El comentario de la portada

Todo subsiste en él por Pierre-Marie Dumont

Pintor de iconos en Creta, el Greco (1541-1614) llegó a Venecia a los 27 años y se acercó a Tintoretto (1518-1594), cuyo estilo adoptó. A los 36 años, en 1577, se trasladó a España, donde se elevó como el sol del deslumbrante amanecer del Siglo de Oro. A su muerte, acaecida en 1614, el famoso poeta Luis de Góngora compuso el famoso soneto «Inscripción para el sepulcro de Dominico Greco»; una bella paráfrasis explicativa de dichos versos dice acertadamente de él:

«Su nombre merece un estallido más poderoso que el de las trompetas de la Fama. Heredó de la Naturaleza, el Arte; del Iris, los colores; de Febo, las luces, y de Morfeo, las sombras [Iris, diosa del arcoíris; Febo (Apolo), dios del sol; Morfeo, dios de la oscuridad y de los sueños]».

La obra que ilustra la portada de este mes de Magnificat revela el genio atípico que fue el Greco. Se puede discernir en ella la exaltación que el pintor alcanzaba al dar a sus personajes la forma ondulante de la llama del fuego, no sin antes alargar apreciablemente sus proporciones naturales. En esta exaltación, los secretos del arte del Greco pueden resumirse en tres palabras: vida, luz y color; veámoslo:

Vida. El Greco trataba su dibujo como el esbozo de un boceto. Pero lo repetía una y otra vez yuxtaponiendo motivos similares, casi invisiblemente desplazados. Este «dibujo animado» crea una sensación de vida y movimiento que es evidente en la obra que contemplamos aquí.

Luz. En el atardecer de su vida, el Greco confesó: «He quemado toda mi vida, toda mi vida. No en el fuego, sino en la luz. Me lancé de lleno a las llamas de esta». La luz –y no las sombras como debería ser en el arte plástico– era la realidad fundamental de la estructuración de sus obras. No hay sol en la obra del Greco. Solo la luz nacida de la luz revela lo invisible de lo visible. ¿Acaso no dijo: «Nunca salgo de casa antes de las seis de la tarde, no sea que el brillo del sol oscurezca mi luz interior»? Aquí, el Salvador del mundo parece tener luz dentro de sí. Esta luz es intensa, brillante, hasta el punto de blanquear el color de la piel.

Color. Cézanne afirmaba que el color era «el punto donde nuestro cerebro y el universo se encuentran». Para el Greco, es el punto en el que lo divino irisa lo humano, es el testimonio de la difracción de la gracia en la paleta de la creación. ¿Cómo puede esto hacerse visible técnicamente? Poniendo capas sucesivas de baja concentración de pigmento sobre un fondo blanco: el color se vuelve vibrante, vivo y toma movimiento. Aquí, en este Salvator Mundi, se añade el efecto de la audaz yuxtaposición del rojo lacado de la túnica de Cristo con el azul acero de su manto[1].

Así se presenta ante nosotros este Salvator Mundi –erróneamente llamado «Cristo bendiciendo»– pintado alrededor de 1600, en plena madurez del Greco. Para pintarlo, el artista se inspiró especialmente en el icono de Cristo Pantocrátor[2], popularizado en Occidente desde el siglo XV para despertar la devoción privada. Representado como un busto de media figura, Cristo se dispone aquí de frente a tamaño real. Con la mirada sumergida en la de quien lo contempla, ofrece la oportunidad de un encuentro casi personal con él. En lugar del libro de los evangelios que aparece bajo su mano derecha en los iconos, aquí sostiene una esfera de cristal que, más allá del símbolo de la Tierra, representa todo el universo que subsiste en él:

«En él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él (Col 1,16-17)».

Levantando la mano derecha, Jesucristo realiza un gesto que a menudo se interpreta como una bendición, pero que en realidad es el gesto del Maestro, de aquel que enseña toda la verdad porque él es la Palabra misma de Dios. Al mismo tiempo, se trata del gesto del Juez soberano. Finalmente, este gesto se convierte en cetro viviente de aquel que reinará por siempre. En Occidente, el pulgar, el índice y el dedo corazón alzados representan a las tres Personas de la Santísima Trinidad, mientras que –unidos más abajo– el anular y el meñique representan respectivamente la naturaleza divina y la naturaleza humana unidas en Jesús. Finalmente, con la palma de la mano, estos dos dedos forman un corazón que nos recuerda que Jesucristo es Rey de un reino donde reina el amor. Como decía el Greco, ¿no es cierto que «el lenguaje del arte es de origen celestial y solo puede ser entendido por los elegidos»?

Pierre-Marie Dumont

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

 

• Salvator Mundi (Ca. 1600), El Greco (1541-1614), National Galleries, (Escocia) Edimburgo.
© Distrito GP-RMN/Departamento Fotográfico de la Galería Nacional de Escocia.

 


[1] Este mismo azul y esta misma yuxtaposición serán la fuente de inspiración de Picasso en su Período Azul.

[2] Bajo este enlace se puede contemplar el icono del Panto­crátor del monasterio del Sinaí. Datado en el siglo VI, es el icono más antiguo que nos ha llegado.