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Pierre-Marie Dumont
Sueño del papa Inocencio III
Taddeo Gaddi (Ca. 1300-1366)
El programa iconográfico que Giotto había desarrollado en la basílica superior de Asís, una hagiografía pintada de san Francisco, se convirtió en referencia para pintores posteriores, como se advierte en las composiciones de su seguidor Taddeo Gaddi. El también pintor Cennino Cennini (1370-1440) reveló que Giotto y Gaddi habían trabajado juntos durante años, lo que explica la clara transmisión de los modelos del maestro y su reinterpretación por Gaddi, de quien poco sabemos hasta que comenzó a trabajar en Florencia en 1325.
En Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos (1550), Vasari respalda esta vinculación y añade que Gaddi perteneció a una saga de pintores, que se formó inicialmente con su padre, Gaddo Gaddi, y continuó el taller familiar con al menos tres de sus cinco hijos. La actividad de Taddeo Gaddi se circunscribió esencialmente al campo de la pintura, si bien consta que también realizó diseños arquitectónicos, entre los que se le atribuye el Ponte Vecchio de Florencia.
Siguiendo la estela de su maestro, su labor estuvo muy ligada a la Orden franciscana, y ya en 1325 está documentada su intervención en los frescos de la capilla Baroncelli de la iglesia florentina de la Santa Cruz. Precisamente para la sacristía de esta iglesia, ya en la década de los 30, le encargaron veintiocho paneles que recrearan en paralelo la vida de Cristo y la del Santo de Asís. Una vez completadas las pinturas, las piezas se ensamblaron en las portezuelas de un armario –tal vez relicario– y se dispusieron en dos registros superpuestos, reservándose el superior para el ciclo cristológico y el inferior para las escenas del Poverello de Asís. De esta forma, la lectura del conjunto revelaba la concepción de san Francisco como alter Christus formulada en los escritos de Tomás de Celano y Buenaventura de Bagnoregio, primeros biógrafos del Santo en el siglo XIII.
Entre los episodios seleccionados hallamos El sueño del papa Inocencio III, quien propició la definitiva aprobación de la Orden franciscana. La narración de san Buenaventura relata el sueño en el que el Papa vio «cómo estaba a punto de derrumbarse la basílica lateranense y un hombre pobrecito, de pequeña estatura y de aspecto despreciable, la sostenía arrimando sus hombros, a fin de que no cayese al suelo. Y exclamó: Este es, en verdad, quien con su ejemplo y doctrina ha de sostener la santa Iglesia de Dios». Continúa el autor señalando que, tras interpretar el Pontífice que el hombre de su sueño no era otro que san Francisco, «aprobó también la Regla».
La estela de Giotto es evidente en esta intervención, si bien Gaddi tuvo que adaptar sus composiciones a los marcos tetralobulados exigidos por los comitentes, alejándose de la monumentalidad de las pinturas murales. Esto no impidió la multiplicación de figuras, ni el desarrollo de una escenografía que combinaba espacio interior y exterior para reflejar con literalidad la narración de san Buenaventura. Por otra parte, en la pintura de Gaddi persiste el fondo de oro propio de la tradición oriental, una nota de cierto arcaicismo que aporta suntuosidad y subraya la presencia de los protagonistas en los planos anteriores de la tabla.
Los ropajes son clave para la identificación de las figuras. A la derecha de la composición, el hábito franciscano y la tonsura nos llevan a reconocer a san Francisco, con los mismos rasgos descritos en sus hagiografías, ya consolidados por Giotto en los frescos de la basílica de Asís, fuente gráfica primaria para las obras posteriores. La serenidad de la figura contrasta con su esfuerzo de soportar la arquitectura que comienza a desvanecerse. Al pintor le basta la fachada para recrear la totalidad del templo, una sencilla estructura cuyo rosetón recuerda a los sencillos accesos de las iglesias monásticas coetáneas al pintor. Gaddi no tiene intención de proyectar una arquitectura coherente, ni en sus estructuras, ni en la perspectiva, sino que prevalece el carácter conceptual del motivo para responder a la literalidad de los textos y al significado unitario del programa iconográfico de la sacristía, donde la figura de san Francisco emulaba a Cristo como piedra angular de la Iglesia en un convulso siglo XIII.
En el espacio interior, recostado en el lecho, reconocemos al papa Inocencio III por la tiara papal y por la riqueza de su manto, rematado con ribete de oro y piedras preciosas. Su actitud adormecida contrasta con la teatralidad del personaje que trata de despertarle y advertirle del derrumbe de la iglesia y de la presencia de un hombre pobre sosteniéndola. Precisamente su gesto indicativo refuerza la unidad compositiva entre los dos instantes fundamentales de la pintura.
El nimbo de santidad, el sencillo atuendo de túnica y manto y, sobre todo, los rasgos que se habían consolidado para la representación de san Pedro desde las primeras imágenes cristianas nos ayudan a reconocer a este apóstol. Su presencia, sin duda, introduce un significado más profundo, ya que más allá del episodio franciscano, Inocencio III se presenta como sucesor de Pedro, quien también anticipa la pobreza y sencillez evangélica que san Francisco proponía para la Orden franciscana. Equilibrando la composición, en primer término, se disponen dos figuras anónimas adormecidas, prescindibles para el desarrollo del relato, si bien sirven a Gaddi para sugerir planos sucesivos en su composición, todavía muy alejada de planteamientos perspectivos regidos por la matemática.
El cortinaje y los tejidos ornamentales que enmarcan la figura de san Pedro, introducen decorativismo, aunque el empleo del temple resta brillo a los colores, dispuestos de forma medida y equilibrada en la composición para obligarnos a leerla en su totalidad. Este nexo cromático entre las distintas partes de la composición, así como la volumetría de las figuras, son aspectos heredados de su colaboración con el taller de Giotto en sus años de aprendizaje.
La imagen que contemplamos alcanzaba pleno significado en su emplazamiento original, relacionada con el resto de los episodios de san Francisco y de Cristo. Pero en 1810 las puertas de la sacristía de la Santa Cruz se desmembraron e ingresaron cuatro años más tarde en la Galería de la Academia de Florencia, donde actualmente se conserva la mayor parte de las escenas. Estas se exponen de modo independiente, puesto que tampoco se sabe con certeza cuál era el orden de su disposición inicial; además, algunas piezas se dispersaron y llegaron a las colecciones de la Gemäldegalerie de Berlín y la Alte Pinakothek de Múnich. La influencia de Giotto en este ciclo franciscano es tan acusada que llegó a proponerse la autoría del maestro; sin embargo, finalmente fue revisada y cuestionada por estudios posteriores que advirtieron la factura de Taddeo Gaddi.
María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte,
Universidad CEU San Pablo, Madrid
• Sueño del papa Inocencio III, Ca. 1335-1340, Taddeo Gaddi (Ca. 1300-1366), Galería de la Academia, Florencia.
© akg-images / Rabatti & Domingie.

Henry Ossawa Tanner († 1937) fue un afroamericano nacido en Pittsburgh, Pensilvania, en 1859, seis años antes de la abolición de la esclavitud. Su padre, un respetado escritor, fue un famoso promotor de la emancipación de los negros. Pastor de la Iglesia Metodista Episcopal Africana, fue misionero en Haití y luego fue nombrado obispo. Tuvo la alegría de ver a su hijo convertirse en uno de los más grandes pintores americanos y en un influyente misionero gracias a la consagración de su obra al evangelio a través de la pintura.
A la edad de 13 años, Henry Tanner vio a un artista con su caballete en el parque Fairmount, en Filadelfia, y allí decidió que sería pintor. Poniendo en práctica su resolución, con 20 años se inscribió en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania. En 1891, con 32 años, habiendo adquirido ya una pequeña reputación, emprendió un viaje de estudios que le llevó a Europa. Seducido por París y la acogida que le dieron los círculos de artistas que allí florecían, se estableció en Francia, hasta su muerte cuarenta y seis años después.
En los primeros años, tuvo que librar una verdadera batalla espiritual frente a las seducciones de la vida del artista en la floreciente París de finales del XIX. Sin embargo, en la Navidad de 1896, enviaba una felicitación a sus padres en la que afirmaba: «He decidido servir a Dios más fielmente». A partir de entonces, se especializó en temas bíblicos y, más particularmente, evangélicos: «Siempre he querido usar mi arte para expresar mi fe. La creación del arte bíblico me permite sintetizar mi convicción espiritual con mi práctica artística». Esta síntesis será portadora de un fuerte compromiso misionero: «A través del arte, busco transmitir una realidad mayor, una realidad impregnada de la luz de la fe».
El reconocimiento a su talento llegó rápidamente: su Daniel en el foso de los leones fue aceptado en el Salón de 1896; y la Resurrección de Lázaro fue comprada por el gobierno francés, después de ganar un premio en el Salón de 1897. Al igual que la obra que ilustra la portada de Magnificat de este mes de abril, estas dos obras se exhiben ahora en el Museo d’Orsay.
Y caminó con ellos…
Con su Cristo y sus discípulos, pintado en 1905, Henry Tanner evolucionó del realismo al impresionismo contemporáneo, sin dejar de inspirarse en el simbolismo encarnado por Maurice Denis. El artista nos transmite, ante todo, su «impresión» a través de una versión tenue del famoso «azul Tanner» basado en una paleta de índigo y turquesa. Esta sutil paleta recrea una atmósfera ya crepuscular, teñida de una esperanza vibrante[1]. El pequeño sol que cuelga sobre Jesús no tiene nada que ver con un sol de poniente. Con su luz blanca, ilumina el azul de medianoche del cuadro, como si el Resucitado hubiera dejado a los suyos, que están en el mundo, el halo de su cuerpo glorioso hasta que regrese. «Que su luz reavive la llama de nuestra fe en la resurrección» es el mensaje que nos envía el artista. Y, dejando que Jesús y el paisaje aparezcan en color verde bajo la oscuridad de la tarde que cae, da testimonio de que esta fe es el fundamento de la esperanza cristiana y da sentido a la historia, a menudo oscura, por la que camina nuestra existencia terrena.
La escena describe el momento en que los dos discípulos se encuentran con Jesús, pero no lo reconocen. Vienen hacia nosotros, se sitúan en el borde del cuadro, como si, dando un paso más, fueran a salir de él para ofrecernos ocupar su lugar. El artista nos invita así a identificarnos con su caminar, con sus dudas, con sus miedos, pero también con su disponibilidad para escuchar las Escrituras…
Caminar con Jesús, escuchar su evangelio con el corazón ardiente, reconocerlo al partir el pan: el camino a Betania se revela aquí como una metáfora universal y atemporal. Nos invita a avanzar en nuestro camino de vida, dejándonos bañar por la luz íntima y ardiente de la fe en la resurrección del Señor.
[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]
Pierre-Marie DUMONT
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• Cristo con sus discípulos (detalle, Ca. 1905), Henry Ossawa Tanner (1859-1937), Musée d’Orsay, París. © akg-Images. Erich Lessing