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El icono del Dios-Amor
Pierre-Marie Dumont
Cristo Redentor, 1931
Paul Landowski (1875-1961)
Hablar de Río de Janeiro es hablar del monumental Cristo que se alza en el monte Corcovado, emblema de la ciudad, con el que todos sus habitantes se identifican reconociendo su protección. Su emplazamiento privilegiado en el Parque Natural de Tijuca y sus proporciones (38 metros de altura) han llevado a considerarlo una de las siete maravillas del mundo moderno.
Su historia comenzó en 1859, cuando la princesa Isabel de Brasil, junto con el sacerdote Pedro María Boss, propuso situar un monumento religioso en lo alto del monte. Sin embargo, hubo que esperar a 1921, año en que se conmemoraba el centenario de la independencia de Brasil, para que el proyecto se retomara con la convocatoria de un concurso público para su adjudicación y realización. El vencedor fue el ingeniero brasileño Héctor da Silva Costa, con una propuesta donde la figura de Cristo se enriquecía con significativos atributos iconográficos: la bola del mundo, que lo presenta como Señor del mundo, y la cruz, que remite al sacrificio redentor. Sin duda, en sus dibujos se advierte la huella del Cristo Redentor de los Andes (1904), de menores proporciones (7 metros), pero de semejante iconografía.
Al comenzar la ejecución práctica de la figura, los problemas técnicos obligaron a Da Silva a buscar especialistas en Europa que le ayudaran a conjugar monumentalidad y equilibrio compositivo. Así, poco a poco, la escultura comenzaba a rediseñarse hasta alcanzar su apariencia actual. El primer colaborador fue el pintor y grabador Carlos Oswald, quien eliminó los símbolos presentes en la idea inicial para centrar todo el protagonismo expresivo en el gesto de los brazos, que, a su vez, con su disposición, evocarían la propia cruz. Para materializar su propuesta se contó con el escultor francés Paul Landowski, gran conocedor de la figura humana, que comenzó a realizar moldes de arcilla de las distintas secciones de la escultura.
Tanto Oswald como Landowski advirtieron que para que la obra llegara a buen término era esencial la consideración de dos aspectos: la estructura interna y los materiales. Ambos eran esenciales para que la escultura pudiera hacer frente a las lluvias y a los fuertes vientos sin un inmediato deterioro; para ello, se contó con el ingeniero Albert Caquot. Buscando la resistencia del monumento se decidió utilizar hormigón, si bien revestido de piedra de jabón o esteatita, roca blanda, duradera, resistente a las altas temperaturas y a las descargas eléctricas derivadas de las tormentas. Aplicada a modo de mosaico de pequeñas piezas, la esteatita sustituyó al bronce inicialmente propuesto por Da Silva para crear un juego de brillos y reflejos en lo alto del monte, pero que, sin duda, resultaba más costoso y de mayor peso para el equilibrio escultórico.
El 4 de abril de 1922 se colocó la primera piedra del monumento, que se había ido adaptando progresivamente a una mayor simplificación formal, culminando con la definición del rostro por Gheorge Leonida. Las maquetas, la cabeza, las manos y los moldes de arcilla numerados realizados por Landowski se trasladaron en barco hasta Río de Janeiro, pero al poco tiempo se advirtió la dificultad de emprender semejante proyecto sin una consistencia interior. Por ello, en 1928, se paralizó la construcción ante el escepticismo del propio Da Silva: «Caminábamos hacia el inevitable fracaso artístico, sin poder volver atrás».
Para la progresión del conjunto se hizo imprescindible la intervención de Caquot y su diseño de una microarquitectura interior de la escultura, compuesta por la superposición de doce vigas de hormigón armado. En este esqueleto interno destaca el registro coincidente con los brazos abiertos de Cristo, trabajado como si se tratara de un prolongado túnel. Únicamente hay un punto donde coinciden exterior e interior de la figura, el corazón, que rompe con la sobriedad dominante. En el resto de la composición no hay correspondencia entre interior y exterior de la figura.
El 12 de octubre de 1931 se inauguró oficialmente la escultura de Cristo Redentor, en presencia del jefe de gobierno, Gestulio Vargas, y del cardenal Dom Sebastião Leme, quien instó a que la escultura fuera instrumento para la evangelización del pueblo, vivamente implicado en el proyecto, ya que este se vio sufragado en gran medida por aportaciones populares. La identificación de los cariocas con el Cristo Redentor es tal que, con motivo de su presentación, todas las iglesias hicieron repicar sus campanas y se decretó una semana de celebraciones.
Desde entonces, han sido necesarias algunas restauraciones en la escultura, como la llevada a cabo en 2010 para sustituir algunas de las piezas del revestimiento, que entrañó una notable dificultad por la búsqueda de piedras similares que mantuvieran la apariencia original de la figura. De nuevo en esta ocasión quedó constancia de la implicación popular, pues la venta de pequeños broches con la imagen del Cristo se sumaron a la inversión de empresas locales. Además, se han sucedido numerosas obras en el entorno del monumento, a fin de mejorar la accesibilidad y acogida de los fieles. Entre estas, destaca la consagración de un altar en el alto pedestal de la escultura, convertido desde el año 2006 en una pequeña capilla dedicada a Nuestra Señora de la Aparecida, patrona de Río de Janeiro.
La austeridad de la escultura no impide la consideración de aspectos muy relevantes para su significado, como su orientación al Este, punto del nacimiento del sol, pues Da Silva deseaba que fuera «la primera imagen en emerger de la oscuridad en la que se sumerge la ciudad por las mañanas y reciba la salvación del sol». Esta afirmación nos lleva a recordar el pensamiento de las primeras comunidades cristianas que concretaron en sus repertorios artísticos iniciales la representación de Cristo-Sol, de Cristo como Luz del mundo. En esta escultura no hay símbolos porque ella en sí misma es un símbolo, como revelan sus brazos abiertos en forma de cruz, configurando un gesto de redención, acogida, perdón y protección, un gesto de carácter universal para los muchos fieles que llegan hasta el santuario.
El Cristo no está pensado para ser contemplado al detalle, sino que constituye una presencia visible desde cualquier punto de la ciudad. La teatralidad de los brazos contrasta con el hieratismo del rostro, de gran serenidad y ligera inclinación. Es precisamente este sutil movimiento el que lleva nuestra mirada al único motivo que sobresale en el torso, el corazón de Cristo. Túnica y manto también trazan sus pliegues con total equilibrio, emulando en su parte inferior las estrías de las columnas clásicas.
El Cristo Redentor, conocido también como Cristo de Corcovado por su emplazamiento, o como Cristo de Río, ha ejercido una notable influencia en esculturas posteriores, como el Cristo de Lisboa, iniciado en 1934, el de Cochabamba (Bolivia), inaugurado en 1996, o el Cristo Rey de Swiebodzin (Polonia), terminado en 2010. Más recientemente, inaugurado en 2022, también en Brasil, en la ciudad de Encantado, se ha elevado el Cristo Protector, de 43 metros de altura, con ascensor interior que permite llegar a la altura de los brazos, donde se sitúa un mirador de la ciudad. Todas estas esculturas ponen de manifiesto la presencia de Cristo protegiendo la vida de las respectivas poblaciones e invitando a sus ciudadanos a elevar la mirada para encontrar el abrazo del Redentor.
María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte,
Universidad CEU San Pablo, Madrid
Cristo Redentor, 1931 - Paul Landowski (1875-1961), Río de Janeiro (Brasil) - © Dorling Kindersley/UIG/Bridgeman Images.

Esta obra de Maurice Denis es un boceto realizado para la decoración de la iglesia de San Nicasio en Reims, una sublime iglesia de estilo art déco que fue construida a partir de 1923, en el corazón de la Ciudad Jardín de Chemin-Vert. Esta nueva ciudad se construyó en un terreno ajardinado de 30 hectáreas por iniciativa del movimiento social católico, para ofrecer mejores condiciones de vida a las familias de clase trabajadora.
En los muros de la iglesia, el artista debía ilustrar en la técnica del fresco las letanías de san José aprobadas por el papa san Pío X en 1909. Se trataba de honrar el papel del padre como cuidador, guardián, guía y tierno protector de la familia. Al representar una instantánea idealizada de la huida a Egipto, Maurice Denis responde bien al proyecto con un san José firmemente erguido, indicando la dirección correcta con su cayado, y tomando tiernamente a su esposa y al Niño Jesús bajo su brazo.
Pero el artista va más allá: sobre un fondo azul celeste único, representa a una Sagrada Familia en tonos ocres iluminados con dorado, un color que significa la humanidad que irradia la presencia divina. Los tres miembros de esta familia están profundamente unidos, el Niño adorablemente acurrucado en los brazos de su madre, ambos rodeados por el brazo amoroso del padre, como si el pintor quisiera sugerir que las tres personas de la Sagrada Familia son una sola en el amor que las une.
Maurice Denis se inspiró en la tradición iconográfica de la «doble Trinidad», en la que el Niño Jesús estaba representado en el centro de la obra, rodeado en el plano horizontal por María y José, y dominado en el plano vertical por el Padre y el Espíritu Santo. En la intuición de esta tradición, le gustaba representar a la Sagrada Familia como un icono terrenal que revela a la Trinidad celestial. De este modo, quería descubrir a las familias cristianas la grandeza de la misión unida a la fidelidad hacia su vocación: ser aquí abajo un icono del Dios-amor. Un icono imperfecto, ciertamente, pero instituido ad hoc desde el principio del mundo, luego transfigurado por la gracia sacramental del matrimonio.
Todos somos «portadores de Cristo»
Pero me diréis: «¿Y qué hay del asno?» Bueno, mis queridos amigos, el asno que llevó a María embarazada de Nazaret a Belén, el asno que llevó a María y al recién nacido Jesús a Egipto, el asno que llevó a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén, este asno valiente y simpático, pero a veces estrecho de miras y hosco, somos nosotros los cristianos. ¿No es nuestra vocación, sobre todo después de haber comulgado, ser Christophoros, «portadores de Cristo», en los caminos del mundo a los que nos lleva nuestra propia vocación?
Además, hoy en nuestra civilización poscristiana, este asno es estigmatizado como una bestia, es descartado, considerado un carca que se atreve a defender como derechos humanos «el derecho a la vida, del cual el derecho a crecer en el seno de la madre después de la concepción es parte integrante; el derecho a vivir en una familia unida; el derecho a fundar una familia, a acoger y educar a los hijos, a ejercer responsablemente la propia sexualidad; el derecho a la libertad religiosa, entendida como el derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la persona» (extractos de la Encíclica Centesimus Annus de san Juan Pablo II, n. 47). Este asno rechazado, que será condenado cada vez más a menudo, como lo fueron los profetas antes que él y Aquel al que porta, este asno que lleva a Cristo en el siglo XXI, ¿no somos acaso nosotros, los cristianos? ¿No sois vosotros que me leéis y yo que os escribo? l
[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]
• La Huida a Egipto (1926), Maurice Denis (1870-1943), Reims, Museo de Bellas Artes. © Christian Devleeschauwer.
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