El comentario de la portada

¡Que se haga el color! por Pierre-Marie Dumont

En la obra de Odilon Redon († 1916), el principio era negro.

Pero no el negro como ausencia de color, sino el negro como «el color más esencial», el color que expresa mejor los estados de su alma sumida en la noche oscura; el color de las tinieblas que da
su tonalidad fundamental a la condición humana. El negro de los Caprichos de Goya.

Apasionado de Darwin y de Lamarck, el padre del ateísmo moderno, Odilon Redon se salvó del racionalismo por la lectura de Charles Baudelaire, el católico más visceral entre los poetas.

Odilon Redon vivió sabiendo transfigurar su temperamento fundamentalmente pesimista por los colores luminosos de la esperanza cristiana. Y la muerte le sorprendió mientras daba el último toque a un retrato de aquella que trajo al mundo a la Luz nacida de la Luz. Aquí, su figura de Jesucristo está ciertamente trazada en un negro intenso, un negro sin sombra, si se puede decir así. Pero este negror explota a la altura del corazón en un big bang místico que baña de luz toda la paleta de colores del día, los colores de la vida. El costado del Crucificado se abre como un cráter. En el estallido, siembra el universo con su lava incandescente. Ahora, el corazón de la naturaleza humana, sometida al mal y con la promesa de la muerte, es un corazón sagrado. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el agua del sufrimiento y la sangre de la muerte rebrotan en vida y colores eternos.

 

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

Pierre-Marie Dumont

 

El Sagrado Corazón (1910), Odilon Redon (1840-1916), Museo de Orsay, París.

© RMN-GP/Hervé Lewandowski.