celeste y bendice la totalidad de la escena. De esta forma, el artista introduce un sentido trinitario, evidenciando la naturaleza divina de Cristo y recordando las palabras de san Agustín cuando nos habla del «bautismo de la Trinidad».

La contemplación de este mosaico nos permite advertir que únicamente la paloma se recorta en un haz de luz diferenciado. El protagonismo de la luz en la iconografía bautismal encuentra respuesta en las catequesis bautismales de Cirilo de Jerusalén, quien utiliza el término «iluminados » para aludir a los nuevos bautizados, recordando que «el que ha sido juzgado digno de recibir el Espíritu Santo tiene el alma iluminada».

Frente a Cristo identificamos a san Juan Bautista, presentado por Orígenes de Alejandría como «el último de los profetas »; aquí impone su mano sobre la cabeza de Cristo de acuerdo con el rito de la impositio manuum. Ligeramente elevado sobre un peñasco, en este mosaico no presenta atributos iconográficos que le son propios en la tradición occidental, como su vestimenta de piel de camello, el cayado o el libro, sino que tras él se introduce un motivo frecuente en oriente, la azuela clavada en el árbol, para referir gráficamente su predicación invitando a la conversión: Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego (Mt 3,10).

Esta representación se completa con las figuras de los ángeles, no citados en los textos canónicos y que se han puesto en relación con el versículo 11 del salmo 90: Porque ha ordenado a sus ángeles que te protejan en todos tus caminos. Su presencia estaría inspirada también en la liturgia bautismal, donde los diáconos sostenían las vestimentas blancas que revestían a los catecúmenos tras el rito bautismal como signo del despojamiento del hombre viejo y el revestimiento del hombre nuevo, a las que san Ambrosio relaciona a su vez con la túnica transfigurada de Cristo en el monte Tabor, si bien en la tradición bizantina se convierten en pretexto para la plasmación de telas, de carácter muy decorativo.

Aunque toda la composición se dispone sobre fondo dorado, eliminándose cualquier planteamiento perspectivo y acentuando el protagonismo de las figuras en primer término, no puede faltar la representación conceptual del río Jordán. Junto con la sugerencia del agua, que cubre casi por completo a Cristo, evitando así el tratamiento anatómico de su figura, se introduce una referencia que señala la asimilación de motivos propios de la cultura grecolatina. Nos referimos al pequeño genio que a los pies de Cristo derrama agua desde un cántaro, tipología utilizada desde el mundo helenístico para la personificación de los ríos. Junto a él, una cruz evidencia el triunfo del cristianismo sobre el paganismo.

La representación del Bautismo en Hosios Loukas debe ser comprendida en el contexto del programa decorativo unitario del monasterio, donde cada detalle adquiere significado pleno en relación con el conjunto; los artistas seguían los dictados de los religiosos sobre cómo y dónde debían trabajar los distintos episodios. El resto de las pechinas del Katholikon desarrollan las escenas de la anunciación, la natividad y la presentación en el templo, escenas todas que revelan la doble naturaleza humana y divina de Cristo.  

 

María Rodríguez Velasco Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

Bautismo de Cristo

Mosaico del Katholicon de Hosios Loukas, siglo XI, Beocia, Grecia