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El ángel de la Anunciación
Pierre-Marie Dumont
Renuncia de san Francisco a los bienes paternos
Giotto di Bondone (Ca. 1267-1337)
Nos encontramos ante un conjunto clave para conocer la vida de san Francisco de Asís. Contemplamos su primera biografía en imágenes, pintada de forma monumental en los muros de la iglesia que se convertiría en su morada para la eternidad. La basílica de San Francisco, en Asís, es un gran complejo arquitectónico comenzado en 1228, tan solo dos años después de la muerte de san Francisco. En 1230 sus restos fueron trasladados hasta la basílica inferior del recinto conventual, convirtiéndose la arquitectura en un gran relicario donde las pinturas estaban al servicio de la liturgia y de un mejor conocimiento de san Francisco.
En su realización hallamos el nombre de un pintor, Giotto di Bondone, que revolucionó la pintura occidental, cambiando la maniera greca, dominante en la escuela italiana, por la maniera latina, que implicaba mayor humanización de las figuras y acercamiento a la naturaleza como modelo. Paradójicamente, el reconocimiento de su obra por sus coetáneos y por los grandes pintores de los siglos XV y XVI no encuentra correspondencia en los archivos, ya que apenas se conservan documentos acerca de su vida, ni siquiera conocemos con exactitud la fecha de su nacimiento y carecemos de referencias concretas respecto a sus años de formación.
Las primeras noticias de su vida llegan a mediados del siglo XVI de la mano de Giorgio Vasari (1511-1574), quien, al escribir Vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, editada por primera vez en 1550, comenzó el capítulo dedicado a Giotto apuntando que «él, que había nacido entre artesanos ineptos, resucitó de forma celestial lo que estaba perdido, lo que hoy llamamos buena forma», refiriéndose al dibujo. Las palabras del artista y escritor del siglo XVI nos sitúan el nacimiento de Giotto en el seno de una familia de campesinos en la localidad toscana de Colle di Vespigniano, al norte de Florencia, en torno a 1276-1277, cronología difundida por la historiografía hasta el siglo XX, cuando, a partir del estudio de sus pinturas, se adelanta la fecha de su nacimiento hacia el año 1267.
La narración de Vasari prosigue recogiendo una anécdota que ya había sido citada por uno de los grandes escultores florentinos del siglo XV, Ghiberti, para exaltar el carácter autodidacta y el talento natural del joven Giotto a partir de su atenta observación de la realidad. Nos referimos al instante en que Giotto fue sorprendido por Cimabue pintando las ovejas del rebaño de su padre en los cantos del río. Sus trazas abrieron la pintura a la modernidad, si nos atenemos a las palabras de los humanistas italianos del siglo XIV. En este sentido, Bocaccio, en el Decamerón (1350), exaltó a Giotto con las siguientes palabras: «Giotto fue de tan excelso ingenio al reproducir con los pinceles las cosas de la naturaleza, que su obra no parece imitación, sino la natura misma; y a tanto llegó su arte, que muchas veces los hombres se equivocaban, estimando por real lo que era artificio de la pintura».
El joven Giotto llegó a Asís en torno a 1295, formando parte del taller de su maestro, Cimabue, a fin de completar la decoración de las bóvedas y los muros laterales de la basílica superior con figuras y escenas del Antiguo Testamento. En el trascurso de esta intervención, los franciscanos advirtieron la gran pericia del joven pintor, que superaba las trazas de raigambre bizantina de su maestro, tal como advirtió Dante en los versos 94-96 del canto XI del Purgatorio de su Divina Comedia: «Creyose Cimabue en la pintura ser el señor, pero hoy domina Giotto y la fama de aquel se ha oscurecido». Por eso, los franciscanos le encargaron el programa iconográfico más significativo del conjunto: la biografía pictórica de san Francisco recorriendo todo el zócalo de la basílica superior de Asís.
Este proyecto exigía que Giotto superara la frontalidad, el hieratismo y la bidimensionalidad de la tradición anterior, la maniera greca en la que le había formado Cimabue, para introducir una nueva maniera latina, definida por la progresiva humanización de las figuras y por un mayor realismo en las escenografías, a veces inspiradas en la propia ciudad de Asís. En esta renovación fue esencial que el pintor se identificara con la espiritualidad franciscana y comprendiera la realidad como obra del Creador. Y esta identificación fue correspondida, pues desde entonces los franciscanos se convirtieron en importantes comitentes y promotores de la obra de Giotto.
En Asís, más allá de aspectos formales, Giotto fue consciente de que su pintura debía despertar la devoción de los peregrinos y el deseo de los frailes menores de emular a su fundador. El pintor aprovechó la longitud de la nave para acentuar la sucesión de tiempos, relatando desde la juventud de Francisco hasta los milagros posteriores a su muerte, por lo que cada una de las escenas cobra valor por sí misma y en su relación con el conjunto, subrayándose así el carácter unitario de la obra. Al ingenio creativo y la pericia manual del maestro hay que sumar la autoría intelectual de los franciscanos, quienes, sin duda, le asesoraron en la selección de las veintiocho escenas que debían vivificar los muros. Para ello, los frailes ofrecieron a Giotto la que habría de ser su guía y fuente de inspiración: la Leyenda Mayor, biografía de san Francisco escrita por san Buenaventura para responder al encargo del capítulo general de la Orden, celebrado en Narbona en 1260.
Nuestro particular recorrido pictórico nos lleva a un instante central, la Renuncia de san Francisco a los bienes paternos, en una composición equilibrada en cuanto a la disposición de arquitecturas y figuras en grupos contrapuestos, el de la burguesía y el de la Iglesia, dos bloques que acentúan un vacío central. Es aquí donde se recorta el gesto orante del Santo, al que se suma su mirada ascendente, que conduce nuestra atención hacia la mano divina que emerge del cielo bendiciendo la renuncia de Francisco, en una fiel recreación de las palabras de san Buenaventura: «Llegado a presencia del obispo, no vaciló un solo instante, ni exhaló una sola queja, ni esperó que se le intimase la orden, sino que, desnudándose al punto de todos sus vestidos, los entregó gozoso a su padre».
Frente a frente, Pietro di Bernardone, padre de san Francisco, trabajado con gran plasticidad y volumetría, encabeza el grupo de la burguesía, mostrándose airado ante la actitud de su hijo, ya despojado se sus ricos ropajes. Tras el joven Francisco, se dispone el obispo de Foligno, distinguido con la mitra, también protagonista del relato de san Buenaventura: «Admirado al ver tan extremado fervor en Francisco, como era hombre de bondadosa piedad, el obispo le abrazó con ternura y le cubrió con el manto que llevaba puesto».
La escena de Giotto no fue únicamente relevante en la narración pictórica de Asís, marcando un antes y un después en la vida de Francisco, sino que se convirtió en fuente de inspiración para la recreación del mismo episodio por artistas posteriores y en modelo para el propio Giotto cuando la reinterpretó en la Capilla Bardi, en la iglesia florentina de la Santa Cruz.
María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte,
Universidad CEU San Pablo, Madrid
• Renuncia de san Francisco a los bienes paternos, Ca. 1295, Giotto di Bondone (Ca. 1267-1337), basílica superior de San Francisco, Asís.
© akg-images/Rabatti & Domingie.

Esta vidriera fue realizada a finales del siglo XIII, si no ya en el siglo XIV, para la abadía cisterciense de Altenberg, cerca de Colonia, Alemania. La Orden cisterciense apareció en el siglo XI, en la dinámica de la reforma gregoriana promovida por el papa Gregorio VII, una reforma que tenía como objetivo restaurar para los clérigos una disciplina de vida que estuviera en conformidad con la doctrina católica romana y digna de las exigencias de su vocación. Fundada por san Roberto de Molesme († 1111), la Orden experimentó su expansión más notable bajo el impulso de san Bernardo de Claraval († 1153) y sus compañeros. Se trataba, a partir de la restauración de la Regla de san Benito, de implicar a la vida monástica en «nuevos caminos de perfección».
Desde la catacumba de Priscila [1] (Ca. 200), los artistas que han representado la anunciación del Señor siempre han tratado de aportar algo para contemplar el misterio de la encarnación… que no se puede representar. Este desafío nunca ha dejado de asumirse, añadiendo al relato fáctico de la visita del ángel un florecimiento cada vez más rico de símbolos que significan lo irrepresentable: el lirio, el cetro, el reloj de arena, las tres estrellas, el jardín hortus conclusus, el lecho conyugal inviolable, el biombo, la columna, los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, la rueca o el hilo, la sábana, el púlpito vacío, el motivo de la primavera, etc.
La sobriedad de lo irrepresentable
Aquí, sin embargo, la representación del ángel está despojada de todos estos símbolos. En su buscada sobriedad, destaca otros símbolos, más discretos pero más transparentes para los contempladores informados que son los monjes cistercienses. ¿No es la misma luz que pasa a través de la vidriera recibida por ellos como una manifestación de la Luz de Luz? El arte de las vidrieras nació y se desarrolló en las catedrales de orden ojival; suscitado por una teología de la luz que está en su origen, el arte de las vidrieras fue primero el arte de la iluminación de las almas por lo sobrenatural. De este arte, Claudel, congruentemente en La Anunciación a María, hizo decir al maestro vidriero Pierre de Craon: «Hacer luz, pobre gente, es más difícil que hacer oro».
Aquí, por lo tanto, la escena no tiene lugar en la casa de Nazaret, ni en un palacio, sino… ¡en el cielo! Debe manifestarse que, a través de la encarnación, se inaugura el reino de los cielos en la tierra. Con su mano derecha, el ángel hace un gesto de bendición: es el mensajero de la Santísima Trinidad y habla en nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Con la mano izquierda, despliega una filacteria que lleva la inscripción latina Ave Maria gratia plena, «Ave María, llena de gracia», que confirma el saludo dirigido verbalmente. Como la Virgen María a la que se dirige, el ángel porta un aura de gloria cuyos rayos divinos, de oro, están estilizados. También estilizadas, sus alas significan su misión como mensajero llamado a moverse entre el cielo y la tierra.
No hay aquí profusión de símbolos, ni riqueza narrativa, ni siquiera dinamismo en la representación de este ángel hierático en pie: este ángel de la anunciación es, de hecho, un testigo del ideal espiritual y artístico cisterciense, un ideal que privilegia la simplicidad e incluso la austeridad.
Ciertamente, el maestro vidriero que lo creó estaba totalmente en línea con la técnica y el espíritu del arte francés conocido como «gótico» por la refinada elegancia de los rasgos de la cara y las manos, pero quería purificar su estilo de la exuberancia de las vidrieras de las grandes catedrales del mismo período. Y esto, para concentrar todo su arte en lo irrepresentable del mensaje del ángel y de la respuesta de María:
La Palabra era la Luz verdadera
que ilumina a todo ser humano que viene al mundo.
Y el Verbo se hizo carne
y puso su morada entre nosotros [2].
Pierre-Marie Dumont
[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]
• El ángel de la Anunciación (Ca. 1290-1300), Nueva York, Museo Metropolitano de Arte, Colección The Cloisters. © Dominio público.
[1] En la vidriera, la Anunciación está representada en dos paneles separados: a la izquierda, el ángel Gabriel; a la derecha, la Virgen María.
La Anunciación de la catacumba de Priscila se puede ver bajo este enlace.
[2] Jn 1,9, 14a. Traducción del autor.