El comentario de la portada

Creo en la resurrección de la carne por Pierre-Marie Dumont

Para magnificar el papel insustituible de una mujer como apóstol de los apóstoles, el papa Francisco ha querido elevar la memoria obligatoria de santa María Magdalena al rango de fiesta litúrgica de pleno derecho. En la portada de Magnificat se puede admirar el «Retrato» espiritual que Giovanni Bellini († 1516) hizo de ella como una joven noble veneciana, con la mirada perdida en contempla­ción cuyo horizonte supera el mundo, y las manos cruzadas sobre el pecho, protegiendo un corazón convertido en el tabernáculo del amor hermoso.

Cuando María ve a Jesús, ella le ama inmediatamente y le expresa su amor vehementemente, voluptuosamente, carnalmente. El per­fume, los labios, las lágrimas, los caricias del cabello, todo es car­nal y todo confluye en una magnífica declaración de amor. Ahora bien, hasta el misterioso Noli me tangere, el Verbo hecho carne no desdeña esta unción que proviene de un amor según el pecado. El Amor encarnado no transforma el amor humano en amor pura­mente «espiritual», sino que lo salva y lo santifica, haciendo que se reencuentre con su plena humanidad según el designio del Padre, antes de que la concupiscencia entrara en el corazón humano.

El fariseo, en secreto, se burla de esta mujer, loca por creer que un gesto de amor carnal la exonerará de sus pecados de la carne. Él se gloría de amar a Dios, al que nunca ha visto, con todo su cora­zón, toda su alma y todo su espíritu. María Magdalena amaba pro­fundamente al hombre Jesús al que ella veía. ¿Cuál de los dos ha amado a Dios de verdad? Tras la encarnación, la única manera de observar el primer mandamiento de la Ley es cumplir el segundo. De hecho, no hay más que un mandamiento único, nuevo: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado (Jn 15,12).

Después de que Judas le haya traicionado, de que Pedro lo haya negado, de que todos sus discípulos hayan huido, solo María Mag­dalena cree aún en Jesús. Sabe que, según sus palabras, después de la tumba lo encontrará vivo. ¡Cuánto debía de amarlo! Y él, apenas revestido de su cuerpo glorioso y al regresar de los infiernos, se le aparece antes que a cualquier otro, antes que a todos los demás. Y es a ella a quien le confía el apostolado fundamental de anunciar a la humanidad la noticia más maravillosa jamás publicada: la de la resurrección de la carne. 

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]    

 

María Magdalena (detalle de La Virgen con el Niño entre santa Catalina y santa María Magdalena, Ca. 1500), Giovanni Bellini (Ca. 1430-1516), Galleria dell’Accademia, Venecia, Italia.

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