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O Crux ave, spes unica !
Pierre-Marie Dumont
Predicación a las aves
Salterio, Ca. 1270-1280
Uno de los manuscritos litúrgicos más copiados en los scriptoria medievales fue el salterio, compendio de los salmos que a menudo se enriquecía con miniaturas en estrecha relación con el texto. Así se advierte en el códice conservado en la colección Morgan de Nueva York, cuya decoración se convirtió en exponente del gótico lineal en el norte de Europa.
Si bien su cronología nos lleva al último cuarto del siglo XIII, lo cierto es que, en una anotación marginal, en el fol. 218v, se señala que en 1374 fue propiedad de Gérard de Dainville, arzobispo de Cambrai. Este prelado, a su vez, se lo regaló a su prima Jeanne de Plancquis, monja en Estrum, diócesis de Arras. Allí permaneció hasta 1800, según reza la inscripción del primer folio del manuscrito. En 1902 fue adquirido por la colección Morgan, donde se conserva en la actualidad.
La multiplicación de los salterios miniados desde fines del siglo XIII pone de manifiesto que estos manuscritos fueron objetos muy preciados para la devoción particular, espejos de la piedad de sus comitentes, especialmente en el norte de Europa, donde se realizó este códice, vinculado en su origen con la ciudad de Gante. Sus miniaturas se convirtieron en modelos para esculturas y pinturas de carácter monumental, contribuyendo a la homogeneidad de los repertorios, ya que los manuscritos con frecuencia se intercambiaban entre los distintos centros monásticos y catedralicios; a finales del siglo XIII, ya se habían incorporado laicos a la tarea ornamental.
El programa iconográfico del salterio que contemplamos combina escenas sacras y profanas. Entre estas últimas, se presentan doce miniaturas que completan un calendario con la representación de los trabajos agrícolas del hombre en los distintos meses del año. Entre las representaciones sacras, se dispone un ciclo cristológico de infancia, vida pública y pasión de Cristo, en el que se suceden las siguientes escenas: anunciación, nacimiento de Cristo, adoración de los Magos, bautismo, entrada en Jerusalén, flagelación, crucifixión, resurrección, bajada de Cristo a los infiernos, Noli me tangere, duda de santo Tomás, ascensión y pentecostés. A estas se suman episodios propios de la vida de la Virgen que se repiten en los repertorios góticos: dormición, asunción y coronación de la Virgen.
También es característico de la renovación iconográfica del siglo XIII el protagonismo de los santos, que se hacen presentes igualmente en el manuscrito que abordamos. Por sus folios desfilan la lapidación de san Esteban, la decapitación de san Juan Bautista, el suplicio de san Lorenzo en la parrilla y el de san Juan evangelista en el caldero de aceite. Completan este elenco san Nicolás entregando la dote a las doncellas, san Martín dando su capa a un pobre, san Pedro de Verona, santo Domingo y san Francisco de Asís.
Para la representación de este último en el folio 139, se escoge la predicación a las aves, que obedece a su exaltación de la naturaleza como obra del Creador. El miniaturista se inspira en el capítulo XXI de la Vita Prima de Tomás de Celano, primera biografía de san Francisco de Asís, fallecido en 1226, no muchos años antes de que se realizara esta miniatura (entre 1270 y 1280). Aunque la pintura nos presenta un espacio totalmente conceptual y subjetivo, el texto nos lleva hasta las proximidades de Menavia, en el valle de Espoleto. Bajo un arco trilobulado, formas arquitectónicas de carácter ornamental que no generan espacio, un árbol antinatural responde al recurso de «la parte por el todo», ya que basta este motivo para referir la totalidad del paisaje donde aconteció la escena.
El relato de Celano apunta a que se habían reunido «muchísimas aves de diversas especies, palomas torcaces, cornejas y grajos», traducidas de forma sencilla y esquemática en la miniatura, donde parecen recrearse un búho y tres grullas bajo el árbol, «que estiran el cuello», tal como describe Celano. En la copa, trabajados de forma genérica, otros pájaros convertidos en atributo iconográfico del episodio. Los trazos azules dominantes en la composición nos conducen hasta san Francisco, identificado por la tonsura, el hábito y los estigmas que asoman en manos y pies. A estos rasgos se suma la inscripción «SC Franciscus», en letras doradas en la parte superior del folio, lo cual indica que la imagen es posterior a su canonización en 1228. El gesto retórico de las manos sintetiza la predicación del Santo, descrito por Celano como «hombre de gran fervor y que sentía gran afecto de piedad y de dulzura aun por las criaturas irracionales e inferiores». Su gestualidad también hace referencia a su admiración porque «las aves no levantaran el vuelo, como siempre lo hacen».
Para completar el significado de la imagen, recurrimos a la Vita Prima, pues en esta escena de la boca del Santo brotan las palabras: «Hermanas aves: mucho debéis alabar a vuestro Creador y amarle de continuo, ya que os dio plumas para vestiros, alas para volar y todo cuanto necesitáis. Os ha hecho nobles entre sus criaturas y os ha dado por morada la pureza del aire. No sembráis ni recogéis y, con todo, él mismo os protege y gobierna, sin preocupación alguna de vuestra parte». Detrás de estas palabras, resuena el eco de los versículos de san Mateo: «Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta... Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos» (Mt 6,26-28).
La composición se completa con el hermano León, a menudo testigo de los episodios más relevantes de la vida de san Francisco. Frente a la vivacidad que se desprende del resto de la imagen, el franciscano que acompaña a su fundador se muestra reflexivo, con la mano en la mejilla, portando un libro, como si encarnara la vida contemplativa como camino para alcanzar a Dios y fuente para la posterior predicación propia de la Orden franciscana.
Este episodio, representado en muchas ocasiones, no recoge una experiencia aislada en la vida del Santo, sino que expresa su concepción de la naturaleza como obra y reflejo del Creador, por lo que también las aves deben ser consideradas hermanas, ya que son criaturas del Señor. Toda la naturaleza es obra de Dios, que «vio que todo era bueno»; por eso, el sol, la luna, las estrellas…, todo es espejo y medio para acercarnos al Creador. Podríamos decir que la escena representada en esta miniatura preludia el Cántico de la criaturas, compuesto y cantado por san Francisco en torno a 1225, poco antes de su muerte. Este reconocimiento de la naturaleza como signo nace de la sencillez y la pobreza evangélica de san Francisco, virtudes que le permiten asombrarse ante la obra de la creación. Por ello, san Juan Pablo II lo nombró santo patrón de la ecología en 1979 y el papa Francisco lo tomó como inspiración para su encíclica Laudato si’ en 2015.
María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid
• Predicación a las aves, Salterio, Ca. 1270-1280, The Morgan Library & Museum, Nueva York.
© The Morgan Library & Museum. MS M.72. Purchased by J. Pierpont Morgan (1837-1913) in 1902.

En la portada de este mes en Magnificat, encontramos a un artista que ya nos es muy familiar: Jean Bourdichon (1457-1521). Su exquisita miniatura, que celebra el descubrimiento de la cruz de Cristo por parte de santa Elena[1] (Ca. 248-330), fue realizada entre 1503 y 1508 para el Libro de Horas de Ana de Bretaña, reina de Francia. Jean Bourdichon siempre ilustra la vida de los santos de tal manera que exalta su encantadora cercanía con cada uno y con todos, en la comunión de los santos. Aquí, santa Elena es un retrato fiel de la reina de Francia, Ana de Bretaña. El óvalo de su hermoso rostro está delimitado por la mandorla que dibujan las trenzas de su cabello dorado. Discretamente, sus ojos nos invitan a dirigir la mirada de nuestro corazón hacia Aquel que nos amó primero. Como la reina Ana en hábito real, santa Elena lleva una corona con la flor de lis, manto brocado forrado de armiño, aderezado con dos broches florales dorados, cada uno decorado con cuatro perlas y un zafiro; sobrepelliz de piel de armiño, terciopelo rojo y botones dorados; falda de tafetán de seda azul estampada. El color azul es el de la monarquía francesa, el armiño representa las armas de Bretaña, de la cual Ana es duquesa.
Acercar a los santos a la vida de cada uno
Para invitar a sus contemporáneos a vivir la santidad aquí y ahora, Bourdichon no duda en representar la escena del hallazgo de la cruz por santa Elena como si ocurriera «hoy» (a principios del siglo XVI) en Touraine. A la derecha, aparece representada la residencia donde vivió la reina Ana con sus hijas; en el centro del paisaje, la ciudad de Tours[2]; finalmente, al fondo, aparecen los meandros del Loira con sus orillas ondulantes dominadas por los famosos castillos. Así, en la obra de Bourdichon, los santos se hacen cercanos a nosotros, como uno de nosotros en su propio papel y vocación, y esto con un encanto infinito al que, incluso hoy, las profundidades de nuestra alma siguen siendo sensibles.
La Iglesia nos invita a celebrar la cruz como nuestra única esperanza en la gloria de su triunfo, como tan bien canta el himno Vexilla Regis[3]:
¡Oh árbol hermoso y resplandeciente de gloria,
adornado con la púrpura del Rey,
escogido de un tronco bendito,
que has sido digno de tocar tan sacrosantos miembros!
Dichoso árbol de cuyos brazos pendió
el rescate del mundo; balanza en la cual
el peso de un Cuerpo divino
levanta a la presa hundida en el abismo.
En la gloria de tu triunfo,
¡salve, oh Cruz, nuestra única esperanza!
Acrecienta la gracia en los justos
y borra las culpas de los pecadores.
¡Oh Trinidad, manantial de salud!
Que todos los espíritus te alaben.
Por la Cruz, nos concedes la victoria;
otórganos, además, su galardón.
Amén.
Pierre-Marie DUMONT
[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]
• Santa Elena y el hallazgo de la Santa Cruz, miniatura tomada de las Grandes Horas de Ana de Bretaña, Latin 9474, fol. 207v, Jean Bourdichon (c. 1457-1521), Biblioteca Nacional de Francia, París. © BnF, Dist. RMN-GP/imagen BnF.
[1] En el año 326 (o 327), la expedición de búsqueda liderada por santa Elena, madre del emperador Constantino el Grande, en su calidad de Augusta, descubrió la Vera Cruz de Cristo bajo la explanada y el Templo de Venus, erigido en el lugar de la crucifixión por el emperador Adriano (76-138). La reliquia del cuerpo de santa Elena aún puede venerarse en la cripta de la iglesia de Saint-Leu-Saint-Gilles en París.
[2] Hacia 1505, en Tours, se completó la construcción de la torre norte de la catedral de Saint-Gatien, mientras que la de la torre sur no se terminaría hasta 40 años después.
[3] En 552, Radegunda, reina de los francos y esposa de Clotario I, hijo de Clodoveo, que no deseaba seguir viviendo bajo el yugo del rey que había asesinado a su hermano, fundó el monasterio de Notre-Dame en Poitiers y se retiró allí como una simple monja. En 569, el emperador de Constantinopla, Justino II, le envió un fragmento de la Vera Cruz descubierto por santa Elena. Para la solemne recepción de esta preciosa reliquia, Radegunda encargó un himno a Venancio Fortunato, un renombrado poeta que más tarde se convertiría en obispo de Poitiers: este himno se conoció como Vexilla Regis. Aún hoy, este himno se canta desde el Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo, así como el 14 de septiembre, durante las vísperas de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Radegunda y Venancio Fortunato fueron canonizados posteriormente. Existen varias versiones de este himno, que han sido revisadas a lo largo de los 1546 años transcurridos desde su composición.
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