El comentario de la portada

«Recibe mi alma y condúcela ante mi Redentor» por Pierre-Marie Dumont

Pierre-Amédée Marcel-Béronneau tiene 28 años cuando, en 1897, pinta este boceto al pastel. Cinco años antes, se unió al estudio de Gustave Moreau († 1898) que le consideraba como uno de sus mejores alumnos; a él se unieron también Desvallières, Matisse, Rouault, Maurice Denis y Odilon Redon; este cenáculo de artistas formará el corazón católico del movimiento simbolista, que rechazaba la filosofía positivista, el materialismo y la ideolo­gía del «progreso», especialmente cuando afea la existencia y el cuadro de la vida; en el plano del arte, rechaza el naturalismo, el impresionismo y el academicismo.

Cuando pinta este Ángel de la guarda, Marcel-Béronneau se basa en las más bellas fuentes del arte y, en esto, pone en prác­tica la enseñanza de su maestro Gustave Moreau: «Ser moderno no consiste necesariamente en buscar algo distinto a lo que ya se ha hecho… Se trata de armonizar todo lo que nos han aportado épocas anteriores para mostrar cómo nuestro siglo ha aceptado este patrimonio y cómo lo utiliza». En este espíritu, el ángel de Marcel-Béronneau está directamente inspirado en los ángeles de Filippino Lippi († 1504), que estableció el arquetipo de la repre­sentación angélica: tomando forma humana de juventud eterna, ni masculina ni femenina, sino uniendo las bellezas de ambas, el ángel manifiesta, por su gracia corporal y vestimenta, un refina­miento que lo empuja hacia una intemporalidad mistagógica. Sin embargo, las alas resplandecientes son muy moreanas, formadas por una emanación de luz divina que brota del cielo. Es una forma de expresar que nuestro ángel de la guarda es la expresión espiri­tual que hace presente, junto a cada uno de nosotros, la solicitud amorosa del Padre. Al contemplar eternamente el rostro de Dios en el cielo, nuestro ángel, a nuestro lado, se hace presencia divina siempre cercana, amorosa, servicial y consoladora. Finalmente, en nuestro último aliento, nuestro ángel de la guarda tomará nuestra alma en sus manos y la llevará al corazón de Dios, como vemos aquí, junto a la cama de este niño que acaba de morir, recibiendo el ángel su alma incandescente de amor.

Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco

 El Ángel de la guarda (1897), Pierre-Amédée Marcel-Beronneau (1869-1937), pastel sobre lápiz negro, colección privada. © Heritage Images/Fine Art Images/akg-images.