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En la Madre de Dios, la esperanza cristiana encuentra su mayor testimonio
Pierre-Marie Dumont
Visión de san Francisco en la Porciúncula
Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682)
En la Escuela sevillana de la segunda mitad del siglo XVII, los pinceles de Murillo conjugaban el realismo de la cotidianidad con rompimientos de gloria que acentuaban la solemnidad en la representación de los santos. De esta forma, atendía a la recomendación de la Contrarreforma de que los santos fueran representados en instantes de éxtasis, como se advierte en esta Visión de san Francisco, procedente de las colecciones reales, adquirido por Carlos IV e inventariado entre los bienes de Fernando VII.
Desde el Palacio Real llegó a las colecciones del Museo del Prado. Precisamente cuando se inauguró este Museo, fueron muchas las pinturas de Murillo que integraban su colección ya que fue uno de los pintores favoritos de la reina Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V, quien atesoró muchas de las obras del maestro sevillano.
Este lienzo, Visión de san Francisco en la Porciúncula, pertenece a la producción más tardía de Murillo, definida por luces vaporosas que subrayan el carácter trascendente de sus composiciones y se alejan de la asimilación tenebrista de pinturas anteriores. El pintor trabajó prácticamente para todas las fundaciones religiosas de la Sevilla de su época, mostrando una clara evolución desde sus inicios, en el taller de Juan del Castillo, hasta su consolidación en la década de los 60 del siglo XVII, cuando también alcanzó notable fama como retratista. La consideración y reconocimiento por sus coetáneos fue tal que, en 1660, Murillo fue elegido para presidir la recién fundada Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, en Sevilla.
Entre los muchos santos que desfilan por sus lienzos no podía faltar el Poverello de Asís, quien, como recoge su biógrafo, san Buenaventura, a menudo buscaba instantes de «retiro y soledad para la oración» y reclamaba a sus hermanos que «desearan, por encima de todas las cosas, la gracia de la oración». Esta fuente literaria testimonia a su vez que fue la Porciúncula un paraje que san Francisco «amó con preferencia a todos los demás lugares del mundo», pues allí decidió acogerse a la vida monástica, allí se le concedió la indulgencia del perdón y allí recibió a santa Clara para impulsar la rama femenina de la Orden franciscana.
Murillo apenas recrea el ámbito espacial. Basta un sencillo altar, anacrónicamente revestido con riquísima tela brocada, para remitirnos a la sencilla capilla dedicada desde entonces a Nuestra Señora de los Ángeles. El realismo del espacio únicamente lo refieren las escalinatas sobre las que se postra el Santo, detalle que introduce profundidad y acentúa la diferencia entre el registro terrenal y el celestial. Una contemplación detenida de la pintura, y su comparación con la producción anterior del artista, nos permite apreciar sus variables técnicas, diluyendo la precisión de los contornos de las figuras y anulando referencias espaciales cotidianas por el empleo de una luz antinatural y eminentemente simbólica.
Precisamente una luz blanca recorta al sencillo fraile, identificado por la tonsura y por el sencillo hábito, trabajado con varias piezas entre las que asoma el cíngulo de triple nudo, que recuerda los votos de pobreza, castidad y obediencia propios de la Orden. En sus manos, apenas unas pinceladas rojas para referir los estigmas que recibió en el monte Alverna. Su mirada ascendente definida en un rostro de trazo realista nos conduce hasta la presencia de Cristo y de su Madre, que emergen en una luz dorada que frena la perspectiva en este plano superior de la composición.
Cristo, no exento de realismo en el tratamiento de su rostro y de su anatomía, responde a la imploración de san Francisco bendiciéndole, a la vez que porta la cruz, que nos recuerda que, antes de su glorificación, hubo de pasar por el sacrificio de la pasión. Junto a él, la Virgen, como intercesora, con mayor idealización en sus rasgos y trazando con su gesto la unidad compositiva, ya que si, por una parte, fija la mirada en su Hijo, por otra, sus manos nos llevan hasta el Santo. La riqueza cromática de sus vestimentas refleja la incidencia que la paleta veneciana tuvo en la pintura de Murillo, tras estudiar la obra de estos maestros italianos en las colecciones reales de Felipe IV en el Alcázar de Madrid y de la mano de un noble anfitrión, Diego Velázquez.
En este lienzo, la huella de Tiziano tiñe la túnica y el manto de la Virgen, con riquísimas tonalidades que nos recuerdan su maternidad divina y su humanidad. Contrastando con la sobriedad del sayal franciscano, Murillo introduce la mancha de color del manto de Cristo, para recordar el sufrimiento de la pasión, su naturaleza humana, a la vez que sus pliegues aportan cierto dinamismo y sus ricas tonalidades revelan el dominio técnico de la veladura por parte del maestro sevillano.
Trazando una diagonal que se equilibra con la que definen los protagonistas en la escena, entre las nubes asoman figuras de ángeles, evocando el gusto de Murillo por la infancia. Murillo, que había quedado huérfano a los nueve años y que, tras su matrimonio con doña Beatriz Cabrera y Villalobos tuvo once hijos, mostró especial predilección por captar con sus pinceles la edad infantil. En esta obra, los ángeles, trabajados con la técnica desecha a la que anteriormente nos referíamos, son portadores de flores blancas y rosáceas que simbolizan las gracias derramadas por Cristo y por su Madre sobre san Francisco. En este punto, cabría releer el relato de Tomás de Celano, primer biógrafo del Santo de Asís:
«En cierta ocasión, admirando la misericordia del Señor en tantos beneficios como le había concedido y deseando que Dios le mostrase cómo habían de proceder en su vida él y los suyos, se retiró a un lugar de oración, según lo hacía muchísimas veces. Como permaneciese allí largo tiempo con temor y temblor ante el Señor de toda la tierra, reflexionando con amargura de alma sobre los años malgastados y repitiendo muchas veces aquellas palabras: “¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!”, comenzó a derramarse poco a poco en lo íntimo de su corazón una indecible alegría e inmensa dulcedumbre. Comenzó también a sentirse fuera de sí; contenidos los sentimientos y ahuyentadas las tinieblas que se habían ido fijando en su corazón por temor al pecado, le fue infundida la certeza del perdón de todos los pecados y se le dio la confianza de que estaba en gracia».
Y este perdón se hizo extensivo a quienes oraran en la Porciúncula, convertido desde entonces en importante centro de peregrinación franciscana, ya que en 1216 fue enriquecida por el papa Honorio III con el «perdón de Asís» o la «indulgencia de la Porciúncula», concedida todavía hoy cada 2 de agosto, solemnidad de Nuestra Señora del los Ángeles . Las rosas y la cruz de la pintura de Murillo se transforman en emblema de la misericordia divina y del perdón concedido. Benedicto XVI, el 2 de agosto de 2009, nos recordaba que en la Porciúncula san Francisco imploró «un perdón amplio y generoso» para quienes «arrepentidos y confesados» visitaran la pequeña capilla, que actualmente se integra en la monumental basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, a pocos kilómetros de Asís. Tras la aparición divina de Jesús y de su Madre, san Francisco retornó al monasterio de Asís para anunciar a sus hermanos: «¡Quiero enviaros a todos al Paraíso!», palabras que todavía resuenan en Asís y de las que se hace eco la pintura de Murillo, quien buscaba conmover con sus obras a los fieles que oraban ante ellas.
María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte,
Universidad CEU San Pablo, Madrid
• Visión de san Francisco en la Porciúncula (Ca. 1670-1680), Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), Museo del Prado.
© akg-images/Album.

Guido Reni (1575-1642), apodado «el Guía divino», fue el artista más solicitado de Europa en la primera mitad del siglo XVII. Sus obras alcanzaron los precios más altos en el mercado del arte, al menos hasta finales del siglo XVIII. Honró magníficamente su nombre bautismal, que se convirtió en su apodo, convirtiéndose en guía de los numerosos artistas que acudían en masa a formarse en su prestigioso taller. Esta pintura –en la que todo es elevación, suavidad, armonía– es una obra de madurez. En ella, el artista expresa la plenitud de la meditación sobre el misterio de la asunción que persiguió toda su vida.
Al borde del cielo gris azulado terrestre, tres puttini –niños pequeños que representan ángeles– atraen nuestra mirada de espectadores, porque esta pintura fue concebida para ser contemplada desde abajo, con el fin de proporcionar la impresión deseada de un ángulo bajo. Así, uno de los angelotes se dirige hacia nosotros, mientras los otros alzan la mirada hacia el motivo de nuestra contemplación: María de Nazaret entrando en la gloria divina, una gloria que el pintor manifiesta en una luminosa nube dorada, rodeada de querubines. Sobre la Madre de Jesús sopla el viento del Espíritu que bajó sobre ella en la anunciación; él infla su capa azul real y da forma a su magnífico manto. También anima el velo de siempre virgen con un dinamismo que le hace fundirse en la gloria. La delicadeza y ligereza de las líneas que trazan a Nuestra Señora, combinadas con el movimiento discretamente sinuoso de su cuerpo, confieren a su silueta en pie, en plena majestad, un movimiento ascendente de soberana elegancia.
He aquí, pues, la Theotokos en la sublime delicadeza de su humildad, representada como corresponde a la Inmaculada, como único sujeto de su gloriosa asunción. Un ángel lleva su pie izquierdo sobre el hombro, mientras que el otro, con el mismo gesto, sostiene su rodilla derecha. Sus brazos extendidos florecen en unas manos abiertas hacia el cielo y expresan de manera exquisita su plena disponibilidad a las iniciativas de la gracia. En el rostro, sus ojos están orientados in excelsis (hacia lo más alto del cielo), con una expresión que solo Reni destacaba al pintar, de la que encontró su primera inspiración al realizar una copia del Éxtasis de santa Cecilia de Rafael.
El Año santo jubilar que la Iglesia nos ofreció la gracia de vivir el pasado año tenía como fruto «la Esperanza que no pasa». Ahora bien, «la esperanza encuentra en la Madre de Dios su testimonio más alto». En ella vemos que la esperanza cristiana «no es un fútil optimismo, sino un don de gracia en el realismo de la vida» (Spes non confundit, 24). En esta fiesta de la Asunción, la Iglesia nos enseña que, tras haber hecho maravillas en la vida de María, Dios elevó su cuerpo y su alma a la gloria celestial. Así podemos confiarle nuestra oración, para que la lleve al corazón de Dios:
Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra,
enséñanos a ser como tú,
humildemente disponibles a la gracia de Dios,
para que en nuestras vidas,
Jesús, tu hijo, pueda hacerse presente al mundo
y en nosotros para realizar maravillas.
Y así, cuando llegue la hora de nuestra muerte,
nos refugiaremos en tus brazos maternos,
confiando en que podrás elevarnos contigo
al reino de los cielos del que eres la Reina.
La Asunción de la Virgen, Guido Reni (1575-1642), Múnich (Alemania), Alte Pinakothek. © Artothek/La Colección.
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