El comentario de la portada

Prólogo al romance del alma por Pierre-Marie Dumont

Iván Konstantínovich Aivazovsky (1817-1900) es un pintor ruso de origen armenio, cercano a Pushkin y a Gogol. Admirado por Delacroix y Turner, tuvo en su momento una fama considerable, tanto en su patria como en el mundo entero. París y Nueva York hicieron de sus exposiciones un verdadero triunfo. A diferencia de los pintores de mari­nas contemporáneos suyos, Jongkind, Courbet o Bulbo, Aivazovsky no pintaba del natural, sino de memoria, en una recreación funda­mentalmente emocional de la realidad natural. Su alma romántica, exaltada por el monte Ararat, donde el Arca de Noé encalló tras el diluvio, le sugería celebrar sin cesar los grandes mitos de la cultura armenia. Su obra puede ser entendida como una profunda contem­plación del agua en todos sus estados: fuente de vida iluminada por la luz creadora, olas de muerte que mezclan sus ondas con cielos de negra tinta. Cuando, en 1841, Aivazovsky pintaba el tohu-babohu (NdT: caos, en hebreo) de las aguas originales en el momento de la creación, Charles Baudelaire, también romántico que despreciaba el racionalismo laicista, escribía en respuesta:

¡Hombre libre, siempre llevarás el mar en tu corazón! El mar es tu espejo; contemplas tu alma en el vaivén infinito de sus olas, y tu espíritu no es un abismo menos amargo.

Y el poeta pone palabras a lo que el pintor refleja:

Las olas, envolviendo las imágenes de los cielos, mezclaban de manera solemne y mística los todopoderosos acordes de su rica música con los colores del ocaso reflejados en mis ojos.

Sin embargo, aquí, tomando prestados los matices de la Parusía, los colores son el reflejo del alba original, del primer instante de luz sobre la creación de la vida. Contemplemos, pues, esta obra grandiosa y patética, divina liturgia que revela que la dimensión fundamental de lo visible es invisible: es el Invisible. Contemplas tu alma: más allá de la espuma de odio destacada por las nubes tenebrosas del Mal, llevas en ti la imagen del Creador; reflejas su luz y proclamas para siempre el designio benevolente, según la expresión de lo bello, lo bueno y lo verdadero.

 

El caos o La creación (1841), Iván Konstantínovich Aivazovsky (1817-1900), Museo de Armenia, Monasterio de San Lázaro de los Armenios, Venecia.

© Arthotek/La Collection.

 

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]