El comentario de la portada

Un admirable intercambio por Pierre-Marie Dumont

Este bajorrelieve de estuco (mezcla de cal y polvo de mármol) policromado fue realizado hacia 1430 por Donatello. María y Jesús, mirada que se clava en la mirada, se abrazan tan íntimamente que sus dos rostros parecen querer fundirse en el óvalo dibujado por el brazo izquierdo del Niño. El artista los ha dispuesto tan cerca que se diría que están absorbidos el uno en el otro. Mirándose a los ojos, se escrutan como si la vida de uno empezara a depen­der únicamente de la mirada del otro.  

Al contemplarse así, corazón a corazón, María y su hijo com­parten su intimidad más secreta, asimilando lo sublime de su ser y comulgando en su destino apoteótico. Sus miradas inefables son altamente reveladoras: se dicen hasta el infinito lo que las palabras no pueden expresar. Dos miradas sumidas una en la otra donde cada uno contempla el misterio original, único, que refleja su pro­pio misterio: Te doy gracias porque me has plasmado portento­samente, porque son admirables tus obras: mi alma lo reconoce agradecida (Sal 138,14).  

Si supiéramos leer en la mirada del otro, no necesitaríamos buscar un sentido a nuestra vida, ya que en la mirada de cada uno se puede contemplar la infinita belleza de su semejanza con Dios. Hasta el punto de poder exclamar a continuación: «¡Dios estaba allí y yo no lo sabía!» Escrutarse uno a otro mirándose a los ojos es como, en un admirable intercambio, mirarse uno a otro con la mirada del Creador que, en la mañana del mundo, contemplaba al hombre y a la mujer, fruto de su designio benevolente, obser­vando que era muy bueno (Gén 1,31).  

Lamentablemente, esta transparencia para el bien ha permitido, ulteriormente para el mal, que se pueda ver en nuestra mirada toda la influencia del pecado en nuestras almas, en un nudo inextrica­ble de paja y de vigas. De ahí que sumergir la mirada en los ojos del otro se haya convertido en un acto de una inquietante inde­cencia. Admiramos por ello la fuerza con la que Donatello llega a manifestar el alcance del desafío que María y su hijo han lanzado al pecado, cuando, mirándose a los ojos, han encontrado su com­placencia en la contemplación de sus corazones inmaculados.  

 [Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

 La Virgen con el Niño (Virgen de los Pazzi), Donatello (Ca. 1386-1466), Museo del Louvre, París, Francia.

© Dist. RMN-GP/Pierre Philibert.