La obra de arte

Pentecostés (2010) por Marko Iván Rupnik

Uno de los misterios gloriosos más representados es Pentecostés, reinterpretado aquí en el arte actual por el taller de arte espiritual del Centro Ezio Aletti (Roma), inaugurado por san Juan Pablo II en 1993 y dirigido desde entonces por Marko Iván Rupnik.

La revitalización del arte sacro en Europa por parte de este Centro parte de la inspiración en las manifestaciones artísticas paleocristianas, bizantinas y románicas, que implican la simbiosis de tradición oriental y occidental en lo referente a las formas y a la teología, unidad inseparable en la concepción de sus mosaicos.

Esta mirada al pasado no implica la copia literal de modelos, sino su reinterpretación con el lenguaje de la modernidad, como explica el propio Rupnik al proponer «un arte de síntesis profunda donde las tradiciones pueden reflorecer como alimentos para la creación artística de hoy y el arte contemporáneo permita que los tesoros escondidos, aparentemente sellados en el pasado, reaparezcan con su savia vital».

Profundo conocedor del arte contemporáneo desde el punto de vista teórico y práctico, admirador de Van Gogh, Matisse y Kandinsky, Rupnik se define como artista del color y de la materia, y por ello recupera para el Centro Aletti el mosaico, utilizando para su composición desde los materiales más nobles hasta los cantos rodados del río, en teselas irregulares de múltiples apariencias y texturas.

Al crear sus programas iconográficos, Rupnik no selecciona las figuras y escenas de forma aleatoria, sino en consonancia con la función y finalidad del espacio que decoran. Por ello, para la capilla de la sede del obispado de Tenerife (España) escoge Pentecostés o la venida de Cristo sobre los apóstoles, ya que esta imagen entraña en su significado, más allá del relato de los Hechos, el nacimiento de la Iglesia y la idea de colegialidad de los apóstoles, precursores de los obispos.

Siguiendo fórmulas iconográficas bizantinas y románicas, la composición se estructura a partir de una estricta simetría, centralizada por la figura de la Virgen. Su protagonismo se ve reforzado por la teatralidad de su gesto orante, inspirado en los personajes de las catacumbas que Rupnik visita a menudo desde los comienzos de su formación artístico-teológica. A esto se suma la mancha cromática que define su figura, fuertemente contrastada con la policromía de gama parda de las túnicas y mantos de los apóstoles.

Los colores que revisten a la Virgen son el azul y el rojo, símbolos de lo divino y lo humano desde el primer arte cristiano. En el caso concreto de esta imagen, el rojo es también reflejo del Espíritu, como prolongación de las lenguas de fuego que descienden desde la parte superior del mosaico, recordando aquellos textos patrísticos que presentaban a María como templo del Espíritu.

Como motivos ornamentales del manto, tres pequeñas estrellas doradas, dispuestas de forma triangular, al modo de la tradición bizantina, como referencia simbólica a la Trinidad. La amplitud de la mancha roja recoge e integra los dos grupos de apóstoles, individualizados por sus rasgos y con mayor dinamismo frente a la estricta frontalidad de la Virgen, que evoca las figuras del fauvista Matisse más tardío por la definición de sus formas planas y curvas a partir del color. Esta disposición del manto acogiendo al resto de personajes se hace extensiva al sitial del obispo de esta capilla de Tenerife, ubicado justo delante, por lo que se acentúa su continuidad desde los apóstoles y el papel de María como protectora y Madre de la Iglesia y de toda la humanidad a lo largo de los siglos.

En todos los rostros asoman profundas miradas a partir de ojos almendrados, fuertemente marcados, con antecedentes en manifestaciones bizantinas y románicas, pero también en las máscaras ibéricas y africanas, que frecuentemente habían servido de referencia a artistas de vanguardia, y concretamente a cubistas y fauvistas. Más allá de los planteamientos formales, para Rupnik lo principal es que «los ojos son extremadamente importantes, porque expresan la victoria de la comunión. La mirada es la verdadera fuerza expresiva del Espíritu y de la vida espiritual». Todas las figuras están nimbadas, combinándose para sus halos de santidad dos colores habitualmente utilizados por el Centro Aletti: el dorado, símbolo de Dios y de lo trascendente, y el blanco, signo de la luz tabórica, de la revelación.

La monumentalidad de los personajes queda subrayada por el fondo dorado, eco de los iconos bizantinos que anula cualquier referencia escenográfica de la estancia donde estaban reunidos los apóstoles. Mediante la bidimensionalidad, Rupnik concentra toda la atención en los protagonistas, utilizando el color y la materia para potenciar la fuerza de la imagen. La Virgen y el colegio apostólico quedan a su vez enmarcados por líneas de teselas que recuerdan la mandorla románica, marco de forma almendrada que destaca la dignidad del conjunto.   

La ausencia de referencias espaciales obedece al interés de Rupnik por disponer espacios vacíos en torno a sus escenas para favorecer la verdadera contemplación de la obra, que requiere del silencio para llegar al profundo significado de cada propuesta: «En el mosaico los espacios entre las figuras se deben cuidar con igual atención y fuerza creativa que las mismas figuras. Las figuras son como las palabras, como los discursos. La tarea de los espacios entre sí es entonces crear ese estado necesario en el corazón para que seamos capaces de acoger las palabras. La mirada se desliza sobre los colores, sobre los movimientos, sobre las piedras y en el alma nace un eco de la belleza».

Rupnik retoma un tema, Pentecostés, que abordó ya en su primera gran empresa, la Capilla Redemptoris Mater (Palacio Apostólico Vaticano, 1996-1999), pero a pesar del paso del tiempo se mantiene la misma idea de una Belleza que «eleva la mente desde lo que aparece ante los sentidos hasta la visión trascendente», tal como proponía el cardenal Špidlík († 2010), alma mater de los programas creados por el Centro Aletti. El taller encabezado por Rupnik nos ayuda a redescubrir la dimensión más profunda de un arte que conmueve por su belleza aparente y por la profundidad de contenidos, que se revela como expresión de las inquietudes últimas de hombre.

El episodio de Pentecostés expone la colegialidad de los apóstoles, en analogía al trabajo coral seguido por el Centro Aletti y definido por Rupnik con las siguientes palabras: «El mosaico es una obra coral (…). Lo primero es tener en cuenta a los artistas. Si yo tuviera un proyecto, ellos serían esclavos, meros ejecutores, pero el modo de gobernar la Iglesia es la colegialidad y eso supone que la verdad pasa a través de una comunión». Todos los artistas, guiados por el maestro, participan como si se tratara de una sola mano, emulando el trabajo anónimo de los constructores y artesanos del medievo, cuya finalidad era dar gloria a Dios.  

Así lo revela Rupnik cuando señala que entre ellos tienen un pacto: «Ninguno dice qué parte del mosaico ha trabajado, porque se trata de una obra coral». Sin duda esta forma de trabajar, opuesta al subjetivismo reinante tantas veces en el arte contemporáneo, explica en gran medida la belleza y unidad de los programas iconográficos del Centro Aletti, al servicio de la liturgia. En sus obras se recoge la belleza de la tradición de los textos y las imágenes cristianas, mostrando que los cambios estéticos derivados de las exigencias culturales de las distintas épocas expresan los mismos contenidos y significados a lo largo de los siglos.

 

María Rodríguez Velasco

Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

Pentecostés (2010) - Capilla de la sede del Obispado, Tenerife (España) Marko Iván Rupnik

(Zadlog, Eslovenia, 1954) © Cortesía del autor.