La obra de arte

Lucha de Jacob con el ángel por Catedral de Monreale, Sicilia

La presencia de Jacob en las imágenes se registra desde los orígenes de la iconografía cristiana, si bien en las pinturas de las catacumbas y a lo largo de la Edad Media se representa en mayor medida la escena de la Escala de Jacob, narrada en el capítulo 28 del libro del Génesis.

Más allá de la literalidad de este texto, el significado de este episodio se enriquece a partir de exégesis patrísticas como la de san Ireneo, quien considera que la escalera prefigura la propia cruz que «reconcilia las cosas del cielo con la tierra». A partir del siglo XII es frecuente que el ciclo iconográfico del patriarca se complete con la Lucha de Jacob con el ángel (Gén 32,23-32), como contemplamos en el conjunto de mosaicos de la catedral de Monreale.

Esta arquitectura, fundada por Guillermo II de Sicilia en 1172, ve transfigurado su espacio interior en imagen de la Jerusalén celeste en la tierra mediante una serie de mosaicos que crean un juego de brillos y reflejos con el dominio de teselas doradas que unifican acontecimientos del Antiguo y del Nuevo Testamento.

La historia de la salvación comienza en los muros con episodios de la creación, que dan paso a los principales patriarcas, como es el caso de Jacob. Las inscripciones que completan las distintas escenas nos permiten identificarlas, poniendo de manifiesto que estos mosaicos, más allá de su carácter ornamental, quieren dar testimonio de la intervención de Dios en favor de su pueblo, sintetizando la continuidad del Antiguo Testamento en el Nuevo, donde alcanza su culmen en la figura de Cristo, que preside el ábside de la catedral. Estos mosaicos, realizados conforme a la tradición bizantina, revelan el carácter conceptual de las imágenes, siguiendo modelos establecidos por conjuntos anteriores, donde se buscaba la belleza última de significados por encima de la belleza aparente de las formas.

Esto explica que, al contemplar La lucha de Jacob con el ángel de Monreale, no apreciemos el dinamismo y la dramaticidad propios del instante en que el patriarca se enfrenta con el enviado de Dios que aparece de manera imprevista. El hieratismo de los rostros y la serenidad de sus actitudes dan mayor protagonismo al gesto del ángel que nos sitúa en el instante final del enfrentamiento, tal como refiere la inscripción que acompaña esta imagen. Mediante el signo de bendición del enviado divino, el mosaico subraya la conversión de Jacob, que se revela a partir del cambio de nombre del patriarca: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel porque has luchado contra Dios y contra los hombres y has vencido» (Gén 32,29).

Benedicto XVI nos recuerda que este cambio de nombre expresa la entrega total del patriarca a Dios, pues, desde el instante en que Jacob revela su nombre al adversario, se pone en sus manos, ya que «en la mentalidad bíblica, el nombre contiene la realidad más profunda del individuo, desvela su secreto y su destino. Conocer el nombre de alguien quiere decir conocer la verdad del otro y esto permite poder dominarlo».

La ausencia de profundidad impide que se introduzcan figuras secundarias, acentuándose así la idea de la conversión del patriarca evitando pormenores que pudieran distraer nuestra contemplación. Apenas un finísimo cetro, propio de los mensajeros de los dioses desde la tradición grecolatina, y las alas ampliamente desplegadas del ángel se convierten en atributos iconográficos de este personaje y de esta escena. El patriarca únicamente es caracterizado por su atuendo viajero, con túnica corta y capa, que se completa en lo alto del monte con un pequeño hatillo.

La reiteración de la figura protagonista en el mismo escenario es habitual en las composiciones del medioevo para dotarlas de carácter narrativo, marcando la continuidad de distintos tiempos. En el caso de los mosaicos de Monreale, esta continuidad es remarcada también por la disposición del programa iconográfico en la arquitectura, en este caso a modo de friso continuo, sobre los arcos formeros que comunican la nave central con la lateral sur de la catedral de Monreale.

A diferencia de las representaciones posteriores de esta escena, convertidas en pretexto para el estudio de anatomías en un instante de máxima tensión, en este mosaico no hay interés por captar la perfección de la figura humana, sino que esta queda oculta bajo cascadas de pliegues que introducen cierta volumetría y dinamismo en la composición, si bien acusan la geometrización propia de las propuestas bizantinas.

Este mismo antinaturalismo lo advertimos en el paisaje, trabajado de forma lineal y decorativa, con acusada simetría en la representación de los árboles. Las figuras no se integran en la profundidad de un paisaje que remita al vado de Yaboc, pues en este caso el fondo dorado del mosaico subraya su bidimensionalidad y anula cualquier intento perspectivo. El empleo del dorado acentúa el protagonismo de las figuras en el primer plano compositivo, subraya la suntuosidad y decorativismo de la arquitectura y, además, nos remite a una realidad trascendente. Estas teselas eliminan a su vez la introducción de una luz real, en consonancia con el relato del Génesis que recoge que el combate tuvo lugar durante toda la noche y concluyó «al despuntar la aurora» (Gén 32,25).

También la duración de la lucha fue objeto de la reflexión de Benedicto XVI en su audiencia del 25 de mayo de 2011:

«Toda nuestra vida es como esta larga noche de lucha y oración, que se ha de vivir con el deseo y la petición de una bendición a Dios que no puede ser arrancada o conseguida solo con nuestras fuerzas, sino que se debe recibir de él con humildad, como don gratuito que permite finalmente reconocer el rostro del Señor. Y cuando esto sucede, toda nuestra realidad cambia (…) Quien se deja bendecir por Dios, quien se abandona a él, quien se deja transformar por él, hace bendito el mundo».

El Papa emérito es buen conocedor de la tradición patrística, donde esta escena se había mostrado como alegoría de la lucha entre el bien y el mal, del enfrentamiento entre los hombres y Dios, y de la victoria de Dios en la vida de cada hombre, idea expresada aquí mediante el gesto de bendición del ángel. Es la bendición concedida gratuitamente por Dios lo que permite finalmente que el patriarca pronuncie las siguientes palabras: «He visto a Dios cara a cara y he quedado vivo» (Gén 32,31).

Es precisamente el abrazo de Dios al hombre lo que convierte a Jacob, quien había engañado a su padre Isaac para conseguir la bendición de primogenitura en detrimento de su hermano Esaú, en un hombre nuevo. Dios, como señala Benedicto XVI, es el único que puede cambiar la realidad del patriarca y darle una nueva identidad: «Israel significa Dios es fuerte, Dios vence». El mosaico de Monreale muestra cómo ambos contrincantes se enfrentan desarmados y prescinde del gesto de la victoria recogido en el -Génesis, donde se relata que el ángel, «viendo que no lo podía vencer, tocó a Jacob en la ingle, y se dislocó la cadera de Jacob» (Gén 32,26). En la catequesis anteriormente referida, -Benedicto XVI nos recuerda que esta cojera, provocada por la herida, es el signo de «un hombre nuevo, vencido por Dios y marcado para siempre».

María Rodríguez Velasco
Profesora de Historia del arte, Universidad CEU San Pablo, Madrid

 

Lucha de Jacob con el ángel

Finales del siglo XII, Catedral de Monreale, Sicilia © Colección Dagli Orti/Jane Taylor/Aurimages.